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Hinchar un perro

Logotipo de El Mundo El Mundo 30/09/2017 LORENZO SILVA

La anécdota es bien conocida, al menos para aquellos que conservan el hábito de leer libros y lo han ejercitado con el más sustancioso de los escritos en castellano. La cuenta Cervantes en el prólogo a la segunda parte del Quijote, atribuyéndola a un loco que había en Sevilla, y que tuvo la ocurrencia de aplicarle a cuanto perro sorprendía desprevenido un canuto «en la parte en que soplándole, le ponía redondo como una pelota». Cuando lo tenía de esa manera, le daba dos palmaditas en la barriga y lo soltaba, diciendo a quienes le observaban: «¿Pensarán vuesas mercedes ahora que es poco trabajo hinchar un perro?»

© Proporcionado por elmundo.es

Crear un Estado, con todo lo que conlleva, desde el pacto entre quienes han de habitarlo (preferiblemente sin aborrecerse ni arrojarse a diario los trastos a la cabeza) hasta las reglas que ordenan en todos los aspectos la convivencia y las instituciones necesarias para hacerlas medianamente efectivas y aceptables, es una tarea para no tomarla a la ligera. Cuando se somete a escrutinio algún Estado de los que ya existen, resulta fácil subrayar sus defectos, señalar sus carencias y, a nada que quien lo enjuicia ande provisto de autoestima, creerse capaz de hacerlo mucho mejor que los que perpetraron la obra en cuestión.

La realidad, en cambio, es bien diferente. Para eso está la Historia, que nos atestigua las dificultades, ímprobas e incluso sangrientas, que comportaron el surgimiento y la consolidación de los no demasiados Estados soberanos (y reconocidos por el resto) que en el mundo son. Apenas un par de centenares, en un planeta en el que a esta fecha viven varios miles de millones de seres humanos que se comunican en varios miles de lenguas. En muchos casos, que el Estado haya llegado a existir es fruto del esfuerzo sostenido de muchas generaciones, con el impulso y la inspiración de una gavilla de hombres y mujeres rigurosamente excepcionales, que supieron elaborar, defender y cuajar una idea cuyo arraigo las circunstancias no suelen favorecer.

No, no es poco trabajo hinchar un perro, pero hay quien al ver uno, mirando por encima del hombro a quien lo hizo, se cree capaz de hacer otro sin despeinarse, incluso sin tener dotes para ello y sin tomarse la molestia de buscarse el canuto adecuado al objetivo que se está echando a la espalda. En estos días vemos empeñado en una proeza semejante a un abigarrado grupo de presuntos líderes, de aptitudes y liderazgo confusos y dudosos: en la televisión sale uno todo el tiempo como si fuera el primus inter pares, pero a las reuniones espinosas acude otro al que no le dejaron ocupar esa oficina, luego hay otros dos que mueven las masas, otras dos que las agitan y enardecen, y aun un sexto que se ocupa de la fontanería crucial del movimiento.

Todos ellos juntos, y cada uno desde su apostadero, aspiran a hinchar el perro de un nuevo Estado de Europa por el camino más corto, a través de un pretendido referéndum, impracticable e increíble, en el que cada día que pasa serán necesarios menos participantes, en persona o por incomprobable comparecencia electrónica. Junten lo que junten, dada la excepcionalidad de su sagrado e irrenunciable proyecto, procederán y, alehop, mostrarán al mundo el perro felizmente convertido en globo.

Para la ratificación de su alarde parecen contar, sobre todo, con que haya en las calles muchedumbres incontrolables, que a voces o con pancartas o con lo que sea lancen la buena nueva. Y con que la principal fuerza que se les opone, ese Estado que ya existe y que tiene como deber amparar a todos los que en su misma tierra no piensan como ellos, ni se sienten convocados ni respetados por su forma de proceder, cometa en la respuesta el error que les permita exponerlo como ejemplo de tiranía.

Es un envite endiablado, porque no es poco trabajo hinchar un perro, pero cualquiera puede, si se pone, sacarle el aire.

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