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Fuck the Poor

Notodo Notodo 12/04/2016 Irene Galicia

Hace unos cuantos años, en El Informe Lugano, esa biblia anticapitalista en la que Susan George imaginaba el terrorífico escenario ecológico, económico, laboral y social hacia el que abocaba el capitalismo del siglo XXI, se hablaba de ciudadanos de primera categoría y ciudadanos de segunda. Y no le faltaba razón; hoy en día nuestra sociedad ha llegado al paroxismo de la frialdad, distinguiendo de entre la población entre imprescindibles y superfluos. Pero, ¿con que criterio se decide quién es imprescindible y quién no? Muy sencillo: el que no consume no vale. Comprar nos da la oportunidad de vivir entre nuestros iguales mientras miles de personas son marginadas por la sociedad porque han quedado fuera de la órbita del consumo. Frente a esta tesitura el artista danés Erik Marc Trensig piensa que tenemos que volver a aprender a indignarnos.

Fuck the poor es un proyecto de arte de ámbito internacional creado para agitar conciencias, y dar visibilidad y voz a la gente que se encuentra en la calle. El proyecto usa la ironía, el sarcasmo y la provocación como herramientas para sacar a la gente de esa apatía general que nos vuelve totalmente pasivos ante la injusticia y para fomentar la colaboración entre iniciativas que contribuyan al menos a cambiar la forma en que percibimos la pobreza que nos rodea. Son precisamente esta percepción distorsionada y esa tendencia hacia la desidia las reflexiones que giran en torno a la muestra. ¿De dónde surge esta indolencia, este desinterés por el prójimo?


Desde siempre, la sociedad ha estado dividida en dos categorías de personas: blancos y negros, pobres y ricos, los que están gobernados por asesinos y los que votan a ladrones. Cada día escuchamos hablar de guerras, revueltas, refugiados, pobreza, corrupción… y pensamos que estamos ante una situación inadmisible. Después, al volver a esa rutina que tenemos la suerte de tener, olvidamos la miseria, recuperamos la inmunidad y perdemos la capacidad de indignarnos. La impavidez frente a hechos y actos que diariamente se cometen y que atropellan los derechos y espacios de los otros, nos hace cómplices y copartícipes de esa perversidad.

La pérdida de la conciencia crítica social surge de nuestro compromiso ineludible de hacernos cargo de todas las culpas del Estado, compromiso surgido a través del miedo. El miedo individual es la fusta de la sociedad capitalista, el arma para disciplinar y calmar a la población. La capacidad de indignarse o la sensibilidad que debemos tener las personas frente a la arbitrariedad y corrupción debería, por supuesto, fomentarse social y culturalmente. Por eso es casi un deber moral visitar una exposición cuyo objetivo es recordarnos a golpe de realidad y cinismo, que no tenemos que ser tan individualistas, ayudarnos a pensar como la comunidad que en realidad somos e incitarnos a vivir con fuerza esa sensibilidad que no tolera las trapacerías y embaucamientos que buscan el poder a cualquier precio.

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