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Hamlet

Notodo Notodo 02/03/2016 Miguel Gabaldón
Imagen principal del artículo "Hamlet" © La Fábrica 2014 @ Imagen principal del artículo "Hamlet"

"Me muero... Me muero... Estoy muerto. Vosotros que miráis temblorosos y pálidos, mudos espectadores de esta escena, si tuviera tiempo os podría contar..."
Así comienza el esperadísimo Hamlet de Miguel del Arco. No hay escena a la espera de la visita de una fantasma sino escena a la espera de la muerte misma. Y es que del Arco ha tranformado a Hamlet en una pesadilla existencialista presidida por un lecho que bien puede contener amor o traición entre sus sábanas. El proyecto de Kamikaze con la Compañía Nacional de Teatro Clásico se acaba de estrenar en el Teatro de la Comedia con las entradas agotadas para todas las funciones. Proeza con los tiempos que corren. Y es que Miguel del Arco provoca expectación. Y con un título de estas características más todavía.

El comienzo promete. Hamlet en pleno estado de locura reflexiva y angustia vital. A Hamlet se le entiende. A Hamlet se le compadece. Posteriormente se suceden escenas de ensueño mezcladas en un curioso ejercicio, una cama con Ofelia, el Príncipe de Dinamarca y los diferentes personajes que aparecen y desaparecen intentando separarles mientras la pareja se encuentra semidesnuda y feliz en su delirio amoroso. Posteriormente, la cama será testgo de una escena en la que Gertrudis y el traidor se encuentran también retozando y dicendo sus textos.La cama es el único elemento escenográfico presente de continuo durante el montaje junto a unos cortinajes vaporosos que los actores desplazan creando los diferentes espacios y sobre las que se sobreponen abundantes proyecciones. Un espacio mental infinito, como dice del Arco, que además ha reorganizado escenas y actualizado el texto shakespeariano. Todo para crear un Hamlet más cercano, actual y pesadillesco. Para introducirnos en la cabeza del Príncipe de Dinamarca. Lo que sucede es que el espectáculo tal vez se queda un poco a medias tras ese prometedor comienzo. Convirtiéndose, finalmente, en otra escenificación más de Hamlet. Sólida, perfectamente interpretada, pero no en exceso original (y tal vez con una sobreabundancia de proyecciones y correr y descorrer de cortinas).

Del Arco seguramente debe estar hasta los mismísimos de este hype alrededor de su figura. Porque es difícil mantener un nivel excelso en todo. Pues uno se queda con las ganas de una propuesta más arriesgada o de que llegue a apasionar. Qué se le va a hacer. Es una putada, hablando en plata, pero es así. Y sobre todo con Hamlet, que se ha visto una y mil veces, por un lado y por el otro, boca arriba y boca abajo (literalmente, recordemos el de Pandur), realista y surrealista (con sueños también incluidos, como aquél Hamlet dreams de Andrei Zholdak que se pudo ver hace 10 años en el Español). El caso es que si uno no se desmarca, es difícil aguantar tres horas de algo que ya se conoce de sobra. Y en este caso, es un poco lo que sucede con este Hamlet, que puede resultar algo frío y oscuro. Aunque contenga, por supuesto, múltiples destellos de brillantez que hacen que la experiencia siga mereciendo la pena.

La labor de los actores, por ejemplo, es una maravilla. En especial a resaltar ese monstruo escénico que es Israel Elejalde, que nos regala un espléndido príncipe de Dinamarca de mil y un matices. Y una Ofelia interpretada por Ángela Cremonte quien transforma un personaje peligroso (puede caer en la cursilería en un abrir y cerrar de ojos) en un ser fascinante y cercano, que se come todas las escenas en las que aparece, llenando su personaje de una verdad y fragilidad que duelen: sus monólogos son pura poesía, instantes oníricos en los que la conjunción de todos los elementos hacen que se el tiempo se mantenga en suspensión. Porque también hay que decir que este Hamlet contiene momentos mágicos, hipnóticos y fascinantes que te transportan a un mundo onírico. Además de una acertada adaptación que hace absolutamente inteligible y de hoy en día el texto de Shakespeare y una escena final impresionante con un duelo de esgrima de los que hacen historia. De que éste es un Hamlet muy sólido, no hay duda. Pero que sea uno para recordar, es otra cosa. Ser o no ser, hacer o no hacer otro Hamlet. Ésa es la cuestión.

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