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En Sónar la gente se vuelve loca

El Mundo El Mundo 14/06/2014 JAVIER BLÁNQUEZ

Hay esa frase hecha castellana que dice 'torres más altas han caído' que viene a indicar que nada en este mundo es para siempre, ni inmanente ni eterno, que nada es indestructible y que a todo cerdo -venga, otra frase hecha- le llega su San Martín. Pongamos el ejemplo de la selección española de fútbol: de campeona del mundo a recibir una paliza que nos debería animar a pedir el DNI del primer país que pase por delante, por vergüenza. O Miley Cyrus, a la que la credibilidad se le va reduciendo a medida que se estrecha la parte de las bragas que le tapa la apertura de la hucha. No son ejemplos al azar: el fútbol y el eran dos de las muchas amenazas de ocio con las que tenía que enfrentarse Sónar en la jornada de ayer, sumadas a los bares, la fuente mágica de Montjuïc y la escasez de dinero para vicio/ocio de cierta parte de la juventud. Nunca se sabe: igual la gente no va. Torres más altas han caído.

Pero la gente va, y va en masa. Cómo no va a ir. Sónar es una prueba de que hay excepciones a la regla, y el festival cabalga este año hacia otro récord de público, o como mínimo a mantenerse en las cifras de asistencia estratosféricas de 2013, que rozaban el larguero de los 100.000 seres humanos con agujetas. Se empezó a notar en serio durante la noche: un lleno generoso sin forzar los límites de capacidad de ese recinto de Fira Gran Via de L'Hospitalet con dimensiones propias de un edificio levantado por Albert Speer, un fragor humano que sigue indicando que la estrella de Sónar no se ha apagado ni de lejos. Brilla aún con el fulgor de muchos soles.

Sonidazo y lagrimones de emoción en Sónar de Día

No avancemos acontecimientos, sin embargo. Sónar es un festival que propone una historia a partir de la secuencia de la música, su cartel no es un amontonamiento de nombres -bandas, DJs, artistas con portátil y vaso de cerveza-, sino una playlist, un relato. Y las narraciones empiezan por el principio, cada uno tiene la suya. En las primeras horas del día las cosas en Sónar van con calma y relax, aunque por debajo lata un pálpito de abstracción electrónica densa -el concierto de Pina en el SónarVillage- o de piruetas léxicas de hip hop playero en boca del coruñés Fernando Fresco, alias Arufe, que estuvo ágil con la lengua, pero no todo lo deslenguado y guarrete que puede llegar a ser. Así hasta -todavía en clave made in Spain- que Henry Saiz se hizo con el escenario SónarHall y comenzó la fiesta.

Venía nuestro Henry, madrileño que arrasa en Australia y aún más lejos, con un álbum bajo el brazo de un año de edad pero longevidad eterna, su extraordinario 'Reality is for those not strong enough to confront their dreams' -el mejor disco nacional de 2013 en cualquier categoría o liga, os lo juro por la papada de Jorge Javier-, y lo quiso tocar con un tratamiento elaborado, acompañado de una banda de músicos -guitarra, batería, teclados, dos vocalistas de ambos sexos-, para darle más cuerpo y musicalidad. Con un gran mérito, además: sin restarle su dimensión electrónica, su conexión con la música de club de la que toda la música de Henry Saiz mana como si fueran las fuentes del Danubio. Las piezas sonaron primero como un arroyo que crece y poco a poco empezaron a caer como una cascada de texturas emotivas, ritmos progresivos y emisión de felicidad. Y así, supimos que todo lo que vendría después sería de buen rollo.

Bien, no todo. El concierto de Oren Ambarchi -guitarrista australiano que procesa su instrumento a través de un denso aparataje electrónico- fue especialmente complejo, sobre todo porque se acompañaba de un batería muy aficionado al free jazz duro, más cerca de John Zorn que de Ornette Coleman (que ya es decir), y de la sección de cuerdas de la Sinfonietta de Cracovia, con la que Ambarchi intentó hermanar los lenguajes de la improvisación electrónica y una férrea ornamentación etérea de una orquesta apta para interpretar partituras de György Ligeti. Fue el momento espeso del día (en el sentido descriptivo, no opinativo), un oasis a la contra en un viernes en el que la canadiense Jessy Lanza se montó ella sola una exhibición de disco music bañada en vocales soul y se volvía a abrir la instalación Despacio de 2manydjs y James Murphy en el rincón más secreto y espectacular de todo el festival.

Repetimos en Despacio, por supuesto. Había que hacerlo. Ese sonido que no se olvida nos hizo escuchar como nunca aquel viejo himno de la bajona de las fiestas de los 90 -el clásico de disco music ambiental Why, de Carly Simon-, y durante seis horas el trío de DJs estuvo seleccionando y mezclado material tan inmoral como Sónar -Kraftwerk, nos cuentan- y rarezas en vinilo por las que los coleccionistas serían capaces de venderse un riñón. Además, intentando comunicar un mensaje al público que está en la base de la auténtica cultura de club: no hacer fotos, no grabar vídeo, no 'ver' nada en la cabina de los DJs porque no hay nada que ver, sólo mucho que vibrar y que sentir, mucho que bailar, vivir el momento y conservarlo en el alma, no en la memoria de un teléfono móvil. Cuantísima razón. Tras el impacto del jueves, ayer ya se había corrido la voz: Despacio era the place to be, el paradise (garage) en la tierra, la tierra de promisión, el club que alguien debería animarse a abrir en cada ciudad del planeta. Cuando abandonas Despacio -muy ídem, para prolongar la experiencia unos segundos-, todo lo demás sabe a poco.

Y aún así hubo varios conciertos para almacenar en el cajón más ilustre de la memoria. El primero, el de Forest Swords: macizo pero membranoso, espeso pero húmedo, palpitante como un corazón a punto de detenerse, el productor inglés tiro de ambient turbulento, bandas sonoras dignas de Morricone y la esencia del dub hipnótico. El segundo, Oneohtrix Point Never, que se benefició de la acústica recogida del auditorio del Complex para dar cuenta del material de su último álbum, R Plus Seven (2013) -para este humilde servidor, el mejor a todos los efectos del año pasado junto al The Inheritors de James Holden, a quien también veremos hoy-, tanto en su dimensión visual como sonora. Que de hecho es la misma dimensión: Daniel Lopatin recrea de manera romántica un mundo perdido, los 80 de la inocencia, la fe ciega en el futuro consumista de diseño chic que prometía la expansión capitalista, con esa sensación híbrida entre la nostalgia del niño de ayer que aún cree que los coches podrán volar algún día, enamorado de los jingles de publicidad, y el adulto decepcionado y perdido en una época en la que la noción de futuro y la utopía no existen, a menos que se sea votante de Podemos. Piezas electrónicas de pinchazos melódicos, voces de robot que, ay, suspira; ambient/new age preñado de anhelo y vídeos que parecían como realizados por Dalí con un viejo Macintosh: una preciosidad.

De esos momentos deseados nos perdemos a Theo Parrish -sólo un vistazo rápido para comprobar que tiene el Village como una olla exprés, con house sobradísimo de alma- y a Jon Hopkins, que coinciden (casi) en el tiempo con Miley Cyrus en el Palau Sant Jordi, evento teen post-Sónar que se interpone en la ruta, y el deber es el deber, algo de lo que se ha hablado en otra parte. Una vez visto lo suficiente de ese recital de ingles y femorales expandidas, bailarinas enanas y lenguas húmedas, eso sí, de vuelta a las actividades de Sónar de Noche, que aún hay mucha tela que cortar.

Aeróbic y sonrisas en Sónar de Noche

Me sabe mal perderme a Downliners Sekt, que actuaban a las once de la noche: fueron las primeras personas que uno se cruzó al entrar en el festival -estaban en una barra de bar, refrescándose el gaznate- y las últimas que se merecerían este desplante propiciado por la entrometida de la Cyrus y sus insinuaciones de suripanta. Pero a lo largo de la noche se sucederían acontecimientos maravillosos que volverían a la gente loca. Cuando aquello ya había hecho chup chup y se había alcanzado la masa crítica de público que llevaba escrito en sus pupilas dilatadas las letras de 'É X I T O', el músico canadiense Caribou sacó su banda a tocar y parecía como si la noche se fuera a iluminar con un amanecer radiante, o al menos con los destellos de una bola de espejos: combinando el material de su ya legendario Sun (2010) con las canciones todavía inéditas del disco que editará en octubre, Dan Snaith puso groove, palpitaciones, feeling de disco music de los ochenta, psicodelia y rave para personas enamoradas. La banda era pequeña pero compenetrada, competente y sensible: la pista bailaba, pero amortiguando los suspiros con la pisada de sus calzados.

© Proporcionado por elmundo.es

Lo de Caribou entra en la categoría de 'conciertos de buen rollo' de la noche, que no tenían por qué ser necesariamente brillantes a nivel técnico o imaginativos en lo creativo -Moderat, por ejemplo, siguen estancados en 2005, aunque su live sonó tan cariñoso como siempre; lo mismo con Todd Terje, que hizo desear a todo el mundo que en vez de cemento el entorno de Fira Gran Via fuera de cañas y arena, como en un chiringuito de playa-. Y más allá de los conciertos de buen rollo, están los de energía desbocada. Cuando ya se entraba en las horas golfas, ahí estuvieron los DJs del sello neoyorquino L.I.E.S., pinchando un house sucio, de baja fidelidad, enriquecido con acid cosecha del 92 -que es lo que seleccionó el archivista infalible Ron Morelli-, y un poco antes el doblete EDM del escenario grande, SónarClub, con el británico Flux Pavillion, que hace suyo el lenguaje con el que arrasa Skrillex aunque con un punto de conocimiento de la historia del rave universal -en su set mezcló jumpstyle, remixes guarros de Queen, speed garage y un montón de ese tipo de dubstep con tormentas de bajos que parecen simular una eyaculación violenta sobre la cara de la gente-, y luego Pretty Lights, que es música con la misma base pero más delicada en los acabados, más pop (y ni de lejos tan divertida). En el extremo opuesto de Flux Pavillion, en el escenario de al lado, teníamos a un paisano de Castelldefels, Cristian Quirante (alias Alizzz), que venía a decir lo mismo pero desde la elegancia: su estilo, que es una elaboración maximalista de tics del R&B y el funk con voces de diva en pleno orgasmo y ritmos brillantes de textura afilada, tuvo a la gente bailando como si fueran muñecos de plástico. Y Cristian lo vivía, agitando manos y cabeza como si estuviera dentro del maëlstrom de su propia música.

Pero todo esto fue el postre al verdadero plato fuerte de Sónar, o sea, #loderobyn. Tras salir de Miley Cyrus llegamos a tiempo para ver una buena parte del show de Robyn y Röyksopp en el escenario grande, que según nos cuenta un espía de confianza apostado para cubrir los ángulos muertos y a quien identificaremos como DEL, se dividió en tres partes: los 40 minutos primeros, instrumentales, para el repertorio de Röyksopp, los 40 siguientes para los hits del álbum Body talk (2010) de la diva sueca, y el tramo final para Do it again (2014), el EP conjunto que ha grabado el trío. Gracias, DEL. Material muy diverso repartido en dos horas que a veces disipaba la energía en momentos de elaboración muy cósmica, y que a veces tenía a la gente histérica -sobre todo muchos varones con barba, pero en el sentido plantígrado de la expresión, no el del granjero folk- cuando sonaban los hits y, sobre todo, cuando Robyn desplegaba todas sus tablas de frontwoman acostumbrada a sacarle jugo al lenguaje y la teatralidad del pop de masas. Vestida como una Eva Nasarre cyber, lo suyo fue un ejercicio aeróbico jalonado por cuerdas vocales poderosas y que dio la recompensa esperada en momentos como Dancing on my own, The girl and the robot y, un poco antes de eso, Indestructible, canción que es la metáfora que resume, no ya la noche, sino el momento de Sónar: en la cúspide, a toda máquina (y a veces a toda mákina), indestructible también. Caerán otras torres, pero esta, de momento, va a ser que no.

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