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Escuadra hacia muerte

Notodo Notodo 21/11/2016 Miguel Gabaldón
Imagen principal del artículo "Escuadra hacia muerte" © La Fábrica 2014 @ Imagen principal del artículo "Escuadra hacia muerte"

Un homenaje que se transforma en masacre. Así se podría considerar esta Escuadra hacia la muerte (adecuado el título) que se puede ver en el María Guerrero: perfecto ejemplo de cómo una adaptación con ínfulas de modernidad puede echar por tierra el trabajo de un equipo y un texto mítico del teatro patrio.
Paco Azorín, uno de los escenógrafos más conocidos de la escena española, es el responsable de la versión, dirección y escenografía de este montaje que pretende reivindicar a uno de los más importantes dramaturgos de nuestra escena, ahora ligeramente dado de lado. El fallo: que Azorín ha querido ser más autor que el propio autor y ha decidido ir por libre adaptándole.

¿Que el autor ubicaba la acción en una cabaña? Pues yo en un búnker. ¿Que todo giraba alrededor de la calidez de una hoguera? Pues yo les meto bien de gris para que parezca aquello más frío que el polo norte. ¿Que Sastre tiraba por el realismo en acciones y diálogos de los personajes? Pues yo voy a intentar todo lo contrario y ubicar además esto en una catástrofe nuclear. Y por qué no: voy a meter canciones de Bertolt Brecht entre cuadro y cuadro, porque si no se me queda muy vacío esto. El caso: que esta Escuadra hacia la muerte se parece a la obra original como un huevo a una castaña.

Cinco soldados, comandados por el cabo Gobán, esperan cual Godots un ataque en una hipotética Tercera Guerra Mundial. Todos están allí por razones diferentes pero tienen algo en común: es un puesto de castigo. No hay personajes positivos. El hecho es que cada uno de ellos de hecho anhela (más o menos) la muerte. La obra de Sastre (si bien a alguno le podrá parecer algo añeja) es un pedazo de texto existencialista de muy señor mío, con unos dramaturgia impecable que atrapa en la descripción de esos seres abocados a un fatal destino. Sin embargo en este montaje los personajes vagan a la deriva sin dirección y sin comprenderles uno, ya que les han retirado los asideros... No hay cosa que más rabia me dé que las decisiones de una persona malogren el trabajo de todo un equipo.


Y es que las directrices de Azorín consiguen que no tengan sentido las acciones de los personajes. Por poner un mínimo ejemplo: la obra de Sastre comenzaba en esa cálida cabaña, con cada uno de los personajes absortos en una acción (que si el autor lo pone es por algo) y uno de ellos dormido. El cabo le da con el pie instándole a que despierte, que lleva ya mucho tiempo dormitando. En la adaptación de Azorín el personaje en cuestión entra con todos a la vez. Y en un momento se tumba. Al milisegundo el cabo le pega una patada y le dice que no se puede dormir. Parece que no, pero la cosa cambia. Pues así con todo. Las acciones y diálogos de los personajes, que en la obra de Sastre están perfectamente hilados, aquí se deshilachan perdiendo el sentido. Y por lo tanto dejando de interesar al espectador. Por mucho esfuerzo que pongan los intérpretes, en un reparto por otro lado con, a mi parecer, errores de casting.

Y es que por ejemplo al cabo Gobán (que aquí se le intenta presentar incluso más odioso que en la obra original) le interpreta Julián Villagrán. Que (puede ser por especial afecto que le tengo también, sí, puede ser) emana tal simpatía que resulta imposible verle con la cabona presencia que debe tener. Igual pasa con un Jan Cornet sobreactuado en su papel de Luis, algo que parece decisión de dirección, porque está perfecto recitando canciones de Bertolt Brecht... Porque esa es otra: a Azorín parece que no le basta con Sastre, que necesita intercalar canciones de Brecht (para qué, no lo sé).

Unax Ugalde, Iván Hermés, Agus Ruiz y Carlos Martos (al que le hacen quedarse en calzoncillos sin venir a cuento) completan el reparto. Una escenografía llamativa pero en exceso fría, que consigue el más difícil todavía y reconvertir todo en más denso y pesado (y con un piso superior única y exclusivamente ornamental) y unos instrumentos musicales que están por allí y de vez en cuando cogen los actores para tocar en directo (en un intento de hacer aquello más multidisciplinar y vistoso) terminan de convertir esta Escuadra hacia la muerte en una adaptación sin vida.

Lo peor de todo: que este supuesto homenaje a una figura clave de nuestro teatro aleje definitivamente de su obra a espectadores que no le conocieran con anterioridad. Lo bueno: que dan ganas de leerla para disfrutar (en condiciones) de Alfonso Sastre como se merece.

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