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Georges De la Tour

Logotipo de Notodo Notodo 02/03/2016 Irene Galicia
Imagen principal del artículo "Georges De la Tour" © La Fábrica 2014 @ Imagen principal del artículo "Georges De la Tour"

“… los rojos de La Tour arden más allá del tiempo, como brasas… se convierten en una escena eterna.
Una masa oscura, una llama color limón, un rojo limpio, un bermellón intenso y mate, una grandeza triste”
Así describe, susurrando con voz queda, el escritor Pascal Quignard en su libro Georges de la Tour, el efecto producido por las obras del más famoso de los tenebristas franceses. Y no es para menos; de la Tour provoca un sobrecogimiento, es imposible no sentir una profunda emoción al contemplar sus escenas, uno se mete dentro del cuadro a observar la vida bajo la luz de sus velas. El uso de esta luz, producida por una vela, una antorcha u otra forma de luz artificial, aunque bajo la evidente influencia de Caravaggio, remite a un origen concreto, mientras que en las obras del italiano la luz provenía de un foco de origen impreciso.

Más que hacer retratos, prefería representar a la gente humilde, sobre todo figuras femeninas serias, contenidas, piadosas: mujeres curando heridos, jóvenes madres con niños, magdalenas. Trata temas religiosos con gran delicadeza, escenas de género y de devoción, todos ellos con el mismo estilo. Con ese personal estilo y una composición equilibrada, rigurosa, casi geométrica, pinta cuadros nocturnos en los que predominan las luces nocturnas como La iluminación, que proviene generalmente de una vela, ilumina con luz blanca o rojiza las figuras. El resto del cuadro queda en la oscuridad, prescindiendo de cualquier tipo de anécdota y sin que aparezcan paisajes o arquitecturas.

Esta muestra destaca por el número de obras expuestas dado que se conservan muy pocas y revindica esta figura como una de las más importantes del tenebrismo francés a través de sus dos etapas: los cuadros diurnos de la primera época en la que refleja su Lorena natal, tahúres y soldados y los nocturnos de la segunda, marcada por su regreso a Lunéville. Tumultos, la peste -epidemia que acabó con su vida y la de su mujer-, rapiñas de las milicias, forajidos y rebeliones fueron influencias directas de su pintura, marcada por una evidente melancolía. En sus noches, bajo la luz del fuego, todo se reduce a un diálogo entre los pardos y el bermellón y los volúmenes quedan reducidos a planos simples que sirven de escenario a unos introspectivos personajes siempre absortos y reflexivos.

Según Quignard, el acontecimiento que llevó a Georges de La Tour a especializarse en noches parece haber coincidido con el incendio de Lunéville y en sus alrededores la Guerra de los Treinta Años: la Lorena asolada por las tropas francesas, los castillos en llamas, las iglesias ultrajadas, los conventos saqueados, los cuadros quemados. Y lo cierto es que de la noche hizo su reino representando una noche interior: una casa humilde y cerrada donde hay un cuerpo humano iluminado parcialmente por una pequeña fuente de luz. Dentro de su paleta prácticamente monocroma en la que usa rojo y negro en las escenas nocturnas, blanco y morado en las diurnas, surgen algunos colores vivos, vigorosos: efectivamente esos naranjas y rojos de La Tour arden más allá del tiempo, como brasas, consumiéndose bajo la silenciosa luz de una vela.

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