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Hay locos que se creen Napoleón

Logotipo de El Mundo El Mundo 02/10/2017 RAFA LATORRE

Estos días Cataluña está infestada de símbolos y de resonancias históricas, que es una forma que tiene la política de degenerar cuando renuncia a dirigirse a la razón para apelar al sentimiento. El Gobierno de Carles Puigdemont quiso que Cataluña alcanzara su punto de ebullición patriótica en octubre. La tentación simbólica era poderosa. En octubre de 1934 Lluís Companys traicionó a la República y proclamó el Estado catalán; y en octubre de 1940 fue fusilado después de un consejo militar franquista. La forja de símbolos es una tarea bastante sencilla. Sólo hace falta un poco de voluntad y algo de desvergüenza, y de ambas hay de sobra en la factoría discursiva del nacionalismo.

Hay locos que se creen Napoleón y los hay con delirios más modestos. Puigdemont se parece tanto a Companys como la España de hoy se parece a aquella de la que Cataluña se separó durante horas. La Historia jamás se repite, ni como farsa ni como tragedia, aunque puedan existir algunas semejanzas.

Hoy como ayer, burgueses y agitadores se confunden en la extravagante bacanal del bloque secesionista, que -hoy como ayer- divide sus esfuerzos entre la lucha anarcosindicalista y la patriótica. Hoy como ayer, una parte de la izquierda transige con las aspiraciones de los sediciosos por puro odio a las derechas, la CEDA de ayer y el PP de hoy. Hoy como ayer los nacionalistas traicionan el pacto constitucional al que se habían sumado a cambio de que se le concediera a Cataluña un autogobierno reconocido en un estatuto de autonomía. Y hoy como ayer la coartada del nacionalismo para atizar el fuego de la discordia es un recurso de inconstitucionalidad contra una de sus leyes.

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A todos estos ecos de la Historia se le pueden oponer mil matices porque los paralelismos históricos siempre son tramposos. Pero se puede extraer alguna lección. Si en algo se parecen los actuales promotores de la secesión a Companys es en su capacidad para convertir un conflicto de competencias en una afrenta histórica de una gravedad tal que obliga a la separación. En 1934, el agravio fue la declaración de inconstitucionalidad por parte del Tribunal de Garantías de la Ley de Contratos de Cultivo. Sólo cuatro días después de que se dictase la sentencia de anulación, el Parlamento catalán desafiaba a la República con la aprobación de una nueva ley exactamente igual que la anterior en una sesión cargada de violencia y de intimidaciones a la oposición. Le sucedieron meses de tensión y, tras una huelga revolucionaria, el 6 de octubre Companys proclamó desde el balcón de la Generalitat «el Estado catalán de la República Federal Española». El golpe de Estado fue sofocado en tan sólo 10 horas por el general Domingo Batet al mando de unos centenares de hombres. Companys se sorprendió de que la muchedumbre que festejó la independencia con tanto entusiasmo se esfumara en cuanto llegó el momento de defenderla.

Puigdemont ya tiene la tensión y la huelga. Sólo falta por saber si también tiene el coraje -o la inconsciencia- para enfrentarse a una condena por rebelión. Con la muchedumbre mejor que no cuente. Cuando el presidente de la Generalitat consiguió entrar en el centro de votación que, en la lógica teatral de este referéndum, le correspondía hizo una declaración muy reveladora ante los medios. Desplazó el foco. El argumentario ya no empleaba la fingida retórica electoral. Es difícil mantener la farsa cuando es el propio presidente el que tiene que cambiar de colegio electoral sobre la marcha. No habló de resultados o de participación sino de la represión violenta del Estado. El procés no termina aquí, sólo entra en una nueva fase y todo indica que, tras la huelga, Puigdemont jugará exactamente la misma carta que jugó Companys en 1934: el Govern ya no puede contener el ímpetu revolucionario del pueblo catalán y se impone una solución, es decir, una declaración unilateral de independencia.

Hay otra semejanza entre Puigdemont y el mártir del nacionalismo catalán. Un hilo histórico que une ambas épocas, tan lejanas. En marzo de 1936, Manuel Chaves Nogales viajó a Barcelona, recién restablecida la Generalitat e indultado Lluís Companys. El periodista sevillano, como tantos otros por entonces, lo consideraba un político insignificante. La figura de Companys fue exageradamente reivindicada por Vázquez Montalbán a principios de los 80 y definitivamente engrandecida por el martirologio nacionalista. Pero mientras vivió, muchos veían en él a un puigdemont, un presidente circunstancial y abrumado. Al terminar una de tantas manifestaciones desbordantes, Chaves Nogales anotó la opinión de un barcelonés: «A nuestro pueblo le entusiasman esas grandes paradas de la ciudadanía. Pero acaso entre una y otra, aunque sólo mediasen tres o cuatro meses, alguien tendría que preocuparse de rellenar el tiempo con una tarea que quizás no sea del todo superflua: la de gobernar, la de administrar, la de hacer por el pueblo algo más que ofrecerle ocasión y pretexto para estos deslumbrantes espectáculos».

La opinión del propio Chaves Nogales la recoge Xavier Pericay en Cuatro historias de la República. «Reconozcamos que Cataluña tiene esa virtud imponderable: la de convertir a sus revolucionarios en puros símbolos, ya que no puede hacer de ellos perfectos estadistas». Hoy como ayer.

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