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Francia 1938: 'Vincere o moriré'

El Mundo El Mundo 11/06/2014 PEDRO G. CUARTANGO

El 4 de junio de 1938, fecha del comienzo del Mundial de Francia, sonaban ya tambores de guerra en Europa. Alemania se había anexionado Austria, España se hallaba en plena Guerra Civil y Gran Bretaña había empezado su rearme para una confrontación que parecía inevitable. Un año después, Polonia sucumbiría al avance de las divisiones blindadas de Hitler.

Pero era el inicio del verano de 1938 cuando 15 países acudían a Francia para librar una contienda deportiva. Argentina y Uruguay volvieron a boicotear el campeonato y solamente Brasil y Cuba -que perdió todos sus partidos- viajaron en representación del continente americano. España, desangrada por su conflicto, no estuvo.

Una lástima porque todavía quedaban profesionales en activo de los que habían disputado el Mundial de Italia. Algunos de ellos como Luis Regueiro, Lángara y Martín Ventolrá habían emigrado a México para poder seguir jugando al fútbol.

El gran favorito de la competición era Austria, que llevaba invicta una gran racha de partidos y contaba con jugadores de una clase fabulosa como el delantero centro Sindelar, llamado El Hombre de Papel por su delgadez. El Wunderteam austriaco no pudo estar presente y sus mejores hombres fueron enrolados en el conjunto alemán, entrenado por Sepp Herberger. La fórmula no funcionó y Alemania fue apeada por la modesta Suiza.

© Proporcionado por elmundo.es

A las semifinales llegaron Italia, la campeona de 1934, contra el Brasil de Leónidas y el otro encuentro fue Suecia contra Hungría. Los húngaros golearon al «equipo de acero» en el estadio de Colombes. Fue una especie de entrenamiento para la final contra Italia, que derrotó 2-1 a Brasil tras un penalti marcado por Meazza, al que se le cayeron los calzones momentos después. Muchos años más tarde, el legendario San Siro de Milán fue rebautizado con su nombre.

Italia, entrenada por Vittorio Pozzo, acudió a la final como favorita y la ganó por 4-2 frente a Hungría. Sólo quedaban Meazza y Ferrari del equipo que había vencido en casa el anterior Mundial. Pero los azzurri habían mejorado en calidad individual y, sobre todo, en disciplina táctica ya que Pozzo era un gran estratega.

Los italianos, al igual que los alemanes, saludaron en todos los partidos con el brazo en alto, lo que en aquellos momentos no dejaba de ser una provocación al hostil público francés. Pero, a pesar del ambiente, revalidaron su título con solvencia y merecimiento.

Cuenta Alfredo Relaño que Mussolini envió a sus jugadores un telegrama en vísperas de la final con el mensaje: «vincere o morire». El portero húngaro Szabo comentaría después con humor que no le había importado encajar cuatro goles y perder ya que había contribuido a salvar la vida de sus rivales.

Los italianos volvieron a su país como héroes tras pasar unos días de vacaciones en París sin saber que no se volvería a jugar otro Mundial hasta 1950 en Brasil, 12 años después de su gesta. La guerra estaba a punto de estallar y el mundo iba a cambiar mucho.

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