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Foto de familia

EL PAÍS EL PAÍS 13/06/2014 Ángel López García-Molins

El pasado sábado se reunía en la Ciutat de les Arts de Valencia un grupo de exministros para presentar la Fundación España Constitucional. El simbolismo es evidente, pues el último gobierno de la II República tuvo su sede precisamente en nuestra ciudad, Los componentes del grupo, pertenecientes a los partidos mayoritarios que se han turnado en Moncloa, UCD, PSOE y PP, parecían una familia bien avenida, tanto que los medios se apresuraron a calificar el acontecimiento de oportuna reivindicación de unos valores que ahora mismo se están tambaleando: la monarquía, la constitución y la unidad de España. Lástima que la foto exhale el inconfundible olor de la melancolía. Era como un retrato en sepia donde se recrea un mundo que ya no volverá, el de la mantilla de la abuela y las partidas de tute en el casino del abuelo. Seguramente ese mundo de personas reunidas en Valencia, que ejercieron grandes responsabilidades de gobierno, pero para las que sigue habiendo vida fuera de la política, tampoco volverá (borren de la foto a Fabra y a Barberà, que solo estaban en su calidad de anfitriones: más que antiguos, son anticuados). Aquel era un mundo de gente valiosa y, a la vez, digna de confianza: imagínense una fotocomposición en la que los sustituyésemos por sus equivalentes actuales —Salgado por Montoro, Garmendia por Wert, Bono por Fernández Díaz— y tendrán la verdadera medida del desastre. No quiero hacer una lectura partidista: algunos ministros de Aznar también daban cien vueltas a sus homólogos del gobierno Zapatero. Ahora, ni en unos ni en otros se ve la luz al final del túnel: la gente pasa del PSOE, pero también del PP (antesdeayer el público burgués de ese mismo Palau de la foto abucheaba a la consellera Català). Tampoco le va mejor, contra lo que parece, a la tercera pata del banco institucional, a CiU, donde un gigante como Jordi Pujol ensombrece inevitablemente al mesiánico Artur Mas que ha llevado a su partido a un callejón sin salida.

Hemos ido progresivamente a peor porque nuestra política de fichajes fue alocada y prepotente. En vez de elegir a los más preparados, se optó por los que tenían fortunas personales que defender, estilo Rato, o por los que no habían hecho otra cosa en su vida que conspirar en las covachuelas sectarias, modelo cargo orgánico del partido o del sindicato. Pues sí, nuestros bolivarianos a la violeta tienen razón en esto (pero no en lo otro ni en lo de más allá): aunque les moleste, todos estos políticos instalados en el sistema forman una casta. Estamos exactamente igual que cuando Ortega escribía sobre el casticismo a las puertas de una república que, vistos los antecedentes, no pinta mejor que la que el filósofo vio morir después de haberla alumbrado. El mismo cainismo, la misma xenofobia, la misma corrupción. Y lo que es peor: la misma falta de alternativas. Así, la disolución de Podemos, que ya se ha iniciado, era la crónica de una muerte anunciada, pues difícilmente puede sobrevivir un movimiento cuyos líderes se han apresurado a apuntarse a soluciones antidemocráticas que esconden la vieja dialéctica clasista, solo que alineándose con los que dicen que los pobres les roban. Tampoco tengo claro que una república, cuyo presidente sería hoy día el que impusiese el partido mayoritario, o sea, José María Aznar, es lo que de verdad reclaman con alegre inconsciencia las manifestaciones multicolores que recorren España. Mal asunto: agárrense que vienen curvas.

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