Al utilizar este servicio y el contenido relacionado, aceptas el uso de cookies para análisis, contenido personalizado y publicidad.
Estás usando una versión más antigua del explorador. Usa una versión compatible para obtener la mejor experiencia en MSN.

Flotats vuelve al TNC

EL PAÍS EL PAÍS 30/05/2014 Marcos Ordóñez

Para su regreso al Teatro Nacional de Cataluña (enhorabuena a quien corresponda), Josep Maria Flotats ha elegido dirigir la comedia más popular de Marivaux, Le jeu de l’amour et du hasard (1730), en muy cuidada versión catalana de Salvador Oliva. Por su sofisticación, su complejidad y su refinamiento verbal, Marivaux podría ser el megatatarabuelo de Rohmer. Voltaire escribió que “pesaba los sentimientos en balanzas de telaraña”, una forma de decir, un poco a contrapelo, que era un dramaturgo sutil y minucioso. Su obra hace pensar en los dameros racinianos en clave de comedia amenazada: todo podría virar a tragedia en un instante, por un sí o por un no, y acabar en duelo o muerte pasional. Esa impronta, que viene de Shakespeare, se cuece en la retorta iluminista de la razón. Para Marivaux, el amor es un trastorno que puede llevar al caos pero también al autoconocimiento, y su estrategia, quintaesencialmente teatral, es el juego de máscaras como posible camino hacia la verdad.

Ezio Frigerio ha levantado una bella escenografía que expresa con sencillez esa tensión, mezclando árboles “reales” con su representación: el trompe l’oeil, al fondo, de un telón pintado que reproduce un jardín dieciochesco. Son espléndidos también el vestuario de Franca Squarciapino y la luz verde pálido de Albert Faura, como si atravesara, al alba, un dosel de niebla y hojas tiernas, recién brotadas.

El juego del amor y del azar traza un enredo al cuadrado. Orgón quiere que su hija Silvia se case con Dorante, hijo de un viejo amigo. Silvia se resiste, y para conocerle propone un trueque de roles con su criada Lisette. Pero Dorante ha tenido la misma idea, y llega como criado, bajo el nombre de Bourguignon, mientras que Arlequín, su sirviente, ocupa su lugar. Orgón y su hijo Mario conocen ambas argucias, pero deciden limitarse a observar, por diversión, por enseñanza o por crueldad secreta, a los cuatro jóvenes, que viven la sorpresa y el trastorno de encontrarse amando a quienes creen que no les han sido destinados.

Hay en Silvia y Dorante, escindidos entre el anhelo de verdad y el ropaje de la convención, un miedo grande a saltar más allá del lenguaje de salón y declararse mutuamente su amor. Silvia es tal vez el personaje más complicado y con más recovecos: veleidosa, atormentada porque le atrae un presunto criado, siente un ansia creciente de poder sobre él, que se revelará en el magistral pasaje del alejamiento. Vicky Luengo la interpreta con una singular mezcla de elegancia y energía cruda, desmañada, que la hace verosímil como ama y como sirvienta a un tiempo. No sigue el cliché de coqueta mudable y encantadora; se arriesga a parecer abrupta y antipática, y traza muy bien las sacudidas de la duda y el desconcierto. Su voz y su gestualidad todavía tienen, en mi opinión, crispaciones innecesarias, pero defiende con fuerza y valentía su difícil rol: es una actriz muy interesante y con personalidad, que dará que hablar. Bernat Quintana, notable Cristián en el Cyrano de Broggi, es un Dorante sobrio que exhala nobleza; obviamente, también avanza enmascarado, y el actor sabe mostrar también ese lado inseguro y calculador. Me recordó a un joven Didier Sandre o a un joven Ramon Madaula.

Rubèn de Eguia y Mar Ulldemolins, en un momento de la representación. © David Ruano / TNC Rubèn de Eguia y Mar Ulldemolins, en un momento de la representación.

Orgón es Àlex Casanovas, un actor que ha llegado a cotas muy altas (su inolvidable Mitch en el Tranvía de Mario Gas) pero que aquí me ha parecido un poco blando, con guiños cómplices de característico a la antigua. Casanovas da con acierto el lado juguetón y aniñado del padre, así como su aspecto comprensivo y tolerante, aunque diría que hay en el Orgón original un sustrato malicioso y frío, de entomólogo de los sentimientos, que, como apuntaba al principio, roza la crueldad (su negativa a interrumpir el juego podría anticipar el sadismo de La disputa) y que no acaba de aflorar en escena, o tal vez se desliza hacia Mario (Enric Cambray), cuya relación con su hermana Silvia deja entrever más de un claroscuro.

Lisette es Mar Ulldemolins, perfecta para el rol de soubrette. Tiene toda la picardía, toda la gracia y todos los matices del personaje, y parece nacida para llevar peluca Pompadour. El conflicto de Lisette al enamorarse del falso Dorante es doble: de clase (es un presunto señor y ella una sirvienta), pero también de afecto por Silvia, pues teme robarle a su prometido. Lisette lo va solventando con alegría y buen juicio, pero Ulldemolins tiene un tercer problema: lograr convencernos de que su personaje se siente atraído por el Arlequín/Dorante enojoso y pasado de vueltas que ofrece Rubén de Eguía, un actor habitualmente vivaz y firme.

Es cierto que los arlequines de Marivaux tienen a veces un lado turbio, grosero y depredador (habitualmente concentrado en Trivelin, que es, por así decirlo, la figura del arlequín adulto, ya cruzado con Scapin y Brighella), y parece claro que Flotats quiere rendir homenaje a la comedia del arte, pero creo que darle esa clave de farsa desaforada lo acerca demasiado a un demente, perdiendo humanidad e interés. Hay algo admirable en el Arlequín del texto, cuando al final le dice a Lisette: “Cambiar de nombre no te ha hecho cambiar de cara, y sabes muy bien que nos hemos prometido fidelidad pese a todas las faltas de ortografía”, y esa altura de espíritu casa mal con el trazo grueso de su dibujo anterior. Del mismo modo, tiene el montaje una melancolía final que me parece un poco impostada, y que Flotats siembra desde el principio con el ritornello (en versión solista, coral e instrumental) de Plaisird’amour, que evoca la brevedad de la pasión y la persistencia de la pena, como si intentara con ello una suerte de clausura shakespereana, cuando los amores de Silvia, Dorante, Lisette y Arlequín parecen más perdurables de lo que se quiere sugerir. Con las pegas apuntadas, del espectáculo brilla su vocación de claridad, tanto de tonos como de movimientos. A ratos hay caídas de tensión y de ritmo, pero el clasicismo del conjunto y el esforzado trabajo de sus tres protagonistas sigue acreditando a un gran hombre de teatro. Pienso también que es una pieza de cámara, como casi todo Marivaux, y quizás le hubiera convenido más la sala pequeña del Nacional, con una mayor cercanía del espectador.

El joc de l’amor i de l'atzar (El juego del amor y del azar). De Pierre Marivaux. Versión de Salvador Oliva. Director: Josep Maria Flotats. Intérpretes: Enric Cambray, Àlex Casanovas, Rubèn de Eguia, Guillem Gefaell, Vicky Luengo, Bernat Quintana y Mar Ulldemolins. Teatro Nacional de Cataluña. Barcelona. Hasta el 22 de junio.

Gestión anuncios
Gestión anuncios

Más de EL PAÍS

image beaconimage beaconimage beacon