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Esperando a Felipe VI

EL PAÍS EL PAÍS 11/06/2014 J. Ernesto Ayala-Dip

Si Duran Lleida ha dejado para el 20 de junio, el día después del nombramiento del príncipe Felipe como Felipe VI de España, pronunciarse sobre su continuidad como jefe de filas de Unió (y portavoz de la coalición nacionalista en el Congreso de los Diputados) es porque es altamente probable que quiera saber cuál será el contenido del primer discurso del entonces Rey de España. Ese discurso será muy importante, no solo para el líder nacionalista (en función del cual seguramente se inclinará por la renuncia o su continuidad) sino para que todos los que todavía esperamos que el famoso e invalorable choque de trenes no se produzca.

No todos los que quieren que ese choque no se dé piensan igual. Los hay que ruegan que todo permanezca después de que no haya choque y los hay, como un servidor, que desean que en lugar de ese ominoso accidente se produzca un gran acuerdo entre el PP, PSOE y CiU (además de las fuerzas políticas que quieran sumarse en el Parlamento español) respecto a una nueva estructura de Estado que satisfaga a las dos partes en litigio, España y Cataluña.

La pelota del cambio de la Constitución se encuentra en tres tejados: en el del Gobierno, el de la Generalitat y el de la Corona

Todos sabemos que el perímetro de acción del Rey en esta materia es casi inexistente. Todo lo que diga y no diga siempre resultará no vinculante. Pero no hay duda de que, como dijo el domingo en el diario Ara el historiador Paul Preston, solo con mostrar alguna sensibilidad hacia las demandas catalanas habrá dado un gran paso en su flamante reinado. Hablar de unidad y diversidad, como lo hizo el Príncipe al día siguiente de la abdicación de su padre, no invita a presagiar grandes cambios, aunque también no deja de ser cierto que desde que empezó el movimiento independentista a ganar cada día más adeptos, el Rey cambió la granítica formula de la “unidad de España” por la más difusa y ambigua “España unida”. Así y todo, la apelación a la diversidad no deja de sonar, a estas alturas, a una mera concesión semántica sin ningún contenido político que nos haga atisbar un cambio jurídico.

Ahora se da la circunstancia de que la pelota del cambio de la Constitución en aras de encajar a los territorios nacionales que conforman España en una unidad federal de profundo calado, se encuentra en tres tejados: en el del Gobierno central, en el de la Generalitat y en el de la Corona.

El Gobierno central ya tiene suficiente información estadística como para calibrar la posibilidad de permitir un referéndum en Cataluña sin que eso signifique tirarse a la piscina de su independencia. Evidentemente Rajoy ya dio sobradas muestras de que el riesgo no va con él. (Por no ir, ni siquiera es capaz de proceder como el presidente del BCE, que solo con dos faroles salvó la supervivencia del euro). Sin hacer el mínimo gesto (los gestos en política son muy importantes) de que algún día lo va a hacer, se hace casi inverosímil que de ese Gobierno salga una solución.

Por lo que respecta a la Generalitat, las cosas cada día adquieren visos de irreversibilidad. Es cierto que Artur Mas, en algunos momentos, dio la sensación de buscar auxilio en Rajoy, un movimiento que este no entendió o no quiso entender. Cuando el presidente de la Generalitat, por ejemplo, habla de que Rajoy no lo llama tiene algo de razón, aunque la tiene también Rajoy cuando se queja de que Mas no lo llamó para comunicarle la celebración de un referéndum acordado unilateralmente. (El presidente español dice que se enteró por la prensa). Como Mas no ha desmentido esta queja, hay que darla por cierta y por lo tanto muy torpe, y hasta podría calificarse de grave dado el alcance político de su decisión.

Desde el independentismo, hoy a la solución federalista se la mira por encima del hombro sin ningún complejo

Por los lares independentistas, sobre todo en Esquerra Republicana, no se espera ya nada del Gobierno ni de nadie. La munición fácil del anticatalanismo que se repartieron entre PP y PSOE cuando hizo falta para engordar sus respectivas arcas electorales, con una falta absoluta de sentido de Estado, ayudó mucho a crear las condiciones políticas y emocionales para que una extensa capa de catalanes (capas transversales, nos guste o no) se inclinara, como mínimo, por la celebración de un referéndum.

Desde el independentismo, hoy a la solución federalista se la mira por encima del hombro sin ningún complejo. Como la de Rajoy, la cerrazón de los independentista y de Convergència i Unió a dialogar y discutir por una estructura federal de España en profundidad y con un amplio consenso parlamentario y ciudadano, es también un grave error.

Volvamos a Duran Lleida y al príncipe Felipe. Que se diga ahora mismo desde algunas instancias parlamentarias del PP, que la marcha de Duran es una “noticia fatal”, resulta cuando menos un acto de hipocresía política. Nadie en ese partido le hizo el menor caso en la Cámara baja cuando el político catalán les casi imploró puentes. Y al Príncipe más le vale que se ponga a la altura de la crisis territorial, social, política y económica que vive su reino. No sea que el por ahora falso debate entre Monarquía o República, revierta en la solicitud cada vez más mayoritaria de otro referéndum. Esta vez a escala española.

J. Ernesto Ayala-Dip es crítico literario.

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