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Felipe VI, el Rey que no escuchaba los consejos de familia

El Mundo El Mundo 01/05/2016

© El Mundo Si de algo tuvo tiempo Felipe de Borbón hasta que, a los 44 años de edad, le sobrevino el trono de España, fue de estudiar Historia. No por casualidad, colocó en su despacho el retrato de su predecesor preferido y más ilustrado, Carlos III.

Pero dejó escondido en el recuerdo la foto de su propio bisabuelo, Alfonso XIII, despachando con el dictador Miguel Primo de Rivera meses antes de su irreversible exilio de España. Es curioso que el popular Rafael Hernando evocara días atrás al general para afear al líder de Ciudadanos su propuesta de un candidato independiente a la Presidencia del Gobierno. Pero boutades aparte, lo cierto es que el fantasma del pasado planeó estos cuatro meses por los montes de El Pardo, y que el Rey ha aprendido de los errores de sus mayores.

Más aún, que el nuevo Borbón ni ha borboneado ni ha aceptado siquiera consejos de familia que le apartaran de la asepsia de su libro.En ningún artículo de la Constitución está escrito que el Monarca deba o pueda mediar en la formación de Gobierno o en el simple auspicio de un acuerdo entre partidos, como sí ocurre en la monarquía parlamentaria belga o en la holandesa. «Voy a tener menos poderes que el Rey de Suecia», se quejó el Rey Juan Carlos a los políticos de la Transición, según cuenta Eduardo Álvarez.

Y sin embargo, eso es lo que mayoritariamente pensaba, tras el 20-D, la aún joven democracia española, crecida a la sombra de un solo Monarca que había sido aplaudido -antes de su declive final- por su singular complicidad con los políticos de su época.«Esto, con Juan Carlos, no habría pasado», fue la frase más repetida entre los populares, apelando a la experiencia del padre, en los días en que el nuevo Rey Felipe VI se jugó su puesto. O mejor dicho, en los días en que se lo aseguró para el futuro.Y es que fueron tensas jornadas las que siguieron al comunicado de La Zarzuela del 22 de enero.

Aquella nota que, según un miembro de la cúpula del PP, deparó «la hora más difícil de la historia del partido», hasta el momento en que el propio Mariano Rajoy salió, sacando pecho, en rueda de prensa. La Historia está ya contada en estas páginas: el presidente en funciones no quería someterse a una investidura para ser el pimpampum de una mayoría absoluta de la Cámara. Lo que pidió al Rey, según dos de sus colaboradores, era «tiempo». Tiempo para procurar su gran coalición; o sea, para presionar a Pedro Sánchez. Los recados viajaron de Moncloa a Zarzuela, pasando incluso por el Palacio Real...

Pero lo que el Monarca leía en el libro, o sea, en la Constitución, es que él estaba obligado a hacer una propuesta. Y a ello se aplicó con escrúpulo, de manera que no sólo no transigió con la idea monclovita de pedir un informe al Consejo de Estado capaz de desbloquear el proceso sin mediar un debate de investidura -tomando como ejemplo a la Comunidad de Madrid tras el tamayazo-, sino que puso un expreso interés en contar que él había cumplido con su función al proponer, aunque en vano, la candidatura de Rajoy.

Claro que éste no se opuso a la voluntad del Rey de divulgar dicho comunicado.Todavía se duelen en el PP de aquel gesto de neutralidad del Rey -especialmente reconocido por la izquierda- que, además de servir en bandeja a la oposición el reproche del no de Rajoy a la Corona, le otorgó a Sánchez el largo protagonismo de los meses siguientes. «No fue inocente, por parte del Monarca, dar gusto a los que menos le apoyan», se lamentaba aún estos días un dirigente del PP. «Es normal lo que hizo», objetaba otro veterano ex alto cargo, «porque los políticos vamos cambiando, pero la Corona se queda, y su tarea es preservar la institución».

El caso es que el Monarca había logrado, fiel a la letra de la Carta Magna, poner en marcha el reloj, la cuenta atrás de la legislatura, frente a un Gobierno en funciones sine die. A la Casa no le gustó que Rajoy insistiera en el debate de investidura en que, con su fracaso, Sánchez comprometía al Monarca. Sin embargo, el proceso entró en una tercera fase, en la que los intereses de unos y otros empezaron a converger. Por primera vez, Zarzuela y Moncloa estuvieron de acuerdo en que no hacía falta emprender una tercera ronda de consultas.

Se dijo que había que dar tiempo a los partidos para conformar nuevos acuerdos, pero ni Corona ni Gobierno querían más desgaste institucional, y por la mente de Palacio nunca pasó la idea de otra investidura que la meramente instrumental de Sánchez.Lo cierto es que, a partir de ahí, el «sentido común» al que oficiosamente apelaron desde las dos instancias pasó a imponerse sobre esa letra de la Constitución que obligaba al Monarca a hacer «sucesivas propuestas». Si el criterio inicial había sido proponer al más votado, ¿cuál habría sido la siguiente: Pablo Iglesias...?

A lo largo de esa tercera fase, la Corona intentó retomar una agenda seriamente dañada por el proceso. La suspensión de la visita a Reino Unido representó el mayor de los desastres -seguido luego por la de Japón- tanto para la representación exterior de España como para la propia institución. Por aquellos días de febrero, muchos la entendieron como una sutil venganza del Gobierno hacia la Corona. Por su parte, el Ejecutivo empezó a saborear el agotamiento de la oposición.Hasta que, por propia iniciativa, el Rey tocó a rebato con la ronda de consultas final.

Si por Rajoy fuera, ni siquiera habría hecho falta. Pero al decir de los suyos, esta vez no se disgustó. Porque, ahora sí, Felipe VI renunciaba de antemano y por escrito a hacer una propuesta, si no había una mayoría suficiente. Tampoco a la oposición le pareció mal que el Monarca quisiera echar la llave a la legislatura. Para la izquierda -significada por su falta de etiqueta en Palacio y por el tuteo de Pablo Iglesias al Monarca- Felipe VI había sido «impecable».

Para la derecha, finalmente, el Rey había sido «correcto» en medio de una situación «inédita».La sorpresa vino cuando el Monarca aprovechó esa última ronda para ejercer de correa de transmisión de la calle, animando a los partidos a dos tareas: abaratar la campaña, y ahorrarle el cruce de reproches. Sólo por esas dos advertencias valía la pena el desfile de Zarzuela. 

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