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En el pueblo perdido del 'escarabajo' Nairo

El Mundo El Mundo 01/06/2014 SALUD HDEZ. MORA

De noche, tendidos en la cama que compartían, los dos hermanos soñaban despiertos con ser ayudantes de autobús o jornaleros. Envidiaban a los vecinos que retornaban al caserío cada quincena con dinero en el bolsillo, compraban una canasta de cerveza y se la tomaban con los amigos. Para ellos no existían el Giro, el Tour, la Vuelta a España, un futuro de gloria sobre una bicicleta.

No siguieron sus deseos porque el padre necesitó su ayuda, y tampoco les habría permitido abandonar el colegio. Los cinco hijos de Luis Quintana tenían la obligación de completar el bachillerato. «Nuestro deporte, el único que practicábamos, era ayudarlo en el trabajo», rememora Dayer, hermano menor del rey de los nuevos escarabajos (como se conocía, en el ciclismo, a los grandes escaladores colombianos).

Habla con Crónica en la casa familiar de los Quintana, situada en la vereda La Concepción, sobre la carretera principal que une el departamento de Boyacá, en el centro del país, con las regiones del noroeste. Acaba de finalizar las cinco horas de pedaleo que hace cada mañana. Las hazañas de su hermano en el Giro las sigue en diferido, después del entrenamiento. Pronto se incorporará a la temporada estival de su equipo Movistar en Europa y no puede perder el ritmo.

No le sorprende que a Nairo, 24 años, le vaya bien en Italia, que conserve la maglia rosa. «Conozco cómo prepara cada carrera, lo que espera. Y cuando se le mete algo en la cabeza, se da al máximo y lo logra. Es muy metódico, muy inteligente y consagrado», dice con orgullo.

La determinación y resistencia de Nairo, la confianza en sus posibilidades, el carácter sereno y frío, lo forjó desde su infancia. Su padre, que vivía de vender frutas y hortalizas en Cómbita, la cabecera municipal, y en Arcabuco, el pueblo colindante, siempre impuso una férrea disciplina en su modesto hogar.

Tocaba diana a las cuatro. Los chicos salían al frío de la madrugada en un territorio a 3.050 metros de altura, y se duchaban con agua gélida al aire libre, con una manguera o cubos. Devoraban el desayuno que preparaban su madre y sus dos hermanas, y enseguida se ponían en marcha. Llenaban sacos de las frutas y hortalizas que cultivaban en su huerta y las que adquirían a otros agricultores, las cargaban en el vetusto coche del padre, y le acompañaban al pueblo para descargar y tender su puesto en el mercado. Una vez finalizada la tarea, se iban andando a la escuela.

Los fines de semana tenían que levantarse más pronto, a las tres. Su padre trasladaba la venta a la puerta de su casa. Como su propia cosecha no daba para tantos días, Don Luis Quintana, que tenía la cadera destrozada por un accidente de tráfico, compraba en los mercados, pero debía llegar antes de que los labriegos negociaran sus productos con los grandes intermediarios. Con sus hijos los metían al coche y desplegaban la mercancía junto a la carretera a los largo de las dos jornadas. Hasta que comprobó que las ganancias eran tan raquíticas, que no compensaban el esfuerzo.

Los tres hijos varones se pusieron a trabajar con los mieleros, comerciantes que recorrían sábados y domingos los caseríos con productos de tierras cálidas. Les pagaban 7.000 pesos al día (unos 20 céntimos), y les daban las comidas, un lujo para los hermanos.

En esos tiempos habían acabado la primaria en la escuela, que quedaba a solo un kilómetro de su casa, y estudiaban bachillerato en un colegio de Arcabuco, a 17 kilómetros de distancia. Nairo cumplió los 14 años y con el dinero ahorrado, se compró una bicicleta vieja, pesada, harto de las extenuantes caminatas, por un sendero quebrado, que cubrían dos veces diarias.

Pronto vieron volar al flacucho, que apenas pronunciaba palabra, sobre las dos ruedas, subiendo y bajando cuestas, llevando a veces a alguien en la barra como si nada.

«Por el camino he visto a un morenito que monta el bicicleta con estilo», le dijo a Don Luis, Héctor J. Perilla, un señor de la zona que sabía mucho de ciclismo. «Llévele a una carrera a ver cómo le va».

Padre e hijo fueron hasta Tunja, la capital del departamento, a media hora de distancia, a comprar una bici de marca pero de segunda mano. Corría el 2005 y lograron reunir entre todos los Quintero, incluida una hermana que trabajaba de empleada doméstica en Barranquilla, los 750.000 pesos que costaba (300 E ).

El domingo de competencia, un día de abril, no le fue mal del todo. Aunque no venció, otros aficionados confirmaron el ojo experto de Perilla. «Le nació empezar a correr ese día», recuerda Dayer, que terminaría siguiendo los pasos de su hermano en el ciclismo profesional. «Ya después no lo hacíamos por obligación, para ir al colegio, sino por afición». De ahí en adelante todo fue en ascenso para Nairo. Ganaba las competiciones en Boyacá, destacó en equipos cada vez más fuertes y en 2013 conquistó el Tour: rey de la Montaña y se subió al segundo lugar del podio. «Ellos vivían como todos por estos lados, en unas casitas al estilo pobre, pero las arreglaron. Pero siguen igual que siempre, no han cambiado», indica Adela Aguilar, una campesina de 62 años, que conoce al matrimonio Quintero de toda la vida.

El año pasado, la gobernación ayudó a mejorar la vivienda y la pintó de amarillo ocre. Más adelante, entre el padre y los hijos varones, aportaron dinero para ampliarla. Hicieron en la parte baja una modesta cafetería para que el progenitor tuviera sus ingresos, y cuando volvieron a reunir fondos, construyeron dos habitaciones encima, aún por terminar. «No es como todo el mundo lo pinta, que por correr uno en Europa es multimillonario. El ciclismo no es el fútbol», dice Dayer.

Nairo solía ir a su casa al terminar la temporada, pero lo logrado en el Tour le sacó del anonimato y le convirtió en una estrella. Se vio obligado a trasladarse a un piso en Tunja, a media hora, porque el rosario de coches parando frente a su puerta alteraba su rutina de ejercicios. Allí reside con Paula, de la que se enamoró perdidamente cuando ella tenía 14 años y él 18, y la hija de ambos. El jueves a ellas y a los padres de Nairo, viajaron a Italia invitados por el equipo ciclista. Todos están convencidos que nadie le arrebatará el triunfo, que los escarabajos volvieron para conquistar las grandes vueltas.

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