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Iceberg Slim

Notodo Notodo 05/09/2016 Alan Queipo
Imagen principal del artículo "Iceberg Slim" © La Fábrica 2014 @ Imagen principal del artículo "Iceberg Slim"

“La descripción de mi brutalidad y mi ingenio como chulo provocará en muchos repugnancia; no obstante, si una sola persona inteligente y valiosa, hombre o mujer, puede salvarse de este fango destructivo, el descontento que haya podido generar se habrá visto superado por este uso individual y socialmente constructivo del potencial humano”

¿Un chuloputas arrepentido o un visionario de la ficción biográfica? ¿Puede un biopic sobre tus infiernos ser también un thriller con moraleja? Robert Lee Maupin (su nombre real), Iceberg Slim, Young Blood, Slim Lancaster, Pimp o El Flaco (sus álter egos en sus años de proxeneta) o Robert Beck (una de sus últimas mutaciones, ya quitado del mundo de la prostitución y el mercadeo de blancas) es la misma persona, y allá por 1961 ya había vivido suficiente.

Regresado al mundo real, sin fuerzas para competir con los jóvenes y despiadados proxenetas de la época, su retiro espiritual a Los Ángeles lo encontró casándose y escribiendo unas memorias en 1967 que fueron el manual de los guetos de la época: un libro que nació como un manual de redención, unas memorias exorcizadoras, una enorme señal marcada a fuego para quitar el glamour al universo violento de los bajos fondos; acabó transformándose en el manual definitivo, la guía para la vida en los guetos negros, un modelo de conducta negativa que, lejos de disuadir, acercó a muchos jóvenes a aquella mala vida.


Y es que Pimp: Memorias de un chulo repasa al dedillo, entre el hiperrealismo fantástico, el realismo documental y la filosofía de una (auto)condenable vida, un pasadizo tanto a la “experiencia negra” de la época como a la primera persona de una figura singular: la de un chulo reconvertido en icono en un momento delicado de los Estados Unidos, con las comunidades negras avanzando en derechos pero también en rebeldía y lucha, que narra las vicisitudes, sus pequeñas victorias y sus grandes fracasos, a los largo de quince años de militancia en una de las áreas más condenables de los trabajos ilegales: el proxenetismo y la explotación de las mujeres a través de la prostitución.

Algo que se funde y se confunde, y que consiguieron erigir a Iceberg Slim en referente de símbolos artísticos como Ice-T o Ice Cube (ambos cogen su nombre de él) o Snoop Dogg (que dijo haber sido chulo para “parecerse más” al propio Slim), a la vez que hay quien coloca la figura de Beck junto a la de iconos afroamericanos contraculturales de la época como Gil Scott-Heron, Ralph Ellison o Angela Davis.

Y es que en estas confesiones, a medio camino entre la misoginia más cruda y la lucha de clases, se retrata, sobre todas las cosas, la cruenta vida de un chico sin posibilidades en los guetos negros de la Chicago de la década de los ’50. ¿Que el telón de fondo está repleto de florituras falocéntricas y heteronormativas, chorreando chulería, contradicciones inexplicables y ego a mansalva? Sí. ¿Que a su vez este libro posee un poderoso ritmo para conseguir colarnos por la vía más rápida en la marginalidad de la Norteamérica más racista? También. ¿Que la mejor manera para describir el agujero en el que uno vivió es a través de la honestidad más brutal? Iceberg Slim lo quiso así, y ve tú a decirle algo.

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