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Europa en marcha, España ensimismada

Logotipo de EL PAÍS EL PAÍS 01/10/2017 Lluís Bassets
El presidente francés, Emmanuel Macron, se reúne con varios oficiales de policía en Lyon el 28 de septiembre. © Lauren Cipriani El presidente francés, Emmanuel Macron, se reúne con varios oficiales de policía en Lyon el 28 de septiembre.

Emmanuel Macron y Angela Merkel se enfrentan juntos a una situación inédita en el continente europeo desde la primera unidad alemana, en 1871. Ninguna potencia ajena, ni siquiera Inglaterra, interfiere ahora en la creación de un nuevo equilibrio continental. Estados Unidos se va. Se va con Trump, pero ya empezó a irse con Obama. Será siempre el aliado más poderoso y natural, pero ha decidido dejar en manos de los europeos la estabilidad del continente y la contención de Rusia. Reino Unido pretende jugar directamente en la escena global en vez de proseguir con los equilibrios triangulares con Francia y Alemania.

París y Berlín se encuentran por primera vez solos ante la responsabilidad de hacer de la Unión Europea un actor global, capaz de hablar de tú a tú con Moscú, Pekín y naturalmente Washington. No es evidente que lo vayan a conseguir. Los resultados de las elecciones alemanas han revelado que todos sufrimos idénticos males. Si los estadounidenses tienen a Trump en la Casa Blanca, los franceses han temblado ante el peligro de Marine le Pen y los británicos se han lanzado en brazos del populismo xenófobo del UKIP, nadie podía soñar que los alemanes no tuvieran su ración de extremismo supremacista y antieuropeo.

El momento es ahora, tal como ha recordado el presidente de la Comisión Jean-Claude Juncker en su discurso al Parlamento Europeo sobre el estado de la Unión el 13 de septiembre. “Europa tiene el viento a favor”, ha señalado, “y la ventana de oportunidad no estará abierta para siempre”. El de Juncker, con la propuesta de una ambiciosa agenda europea, es el primero de los tres discursos que han marcado esta rentrée trascendental. Su iniciativa para conseguir una Europa que proteja, que devuelva el poder a la gente y que la defienda, sintoniza muy bien con otro discurso, más solemne e inspirado, denso de ideas y proyectos, de Emmanuel Macron en la Sorbona, dos días después de las elecciones alemanas.

Las ideas de Macron y la difícil victoria de Merkel son el punto de partida, al que hay que añadir todavía un tercer discurso, el de Theresa May el 22 de septiembre en el Instituto Europeo de Florencia, en el que por primera vez ha trazado un camino aceptable para los 27. Reino Unido ha empezado a arrumbar sus ideas más destructivas respecto a la Unión Europea y enfila ahora un Brexit amistoso, con un período transitorio, cumplimiento de compromisos financieros y disposición para convertirse en estrecho aliado en la Europa de la defensa.

París y Berlín se enfrentan por primera vez en solitario al reto de una Europa con vocación de protagonismo a escala internacional

Todo está preparado para que París y Berlín se pongan manos a la obra en los próximos meses. Los márgenes son estrechos, como han revelado las elecciones alemanas. A Macron no le pesa todavía la caída en popularidad consecuencia de las reformas del mercado de trabajo, pero Merkel ya nota, incluso antes de formar gobierno, la fuerza de la extrema derecha antieuropea de Alternative für Deutschland, que ha entrado en el Bundestag. No le será fácil construir el gobierno de coalición con verdes y liberales que le permita impulsar el proyecto europeo, en buena coordinación con Macron. Sufrirá, como todos en Europa, de la tendencia al ensimismamiento, justo en el momento en que más necesaria es la extroversión europeísta.

El núcleo del debate versará sobre el ministro de finanzas, el fondo monetario y el presupuesto específico para el euro, cuestiones en las que habrá tensión entre la ambición de Macron y la moderación de Merkel, condicionada por la coalición de gobierno y por la fragmentación del Bundestag. Tendrá que combatir el temor a la unión de transferencias o mutualización de la deuda, con el que regresa el viejo chiste de Konrad Adenauer sobre la Francia de De Gaulle, que quería viajar en primera con billete de segunda.

En el nuevo mapa europeo quedan rastros todavía de la guerra fría. En la Europa central y oriental, los populismos y las democracias iliberales crecen allí donde hubo dictaduras comunistas. Los socios menores, populistas o no, albergan profundas reticencias ante las ambiciones franco-alemanas. El regreso de una Rusia amenazante tiene su raíces en la nostalgia de aquel imperio perdido que llegaba hasta el corazón de Alemania.

Pero también surgen otra vez las viejas líneas de fuerza que organizaban el continente. Una de ellas es la relación franco-alemana, ahora convertida en el horizonte de una fusión en Europa en vez de la eterna rivalidad y de la guerra por la hegemonía continental. Otro viejo vector histórico es la tendencia española al ensimismamiento, que nada expresa tan claramente como la dificultad de Mariano Rajoy para relacionarse con los socios europeos. O su inexplicable ausencia esta semana trascendental en Tallin, donde faltó su explicación a los socios y sus respuestas a los periodistas sobre la crisis catalana.

La secesión catalana afecta al método, al proyecto e incluso a los valores que han servido para construir la Unión Europea

Justo en el momento en que hay que aunar fuerzas para enfrentarse a los retos europeos, los españoles estamos dedicados a otras cosas, a nuestras cosas, incomprensibles para el resto del universo. No es extraño que resurja la vieja tendencia aislacionista para un país que estuvo ausente de Europa durante tres siglos. O no vamos a Europa, como hace Rajoy, o vamos a denunciar la dictadura española inexistente, como hacen Romeva o Puigdemont. Uno calla y los otros mienten. ¿Hay aquí algún patriota europeo que quiera trabajar a favor de la Unión?

Europa fue la solución, incluso la tabla de salvación, para los españoles y para los catalanes, y ahora solo aparece como un recurso para la propaganda, como si nada nos importasen los nuevos horizontes a los que Europa debe abrirse necesariamente. Ni España ni Cataluña, tan europeísta, aportan algo al proyecto europeo, si acaso dificultades, horizontes de disgregación y de conflicto, incapacidad de utilizar el método europeo de la cooperación, de las sinergias y de los pequeños pasos para resolver los conflictos.

El movimiento independentista se ha visto siempre a sí mismo bajo la luz de un narcisismo autoindulgente y autosatisfecho, nimbado por la superioridad de la mitología antifascista y por la victimización del franquismo y de la guerra civil. Su talento organizativo y su capacidad estratégica han admirado a muchos, al igual que ha enamorado su capacidad de movilización pacífica y festiva. Pero, desde los atentados del 17 de agosto, ha lucido sus aristas más hoscas, como suele suceder con quienes pretenden romper con el orden constitucional de una democracia europea.

A pesar de su europeísmo declarativo y de la seguridad con que da por ganada una futura pertenencia del nuevo Estado a la UE, el independentismo ha mostrado su faz antieuropea, tanto en el método rupturista como en el proyecto de su república iliberal, aprobados en las sesiones parlamentarias del 6 y el 7 de septiembre. Es una “de las pasiones tristes de Europa” de las que ha hablado Macron.

Rajoy se ha ganado la reprimenda explícita de los medios de comunicación por su quietismo y su dificultad para dialogar, pero nada de lo que ha hecho hasta hoy, a pesar del cierre de páginas webs y de las actuaciones judiciales, ha disminuido sustancialmente su marchamo democrático europeo. De ahí que tenga todas las de ganar, porque si a él se le puede reprochar su inmovilismo, a Puigdemont se le reprocha lo contrario, su activismo en dirección diametralmente opuesta a la agenda de Juncker, Macron y Merkel, en la que la soberanía deja de ser una pelea entre los Estados o dentro de los estados para convertirse en el objetivo europeo compartido.

Europa no perdonará una catástrofe hoy domingo, 1-O. Ni a Rajoy ni a Puigdemont. Está bien claro lo que espera de los españoles, catalanes incluidos. Que regresen todos a Europa, donde se dialoga, se negocia y se pacta. A empujar juntos para el nuevo impulso y por la soberanía compartida por todos los europeos. Como Monnet hace 60 años, como ahora Juncker, Macron y Merkel.

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