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Haz crecer tu vida sonora

EL PAÍS EL PAÍS 13/06/2014 Jacinto Antón

Acabó la primavera del son y ya tenemos aquí el verano del sonido. Sónar arrancaba ayer a mediodía aunque tuvo un preludio apocalíptico con la difícil llegada a Barcelona desde el aeropuerto la noche antes de muchos seguidores (y casualmente empotrado -literalmente- con ellos este cronista) a causa de la huelga de taxis y la j... escasez de alternativas. No importó. Un joven ruso descalzo ya se marcaba de madrugada unos pasos en plaza de Espanya, recién descendido de un dantescamente abarrotado bus nocturno en el que, extrapolando las estadísticas que afirman que el 22 % de los turistas estos días vinen por el Sónar , uno de cada cuatro pasajeros era cliente del festival (y cuatro de cada cuatro no sabían cómo llegarían a donde iban).

Ayer a mediodía no había rastro del ruso —a lo mejor está en el túnel del terror digital del SonarPlanta, tan oscuro— pero su entusiasmo lo compartía un montón de gente de lo más variado. Todos aún muy enteros, aunque más adelante algunos se metamorfosearán en esa cosa del cartel pergeñada por Sergio Caballero que sugiere una mezcla de criatura lovecraftiana con el amasijo de pelos que sacas del desague de la ducha cuando se atasca.

El calor apretó de lo lindo, la gente se vistió en consecuencia y junto a tirantes, shorts y bañadores y otras indumentarias sugerentes —especialmente en dos jóvenes escandinavas seguidoras de Hjalmtysdottir y Hlooversson, que no son los hijos de Ragnar Calzas Peludas, sino músicos islandeses—, pudo verse tocados tan curiosos como un sombrero cordobés y otro de charro mexicano. En el Sónar Village junto al monolito negro que luego volvería incandescente Richie Hawtin, un tipo multitatuado evolucionaba como un homínido con la música de Mo y su batería medio en cueros para acabar lanzando al aire su vaso de cerveza, que no fue a convertirse en astronave (o dron) sino que cayó entero sobre el escote de su vecina cubriendo de líquido ambarino el llamativo collar dorado del pase que suministra la patrocinadora Bershka.

Los tres directores del festival comían en el bar del área de invitados con la mirada intensa y reconcentrada del capitán Miller de Tom Hanks llegando a la playa Omaha. Sergio Caballero, no obstante, llevaba el plato abarrotado y recomendaba el cebiche. No creen que se bata el récord de los 121.000 espectadores del año pasado, pero las expectativas son muy buenas. “Seguimos explorándonos y reinventándonos, y eso es lo importante”, decían Ricard Robles y Enric Palau. Se trata, recalcan, de estimular al público y animarle a descubrir propuestas nuevas, replanteando de paso el concepto de directo.

Sónar no puede permanecer ajeno a sucesos como los del vecino  Can Vives, según los organizadores

Opinan que las ofertas del Primavera Sound y el Sónar se complementan y se apoyan mutuamente. “Cuando ellos tienen un buen año, nosotros también”. La crisis es la crisis, reconocen, y habrá quien tenga que escoger lo uno u lo otro (o ninguno) pero “la realidad es que ambos crecemos en público”. ¿Es el del Sónar más lúdico o especializado? “Hay de todo, en una amplia gama”, responde Robles sin que se sepa si ha visto al homínido del concierto de Mo . “En el Sónar hay más de dos festivales, sucede algo muy especial entre estas cuatro paredes, coexisten desde el experto que quiere saber lo último que pasa en música hasta el que tiene cuatro discos pero quiere intoxicarse de experiencias insólitas. Mucha gente viene a divertirse en un contexto de riesgo y novedad. Hay muchos estímulos distintos para venir al Sónar. Eso nos hace únicos, como tener el público más curioso del mundo y que haya el mismo espíritu a las cinco de la tarde y a las cuatro de la madrugada”.

Les pregunto personalmente interesado —y porque he visto a una célebre editora acompañada de su hijo barbudo— cuándo se hace uno demasiado mayor para ir al Sónar. “Eso es un sentimiento individual más que generacional. Son decisiones íntimas. Hay mucha gente para la que, pese a su edad, Sónar sigue siendo año tras año una cita ineludible o si quieres un ritual”.

Cuando aquí al lado en Sants aún humea la Batalla de Can Vies, ¿no parece Sónar tan alejado de la realidad de la ciudad como un Edén techno o la feria de atracciones de Pinocho? “No se puede negar que el noruego que viene aquí a bailar vive en otro mundo, pero Sónar está ligado esencialmente a la reflexión, con la cultura como un activo”, apunta Robles. “El festival, que es un ágora, no puede vivir ajeno a la ciudad, ni a su malestar", añade”. Señala que una forma de implicarse de Sónar es volver a poner en valor su impacto cultural para influir más. “El vínculo tecnología+creatividad que es nuestro sello principal y el terreno en que jugamos fuerte no deja de estar heredando la inquietud para innovar del tejido cívico histórico barcelonés; ese es un camino para crear sinergias que enriquezcan a la ciudad y colaboren en su desarrollo”.

¿Es obligatorio ir al Sónar para ser moderno?, inquiero. “Obligatorio no hay nada”, sonríe ligeramente Robles. “Recomendable, estimulante, necesario, puede. Aunque tu banda sonora esté en otro lado es muy interesante experimentar aquí. Siempre puedes hacerla crecer".

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