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Freno a la privatización (total) de Aena

Logotipo de El Mundo El Mundo 27/09/2017 CÉSAR URRUTIA
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José Manuel Vargas es un gestor con mal encaje en una empresa pública. Es el tipo de ejecutivo que satisface a los accionistas poniendo a raya a clientes y proveedores. Y si con un 51% el Estado es un socio sin gran vocación de ganar dinero pero hipersensible a los costes de reputación, o cambia el socio o cambia el gestor. Lógicamente, ha cambiado el gestor.

Íñigo de la Serna agradeció ayer a Vargas los servicios prestados reconociéndole el mérito de haber transformado Aena. Renfe, Adif, Puertos del Estado, Ineco... Cada empresa pública ligada al transporte tiene sus propios problemas para ser rentable sin dejar de cumplir su objetivo político, que es vertebrar el territorio. Entre 2012 y 2016 Aena fue la empresa pública que más lejos llegó en este recorrido. En 2012 Vargas tomó los mandos de una Aena en la que la red era una réplica del AVE faraónico, con 50 aeropuertos abiertos 24 horas todos los días del año para dar servicio, en ocasiones, a menos de un pasajero al día y otros gigantes, como Barajas, amenazados con descender a segunda división por su dependencia de grandes aerolíneas.

Fiel a su filosofía, Vargas se centró en los intereses de su accionista pasando por encima de todo lo demás. Lanzó un ERE sobre 1.200 empleados; limitó la apertura de los aeropuertos deficitarios; subió las tasas a las aerolíneas, renegoció el uso comercial y publicitario de todo el espacio interior y exterior de los aeropuertos... Trabajadores, gobiernos autonómicos, aerolíneas... denunciaban que Aena se comportaba más como un gigante sin escrúpulos en busca de beneficios que como una sociedad pública con un fundamento social.

¿Qué es lo que debía ser? Vargas lo tenía muy claro: una empresa de mayoría privada con él de presidente. Y su opinión contaba porque cuando aún el resto de la economía apenas levantaba cabeza, Aena ya ganaba 600 millones de euros. Privatizó un 49% y hoy vale 24.000 millones de euros en Bolsa. Pero el recorrido se ha agotado. Los números le avalan pero su principal accionista, el Estado, dice basta. Esta última apuesta es la que han perdido Vargas y quienes esperaban la próxima gran privatización.

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