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Ese lujo de actor

Logotipo de EL PAÍS EL PAÍS 27/09/2017 Carlos Boyero
El actor argentino Ricardo Darín, en la presentación de 'La cordillera', hoy en San Sebastián. © ÁLVARO BARRIENTOS El actor argentino Ricardo Darín, en la presentación de 'La cordillera', hoy en San Sebastián.

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No recuerdo qué edad tenía cuando alguien me contó que las películas, esa ensoñación suprema, no las hacían los actores y las actrices, sino que eran obra de unos seres que no aparecían en la pantalla y que se llamaban directores. Me costó asimilarlo. Pero infinitos años después, el imán que desprenden esos hombres y mujeres a las ordenes de los directores, que hacen y dicen cosas inventadas por otras personas llamadas guionistas, me sigue envolviendo; me cuesta creer que la magia que irradian no les pertenezca solo a ellos. Creo que multitud de espectadores han pagado, pagan y pagarán la entrada por ver y escuchar a sus interpretes favoritos. Esa certidumbre la tuve en la infancia y la sigo manteniendo en el invierno más sombrío. Por ejemplo: cualquier película en la que aparezca el actor argentino Ricardo Darín posee atractivo para mí. Serán mejores o peores, pero tengo claro que a él siempre me lo voy a creer, desprenderá fascinación, será capaz de expresar con potencia y sutileza los sentimientos más variados, clavará sus frases, sus gestos y sus miradas, podrá otorgar vida, autenticidad, seducción y matices a una ilimitada galería de personajes.

Le han concedido un incontestable Premio Donostia. Se los merece todos, aunque su arte no precise de ellos. Estoy convencido de que si trabajara en la producción anglosajona, hubiera ganado ya más de un Oscar. Y exhiben La cordillera, otra confirmación (y van...) del talento de este hombre. La dirige el argentino Santiago Mitre. Lo hace con poderoso estilo visual, un guion muy trabajado, una atmósfera repleta de misterio y sugerencias que recuerda el turbio e hipnótico mundo de Polanski. El escenario es un hotel en un impresionante paisaje de los Andes chilenos donde se celebra un encuentro con afanes de gran trascendencia (hablamos de tratados comerciales, del petróleo) entre los presidentes de los países latinoamericanos y con Estados Unidos intentando que sus intereses no sufran alteraciones ante la amenaza de alianzas que pueden suponer una temida revolución. El mundo de la política está acompañado por las inquietantes movidas familiares y sentimentales del presidente de Argentina, pieza clave en los resultados de esa reunión. Mantiene un tono enigmático, situaciones que dejan campo libre a la imaginación del espectador, interpretaciones veraces, diálogos de altura. ¿Y Darín? Perfecto, en su caso esa es siempre la regla, no la excepción.

Hace 10 años vimos en Cannes la verdaderamente escalofriante película rumana 4 meses, 3 semanas, 2 días. Desde entonces, todos los festivales se desviven por ofrecer en su programación cine rumano. Ay, de las efímeras modas, de las insoportables tendencias. Ocurrió con el cine iraní, el chino, el taiwanés, el coreano, y no sé cuántos más. En los últimos tiempos, al parecer, el cine solo puede salvarse del apocalipsis gracias a las películas en permanente estado de gracia que se realizan en Rumanía y en Latinoamérica. Ellos sabrán. Yo, las falacias y las estupideces que pretenden generalizar, no me las creo desde que era pequeñito. Y me asusto inicialmente ante los 160 minutos de la película rumana Pororoca, dirigida por Constantin Popescu. Desarrolla una temática que inspira pavor no solo a las personas que tienen hijos pequeños, sino a cualquiera con un mínimo de corazón y de cerebro, y es la que trata de desapariciones de niños, la seguridad de que los ogros existen y los pueden arrebatar. Aquí ocurre en un parque al que un padre ha llevado a jugar a sus críos. La niña desaparece. Y comienza para los padres el sufrimiento más demoledor, la búsqueda infructuosa, el sentido de culpa, las grietas irreparables en una pareja que parecía razonablemente feliz, el progresivo enloquecimiento que provoca el dolor, la persecución obsesiva a la gente que moraba en el parque ese fatídico día tratando de encontrar al raptor. Este depresivo estado está descrito con cierta personalidad, clima desasosegante, detalles sutiles. No es una película desdeñable, pero tiene un serio problema y es que le sobra metraje. El desarrollo de esta tragedia y el efecto que pretende conseguir se habrían logrado igualmente si el director hubiera aligerado el montaje. Se me hace muy larga, inútilmente repetitiva.

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