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Facilidad de palabra

EL PAÍS EL PAÍS 15/06/2014 Juan Cruz

A los niños ingleses les enseñan a defender aquello en lo que no creen y aquello en lo que creen; de ese ejercicio, en la escuela, en la universidad, han salido algunos de los mejores parlamentarios del mundo; pero también gracias a esa enseñanza se han formado escritores como Christopher Hitchens o Martin Amis, ilustres polemistas, capaces de ponerse en una trinchera y luego en la otra, tan sólo por el gusto de discutir.

Esa práctica de no quedarse tranquilo con un argumento y buscar las razones del contrario se hizo imprescindible en la época socrática y ha seguido hasta nuestros días, aunque en España ya se sabe que el garrotazo imperó mucho más que el entendimiento. Entre nosotros, sin embargo, ha habido ilustres cultivadores de esa esgrima. De ellos selecciono dos cultivadores contemporáneos que resultan legendarios, los actores Fernando Fernán-Gómez y Adolfo Marsillach. Fernando te retorcía tus argumentos hasta hacerlos irreconocibles, y luego los devolvía a la mesa como si fueran tuyos, y eran los suyos. ¿Cómo lo hacía? No era exactamente un malabarista, pero estaba acostumbrado a no comulgar con la primera rueda de molino que le ofrecieran.

El otro día hablé con Javier Marías, por el centenario próximo de su padre, y me contó lo que hacía don Julián (el joven Marías lo ha contado en la novela Tu rostromañana, entre otros sitios): cuando le decías la primera opinión te obligaba a rebuscar una segunda, y aún una tercera, para que siguieras pensando. Era una manera de educar en lo que sabías y en poner de manifiesto lo que ignorabas; y sobre todo era una forma de advertirte contra la jarana de las ocurrencias.

La astucia socrática de Fernán-Gómez era sutil pero terminante; de ese carácter que se acompañaba de una voz atronadora tiene mucha responsabilidad la leyenda de que era un hombre implacable, cuando el hecho cierto era que en una discusión, si había charlatanes, sólo procuraba hacer notar su sensatez a veces en forma de mandobles; seguía los argumentos hasta las últimas consecuencias, y al final te dejaba tranquilo pero exhausto: él había ganado, pero tú no tenías ni idea del momento en que ya te perdiste entre los ovillos de sus argumentos.

Marsillach trataba tus argumentos, para desmontarlos igualmente, con la sutileza de un monje. Luego te los devolvía hechos trizas, porque no le habían servido, pero tú te ibas de la discusión, o de los argumentos, con el traje intacto y creyendo, además, que lo habías dejado convencido de lo que pensabas cuando empezaste a hablar. De ello son testimonio, en ambos casos, no sólo los recuerdos de sus conversaciones (ahí está La silla de Fernando, de Trueba-Alegre), sino sus numerosos artículos, a los que conviene volver en tiempos de verborrea, que son éstos.

Tanto uno como otro, genios de la escena y de las cenas, lo que hacían, verdaderamente, era huir de los charlatanes, de esos personajes cuya facilidad de palabra los hace parecer brillantes e indestructibles, cuando lo que de verdad manejan son lugares comunes que amasan con la destreza de los vendedores de feria.

Ahora hay mucho de eso en España, y sobre todo en la política y en la prensa española. Cada vez que los charlatanes mojan la lengua en el populismo barato que los ampara yo me acuerdo de Fernando y de Adolfo, como antídoto de esa enfermedad que consiste en hablar para que el otro no hable.

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