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Grosería nacional

EL PAÍS EL PAÍS 15/06/2014 Elvira Lindo

A las puertas del verano, con un pie ya en el estribo, a punto de regresar a la madre patria un año más, me debato entre aquello que siempre recomiendo como deseable a los extranjeros y que, sin duda, es un catálogo de maravillas que me son familiares y me hacen desear la vuelta a casa, y la inquietud que me produce este panorama negro que desde hace tiempo ha convertido la opinión en agresiva, avinagrando las caras y mermando nuestro (¿proverbial?) sentido del humor. Mal rollo. Se respira mal rollo, que viene a ser, por definición, ese ambiente en el que es fácil enfrascarse con un amigo en una discusión política que en otros tiempos se hubiera saldado con una caña más y ahora se zanja con una despedida agria. Llevamos muchos años de crispación. Casi podría cifrarlos si rebusco entre las columnas que he escrito aquí mismo. Ya hace 10 años, aunque no nos acordemos, el tono empleado en los debates o en la prensa era insoportable. Porque a la hora de verbalizar el desprecio, el encono, o de tomar como humor aquello que no es más que grosería, los españoles somos maestros. Mal rollo. Lo hay. ¿Y qué hace una españolilla (mientras no se demuestre lo contrario es lo que soy) si por tozudez de carácter, no de manera voluntaria, está condenada a anteponer la empatía, la compasión o la piedad a los sagrados ideales políticos?

A cuenta de la Constitución de 1978, a cuenta del debate monarquía o república, a cuenta de la abdicación del Rey, de la próxima coronación, de la desintegración imparable (y creo que no deseable) del PSOE, a cuenta de los derechos a decidir, de la necesidad inaplazable de ser independiente de los vecinos, a cuenta del modelo de Estado, de la reforma de la Constitución, a cuenta de la denostada Transición, del Muy Deficiente con que algunos puntúan esa época, a cuenta de la caspa o de la casta, de la clasificación implacable con la que unos y otros colocan a los individuos en una casilla, a cuenta de lo que para cada uno significa exactamente ser súbdito, a cuenta de las excesivas lealtades partidistas o de lo que cada cual entiende por república, por pueblo, por derecho o deber, por democracia, a cuenta de todo eso a lo que no niego su importancia, pero que inevitablemente conduce las conversaciones al terreno de la abstracción y a menudo las trufa de irracionalidad y fantasía, a cuenta de todo esto, digo, estamos a punto de llegar a las manos. No como país, o espero que no, pero sí en las relaciones con nuestros pares, con personas que por naturaleza deberían estar cerca de nosotros, pero que con asuntos como éstos nos empujan o las empujamos a enredarnos en discusiones agrias que contienen una rabia que nadie sabe por qué se produce.

Uno siempre culpa
al otro de la bronca.
Por lo que veo, de la bronca española todo el mundo es inocente

Leo estos días Hotel Florida: Truth, Love and Death in the Spanish Civil War, de Amanda Vaill, que relata los amores de Capa y Taro, Hemingway y Gellhorn, Barea y Kulcsar, teniendo como centro aquel Hotel Florida de la plaza de Callao, todo un lugar de operaciones, relaciones, romances y conspiraciones. Apasionante. En las primeras páginas del ensayo se cuentan los precedentes de la llegada a la España en guerra de algunos de estos personajes: cómo, por ejemplo, la periodista americana Martha Gellhorn, novia de Hemingway, recaló en nuestro país después de contemplar, desolada, el asombroso cambio experimentado en el París que ella había conocido, el de entreguerras, transformada la ciudad en muy poco tiempo en un lugar de gentes brutales, que elevaban el nivel de agresividad, racismo, xenofobia y fanatismo ideológico hasta hacerle la vida imposible a cualquier persona débil o pacífica. Lejos de mí la intención de comparar épocas, es un vicio al que no estoy abonada, pero es cierto que mientras lo leía pensaba en lo fácil que es perder el tono de cordialidad entre los tuyos cuando el ambiente se torna desagradable, y cómo esa cordialidad perdida se convierte en enfrentamiento con aquellos que son ajenos, y de qué manera la falta de consideración hacia el adversario se va agrandando, colectivizando, generando un aire irrespirable en el que las personas menos preparadas para la gresca dialéctica se retraen y deciden dedicarse a los pequeños asuntos de la vida, que les sirven de guía y consuelo.

Por sistema, uno siempre culpa al otro de la bronca. Por lo que veo, de la bronca española todo el mundo es inocente, nadie echa leña al fuego, nadie anima a darle caña al mono, nadie es agresivo. ¡Qué va! Es nuestra forma de entender el diálogo, nuestro sentido del humor. Algo que les da un poco de susto a los latinoamericanos porque no entienden que una de nuestras señas culturales es la chulería.

Sinceramente, eso es lo que me preocupa. Veo mucha risa colectiva de cosas que no tienen gracia, veo crueldad gratuita que no aporta nada a un país que vive una situación más difícil de lo que queremos creer, porque si nos diéramos cuenta, si de verdad quisiéramos contribuir a bajarnos de estas altas cimas de la mierda a las que hemos llegado, nos tomaríamos un poco más en serio nuestro compromiso con, al menos, no empeorar las cosas. Porque nuestra grosería no les da trabajo a los parados, no protege a los débiles, ni a los niños ni a los viejos, y en otro orden de cosas, no sirve ni para defender la república. 

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