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En la ciudad sin taxis

El Mundo El Mundo 11/06/2014 RAY SÁNCHEZ
© Proporcionado por elmundo.es

Pasan unos minutos de las 5.30 de la mañana en Madrid. Javier, de 44 años, avanza con su taxi por una desierta avenida del barrio de Moratalaz. Como Cenicienta, esta noche tiene marcada la hora de regreso a casa. "Cuando hay una huelga hay que solidarizarse, porque si te pillan estás perdido". Las principales asociaciones de su gremio han convocado un paro de 24 horas en la ciudad a partir de las seis de la mañana, y por la calle pasan compañeros con las prisas de un vampiro acechado por el amanecer, temerosos de unos piquetes que parecen formados, a tenor de los relatos, por sucedáneos del protagonista de Taxi Driver. Aunque para miedo, el que tienen a Uber, una aplicación de teléfonos móviles que les hace ya la competencia en ciudades de todo el mundo y ha provocado una movilización sin precedentes del sector en toda Europa.

"Yo vengo del aeropuerto y ya no había nadie", explica Miguel, de 51 años, asalariado al volante "por la crisis", poco antes del toque de queda. "Esta es la vez en la que veo a los taxistas más de acuerdo. En algunas ciudades de EEUU, Uber ha hundido al taxi. ¡Es que hasta las 'cundas' pueden hacer tu trabajo", en referencia a los vehículos clandestinos que transportan a los poblados de la droga de Madrid. "Y no entiendo la parsimonia de Fomento y de la Comunidad de Madrid. Ni del Ayuntamiento, que no se ponga del lado de los taxistas con el dineral que se lleva con nosotros. Pues entonces que nos dejen libres, y a trabajar como en un país bananero".

Pasadas las seis de la mañana, el presidente de la Federación Profesional del Taxi de Madrid, Julio Sanz, no se despega del teléfono en la estación de trenes de Atocha. "Me cuentan que en el aeropuerto no hay un taxi, en Chamartín tampoco, ni en Plaza de Castilla...". Tampoco aquí, aunque los carriles huérfanos de vehículos blancos están invadidos por coches de gama alta, los llamados 'SP', que traen viajeros a la estación. "¡No deberían estar cobrando ahí!", brama indignado un taxista que reparte folletos informativos a turistas japoneses. "Porque somos pacíficos...".

Por Atocha no aparece nadie con la luz verde y el cartel de libre. "Yo no quiero hacer huelga, pero como parece obligatorio", afirma resignado un conductor que ha acercado a su esposa a la estación. Dos mujeres le abordan. "¿Estás disponible?", preguntan. "¿Y qué les digo?", musita con cara de circunstancia, sin llegarlas a responder. En los alrededores circulan esquiroles, aunque se camuflan apagando la luz de la 'capilla', o negando la mayor. "Claro que estoy de huelga", se justificaba uno mientras expedía una factura a su acompañante, hoy en el asiento de copiloto para despistar.

"Soy un trabajador, tengo problemas económicos y con la Justicia, y mi libertad está por delante de la huelga", se excusaba José, joven de 30 años, alterado tras dejar a un cliente en Atocha. Una mancha de spray en el maletero delata que está prestando servicio. "Entiendo la huelga y la apoyo, pero los demás tienen que entender que hay gente que no está para huelga". Desde la distancia le observan los compañeros que repartían folletos a los usuarios. "Llevaba una barra de hierro", aseguran, "y aquí sigue sin haber un policía". Tardan unos minutos en aparecer. Llegan a poner orden en la fila interminable de coches de alquiler que apelotonan en la entrada de la estación, y que intenta coordinar Pedro, que gestiona plazas de aparcamiento. "Hoy la previsión es cojonuda, tenemos el doble de trabajo...". No termina la frase. Se ha dejado el bolso en el techo de un vehículo y tiene que salir corriendo detrás del conductor.

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