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España: ¿lágrimas en la lluvia?

Logotipo de El Mundo El Mundo 03/10/2017 ALFONSO PINILLA GARCÍA

Los últimos acontecimientos han demostrado que al nacionalismo radical no se le convence, sólo cabe vencerlo, porque de lo contrario arrasará la convivencia como una apisonadora, fragmentando el cuerpo social hasta debilitarlo irremediablemente. Desde la Transición, lleva España intentando acomodar a los nacionalistas en su marco institucional democrático. Las cesiones han sido continuas a cambio de una profunda deslealtad, mejor o peor enmascarada, que hace ya tiempo prescindió de los disfraces en el caso catalán. Si algo han demostrado estos últimos cuarenta años es que, en el esquema mental nacionalista, cualquier concesión recibida se traduce en una muestra de debilidad por parte de quien transige.

Más allá de la imagen que los separatistas hayan logrado vender, es hora de que los demócratas plantemos cara a las mentiras con argumentación, pedagogía y sereno contraataque dialéctico. Conducida la rebelión hasta sus últimas consecuencias, conviene cambiar al timorato Chamberlain por el resuelto Churchill. Y para ello, una vez detenido el golpe en curso, procede actuar en tres niveles:

Primero, España debe estar presente en la sociedad catalana, no para adoctrinarla en banderas rojigualdas o en himnos sin letra, sino para demostrar que el Estado garantiza la libertad del individuo y su igualdad ante la ley. Tantas sentencias incumplidas en materia lingüística han desacreditado el ordenamiento jurídico, hasta convertirlo en el papel mojado a ignorar por los separatistas que hoy controlan las instituciones catalanas. La impunidad conduce a la deslegitimación, y ésta siempre es acicate del golpismo.

Segundo, conviene reformar el título octavo de la Constitución para definir con claridad las competencias del Estado y de las Comunidades Autónomas. Precisaríamos así las reglas del juego para evitar el continuo vaciamiento de la soberanía nacional en una miríada de poderes territoriales que garantizan la fragmentación, el enfrentamiento y la inoperancia. ¿O acaso la falta de coordinación entre mossos y policía nacional no facilitó los últimos atentados yihadistas en Cataluña? Sin menoscabo del respeto y reconocimiento de la diversidad cultural, el Estado debe mantener su unidad para garantizar la eficaz gestión de los asuntos que a todos nos atañen. Y, en esta dinámica de "redefinición competencial", no estaría de más recuperar para el Estado la Educación. Ésta sería la mejor piedra angular para construir un auténtico pacto educativo que evitara el adoctrinamiento de niños y jóvenes en las aulas de tantos colegios, siguiendo el manual dogmático del nacionalismo.

Tercero, urge la reforma de una ley electoral que siempre permitió la sobrerrepresentación nacionalista en el Congreso de los Diputados. No puede la estabilidad política de un sistema depender de sus enemigos, y desde el inicio de nuestra democracia las llaves de la Moncloa han pendido del llavero nacionalista, perpetuando así un chantaje que aún nos tiene atrapados. Y, si no, véase cómo el gobierno de Rajoy busca (¿mendiga?) el apoyo del PNV para sacar adelante los futuros presupuestos, cuidando de no pisar muchos callos en Barcelona para que en Bilbao le den el ansiado "visto bueno". Claro, que todo esto se solucionaría si el PSOE tuviera suficiente sentido de Estado como para ofrecer la mano al PP en esta materia, evitando así el pernicioso chantaje que a todos nos secuestra.

Y he aquí la causa profunda que explica por qué tras cuarenta años de democracia no hemos logrado desactivar a los nacionalistas. La falta de unidad entre los dos grandes partidos ante el desafío del separatismo ha debilitado al país, poniendo en almoneda su continuidad. La propaganda lanzada por la izquierda donde se vinculaba la defensa de España con el nacionalcatolicismo franquista, atenazó siempre a la derecha democrática hasta condenarla al perfil bajo de quien no quiere molestar para seguir sobreviviendo. Y así, ha ido el PP contagiándose de un cortoplacismo gris, de un pragmatismo sin brillo, de una táctica sin estrategia, siempre temerosa del "qué dirán".

A estos complejos de la derecha hay que añadir, para explicar la indefensión de España ante el desafío nacionalista, la irresponsabilidad de una izquierda que muchas veces prefirió echarse en brazos del enemigo para debilitar a su adversario. Esa alianza, tantas veces traducida en los pactos que alcanzaron nacionalistas y socialistas para gobernar ayuntamientos y ejecutivos autonómicos, ha resultado letal para la democracia, y a los tiempos del tripartito catalán me remito para constatar cuántos fantasmas se escapan de la caja de Pandora cuando esta se abre gracias al sectarismo. En otras ocasiones, esta deriva "simpática" hacia el nacionalismo que muestra el PSOE de los últimos años se debe a sus propias contradicciones internas, pues ha de tenerse en cuenta que la generosidad de Zapatero para con "el hecho diferencial catalán" parte de las cuentas a saldar con el PSC después de que éste fuera crucial para su elección como secretario general del partido. Y así, no debería sorprender que, ya en 2012, el líder de los socialistas catalanes, Pere Navarro, aludiera a la feliz Arcadia del "derecho a decidir" como remedio de todos los males. Este es el punto en el que se halla ahora el discurso socialista, haciendo malabares terminológicos para enmascarar, tras el "derecho a la decisión", el "derecho a la autodeterminación", anhelada herramienta de toda nación para conseguir su particular Estado. Porque la Historia Contemporánea nos demuestra que, más allá de inspiraciones sentimentales e identitarias, la nación se concibe como sujeto soberano capaz de dotarse de instituciones propias. Si Pedro Sánchez es coherente con su planteamiento de la España plurinacional, y Miquel Iceta sigue empecinado en afirmar que Cataluña es una nación, la puesta en marcha del axioma arriba expuesto -nación como sujeto de soberanía- conduce con más prisa que pausa al surgimiento de un Estado catalán, y mañana de un Estado vasco, gallego, valenciano, balear, y quien sabe si algún día Andaluz o hasta Extremeño. Trocear la nación implica fragmentar su soberanía, asegurando tantos Estados como naciones se acepten en el ordenamiento jurídico, lo cual conduciría a la implosión de España y su conversión en un mosaico de teselas inconexas, pobres e inanes.

Si a todo ello añadimos la devastadora crisis económica de la que poco a poco vamos saliendo, los graves casos de corrupción que empañan la credibilidad del sistema democrático y el surgimiento de una extrema izquierda que desprecia la reforma porque solo quiere la ruptura, tenemos dibujada ya la tormenta perfecta que desde el uno de octubre está escenificándose en las calles de muchas ciudades catalanas. Los guardias civiles huyendo de las pedradas y los niños convertidos por sus padres en arietes del prosés -vergonzante imagen en la que no parecen reparar las grandes cabeceras internacionales- son dos metáforas de un Estado débil, paralizado y roto por un desafío al que no ha sabido responder a tiempo.

Nuestro país se enfrenta a uno de los momentos más graves de su reciente historia. Si la derecha rechaza el pacato cortoplacismo, apostando sin complejos por una España unida, diversa, moderna y cada vez mejor integrada en Europa; si la izquierda supera su irresponsable cainismo, pensando y obrando más allá de sus particulares siglas; y si el nacionalismo catalán recupera el seny después de la desatada rauxa, es posible que nuestra democracia dé el salto cualitativo que tanta falta hace para enfrentar estos convulsos tiempos. Pero si la pasión arrasa las razones, el sectarismo prima sobre el consenso y el vuelo gallináceo de la táctica se impone a los altos vuelos de la estrategia, la Historia volverá a pasarnos factura, como otras tantas veces. Y España será, quién nos lo iba a decir, "naves ardiendo más allá de Orión, rayos brillantes junto a Tannhäuser y mil oportunidades perdidas en el tiempo... como lágrimas en la lluvia".

© Proporcionado por elmundo.es

Alfonso Pinilla García es profesor de Historia Contemporánea de la Universidad de Extremadura

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