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Indiferencia

EL PAÍS EL PAÍS 26/05/2014 Enrique Gil Calvo

Por primera vez desde que se restauró la democracia, he declinado acudir a votar. Así me he sumado a la mayoría del censo que ha optado por abstenerse, superando con creces a quienes decidieron apoyar alguna candidatura pese a creer que no lo merecían, a juzgar por los barómetros del CIS que revelan una abrumadora desafección política. Por supuesto, el agregado abstencionista es muy heterogéneo, pudiendo distinguirse diversas categorías como la abstención apolítica, que no se siente concernida por los comicios; la acomodaticia, que no se acerca a las urnas porque el coste de hacerlo no compensa su ínfima contribución al resultado final; o la indignada, que se niega a votar para no sentirse cómplice de una clase política tan vergonzosa como corrupta. Pero en realidad mi no-voto se aproxima más bien a la abstención indiferente: aquella que rehúsa participar en una elección ficticia cuyas alternativas son incapaces de alterar la realidad.

Cualquiera que fuese la candidatura vencedora, nada podía cambiar en Europa ni en España. De ahí mi indiferencia respecto a uno u otro competidor cuya victoria resultaría necesariamente pírrica. Respecto a la Unión, es verdad que simpatizo con la socialdemocracia, pero sé que siempre se plegará a las directrices de Fráncfort favoreciendo los intereses de la élite financiera internacional. Por eso importa poco quién sea el nuevo presidente de la Comisión, pues las decisiones últimas las seguirán tomando la cancillería alemana y el BCE dirigido desde el Bundesbank. Votarles como mal menor, aceptando con credulidad el cuento del pastorcito y el lobo ultranacionalista, me parece una ingenuidad. Y una victoria de Syriza tampoco fortalecería al Parlamento europeo, que sería puesto en seguida en cuarentena.

En cuanto a España, mi indiferencia entre ambos miembros del duopolio es total, pues cualquiera que hubiera ganado, nada cambiaría por eso. Es verdad que en público se despellejan con rencor en un agrio ajuste de cuentas, pero en privado no dudan en entenderse. Como hicieron en agosto de 2011, cuando pactaron la modificación exprés de la Constitución para introducir la regla de oro del ajuste fiscal que nos impuso el directorio europeo. O como harán respecto a la Corona y a Cataluña en cuanto se les presente la oportunidad.

Y es verdad también que no son ideológicamente equiparables, pues en cuestiones de género, de salud o educación la distancia entre ellos resulta abismal. Pero ambos son responsables al alimón de imponer un brutal austericidio sobre las clases populares, y ambos se comportan con la misma opacidad culpable encubriendo sus flagrantes corruptelas. Lo cual podría haberme aconsejado votar alguna candidatura alternativa, pero el remedio sería peor que la enfermedad, pues si el bipartidismo retrocediese se impondría con certeza la gran coalición. De ahí la indiferencia entre la forma tácita o expresa del pacto a dos que nos gobierna en beneficio de las élites institucionales.

En fin, la última razón para ir a votar hubiera sido por puro civismo. Pero ¿por qué habríamos de cumplir nuestro deber cívico cuando nuestros representantes lo incumplen a nuestra costa con tanta impunidad? Es verdad que la caridad cristiana exige poner la otra mejilla, pero la paciencia y la dignidad políticas también tienen límites.

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