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Estaciones de Isadora

Notodo Notodo 15/11/2016 Miguel Gabaldón
Imagen principal del artículo "Estaciones de Isadora" © La Fábrica 2014 @ Imagen principal del artículo "Estaciones de Isadora"

Isadora Duncan es uno de esos nombres que sólo con pronunciarlos un halo de misterio y admiración se cierne sobre los conversadores (espectadoras culturetas, claro, que este nombre no aparecerá en la vida de una choni ni de refilón). Bailarina y coreográfa a caballo entre dos siglos y considerada el alma máter de la danza moderna, en la sala Margarita Xirgu del Teatro Español se pueden oír ahora sus trágicos ecos de la mano de Beatriz Argüello y Hugo Pérez de la Pica con Estaciones de Isadora.

Escenario semi-desnudo, de brillante suelo. Un piano en un extremo, un armario de doble cuerpo con espejo (de los que ya no se hacen) preside la escena. El pianista Mikhail Studyonov comienza a acariciar las teclas y aparece Beatriz Argüello: cara blanca, onírico tutú de plumas, alzada sobre sus puntas, entregada a la danza. Y cuando cuelga ese magnífico atuendo pasa a asemejarse a una habitante cualquiera de la polis griega. Comienza entonces a recitar las palabras (poemas) de Pérez de la Pica evocando la figura de la bailarina. Porque éste no es un espectáculo biográfico, no nos llevemos a confusión que la liamos; sino una recolección de sensaciones a partir de la figura de Isadora Duncan. Es decir: no te enteras de nada (de nada de nada, si alguien odia el teatro contemporáneo, que ni se acerque) pero tiene momentos, instantes mágicos que cristalizan la pasión que tienen los creadores del espectáculo por esta figura mítica de la danza y se la ofrecen al público en un depurado ejercicio teatral.


Hugo Pérez de la Pica es uno de los creadores más originales del panorama teatral español, que parte de mimbres clásicos para ofrecer espectáculos que son auténticos viajes en el tiempo en un alarde poético y maravillante. Aquí no llega a las cotas de maestría de Por los ojos de Raquel Meller o Paseíllo, pero contiene poéticas imágenes y textos que evocan un mundo del pasado (clásico) como en sus montajes de Tribueñe y una atmósfera que cautiva por momentos. Y Beatriz Argüello, que siempre está bien (la amé en Noche de Reyes), es impulsora de este montaje y se entrega en un ejercicio fascinante en el que pone cuerpo y alma.

Estaciones de Isadora no es un espectáculo para todos los paladares (si se mete algún despistado en la sala puede estar tentado de salir corriendo) ni redondo (tal vez es en exceso críptico y el vuelo poético no llega a levantar del todo durante el total de la función), pero seguro que más de uno quedará fascinado irremediablemente por su poética propuesta. Yo por mi parte me quedo con uno de los momentos más sencillos de la función, en el cual, vestida de rojo, Isadora Argüelles se sienta y parece (puede ser que me lo haya inventado yo todo esto que viene) observar ilusionada a unos imaginarios niños que, en un momento, desaparecen. La transformación y emoción de su rostro (y el inevitable pensar en sus hijos muertos) es un prodigio. Sólo con ese instante ya puede decir esa frase mítica de “¡Parto hacia la gloria!”

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