Al utilizar este servicio y el contenido relacionado, aceptas el uso de cookies para análisis, contenido personalizado y publicidad.
Estás usando una versión más antigua del explorador. Usa una versión compatible para obtener la mejor experiencia en MSN.

Fieras de Victorino en un cruel circo

El Mundo El Mundo 06/06/2014 ZABALA DE LA SERNA

En el último estertor, la fiera se levantó sobre su propia muerte contra el puntillero. Lo atrapó con una saña aún indómita y le reventó la pierna en un hachazo violento. Manolo Rubio trataba de agarrarse a los pitones que volaban como dagas sobre su cuerpo. Ciego de furia, el victorino no obedecía a los capotes de la cuadrilla ni a la muleta de Antonio Ferrera. Como en toda la lidia, al fin y a la postre. Cuando Rubio intentó incorporarse, los huesos no le sostenían. Ni la carne desgarrada. Ferrera se quedó con el toro con la puntilla en la mano en una estampa antigua, y la masa ignorante también pitaba descarada.

Una masa foribunda, cruel e inhumana que convirtió Las Ventas en un patíbulo, un circo de la antigua Roma. Faltaba Nerón con la lira y los ojos inyectados en sangre. Incluso algunos aficionados del «7», que basculan hacía un tipo de toro que les motiva especialmente, negaban con la mano en alto la ovación que la plaza tributaba al arrastre de 'Majito', una bestia que no quería las telas, sólo lo que había detrás de ellas.

© Proporcionado por elmundo.es

Esto ocurría en el quinto de la infame tarde. La peor y más terrible corrida que se le recuerda al legendario hierro de Victorino desde los tiempos de Escudero Calvo. El último también pisó el ruedo con afanes trituradores de ponerse por delante y llevarse con las manos todo, sin pasar. Y porque la prenda no contaba con el poder de otros... Alberto Aguilar lo mató a la última con la ingenua honestidad de querer hacerlo por arriba, y arreció la tempestad. Los matadores junto a sus cuadrillas, en formación de tortuga romana, abandonaron el ruedo en una imagen inédita ante la incomprensión.

La bravura se alejó un océano de lo que Victorino Martín lidió en Madrid. Y de la casta también. Definamos la corrida como montaraz, salvaje, asilvestrada, prehistórica, revenida, remontada como un mal vino. La humillación, la marca más cantada del hierro de la A coronada, no apareció por allí, esa característica que en bueno, en regular o en peor, Victorino ha perseguido toda su vida. ¡Y los genios intempestivos exigían el toreo de hoy! ¡Qué vuelva Guerrita si esto queréis!

El bajo tercero todavía recordó a la vieja casta de albaserrada porque descolgó como ninguno, aunque lo del caballo como que no, en una fea pelea de derrotes. Vengativo se encontró con un fenómeno como Rafael González con el capote. Y luego con un torero dispuesto como Aguilar. Repetía como una bala en la muleta, como para sacarte el aire. Mas en esas repeticiones se traía el veneno de hacer hilo que fue desarrollando. Un golpe de viento enseño la presa humana, y el victorino ya no paró de perseguirla. Alberto le ponía la izquierda incluso y aquello se revolvía. En un segundo, cuando ya tocaba la hora de matar, el matador perdió pie y, por fortuna, el toro la emprendió el trapo. No se sabe si entonces fue cuando se cortó A.A. con la espada en el gemelo. La velocidad de los puñales era tal que se hacía inapreciable el puntazo que también encontraron en la enfermería. La pelea tremenda y merítisima al menos le pareció a la masa merecedora de una ovación.

Ni eso para Ferrera, que anduvo hecho un titán y un profesional como ahora mismo no hay con un victorino acaballado, largo como un tren de mercancías, al que mostró en el peto y con metros como lo que no era: bravo. Arrancarse para pirarse -como en la segunda vara-, no empujar, no apretar, no meter los riñones, hacer sonar los estribos... ¡De qué hablamos! De que fue tres veces. ¿Y la puja como fue? La lidia de A.F. se antojó magistral. El tercio de banderillas lo planteó muy en corto. Y la faena muy inteligente en los terrenos del «2». El sentido del torazo era el de un sónar. Cómo se venía por dentro y a la altura de la cadera; a Ferrera casi le superaba en estatura. Qué valor y qué oficio el de este tío. Y cómo le ganó la cara y la guerra con los palos y con la muleta por abajo y por los costillares al sangriento quinto, que cambiaba de marcha y apretaba en cuanto olfateaba la carne cerca. El golletazo último debió agarrarlo Antonio antes. Pero el marrajo le cerraba las salidas.

Decir que los de Uceda fueron los menos malos no es afirmar que fueran ni mucho menos buenos (más bien mentiroso uno y moruchón otro) en aquel desembarco de Normandía de la victorinada. Pero desde el minuto uno Las Ventas tomó partido por las defensas alemanas en lugar de por los aliados. Si alguien me viene con que allí nadie se aburrió, se encontrará con el vozarrón de Fernán-Gómez: ¡Vaya usted a la mierda!

Gestión anuncios
Gestión anuncios

Más el El Mundo

image beaconimage beaconimage beacon