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Inteligencia de broma: el programa español que 'aprobó' el test de Turing en los ochenta

El Confidencial El Confidencial 08/07/2016 Jaume Esteve

Sucedió en 2014. Un ordenador superaba por primera vez el test de Turing, esa prueba diseñada para dirimir si una inteligencia artificial es capaz de engañar a un ser humano. En España esa prueba se supero con años de antelación. Incluso décadas. Lo hizo un estudio de videojuegos, llamado Opera Soft, a mediados de los ochenta. Pero todo resultó ser una farsa. Una broma del equipo de programadores que se les fue de la mano y que tuvieron que atajar a tiempo.

El test de Turing, la prueba encargada de medir si un programa informático es capaz de engañar a un ser humano, ha sido motivo de debate a lo largo de décadas. Esta semana ha vuelto a estar de actualidad debido a un estudio que señala que el silencio puede ser un elemento adicional a la hora de aprobar ese test. Los intentos por lograr una inteligencia creíble han sido numerosos durante años, pero hubo una versión española, no muy conocida, que lo aprobó sin despeinarse. Y sucedió en Madrid.

Opera Soft fue un estudio que siempre destacó por un gran conocimiento del 'hardware' para el que programaban: Amstrad, Spectrum, Commodore, MSX... Hasta el Amstrad PCW, un ordenador pensado para productividad laboral, se convirtió en una máquina de juegos gracias al estudio.

Había llovido algo desde que en los años sesenta apareciera Eliza, un programa pensado para engañar al usuario. Diseñado por Joseph Weizenbaum entre 1964 y 1966, aquel programa trataba de engañar a cualquiera que se relacionara con él con el uso de un lenguaje natural. 'Natural', para lo que la informática podía dar de sí en aquellos años.

La plantilla de Opera Soft, en el chalet donde llevaron a cabo la broma del ordenador inteligente. © Proporcionado por El Confidencial La plantilla de Opera Soft, en el chalet donde llevaron a cabo la broma del ordenador inteligente.

En Opera Soft, siempre con el gusanillo de llevar las bondades de la informática un paso más allá, se les ocurrió una idea: crear una Eliza española. Pero la versión de Opera no dejaba de ser una broma: cuando un usuario trataba de entablar una conversación con aquella inteligencia artificial no lo hacía con un programa creado por ceros y unos sino que estaba hablando con uno de los empleados, que se sentaba en una habitación contigua.

"Conocíamos Eliza, así que montamos un terminal en una habitación separada para que la gente no lo supiera y simulara una conversación con la máquina", relata José Antonio Morales, uno de los miembros fundadores de la extinta Opera Soft. "Nos inventamos un programa que era Eliza 2 y, claro, para simular que era algo muy importante hicimos ver que aquel programa ocupaba diez disquetes de 5¼. Un juego en aquella epoca no ocupaba más de uno de esos discos".

El secreto se mantuvo entre el núcleo duro del estudio, que utilizó de cobayas a otros empleados, como los grafistas. "Todo comenzó como una broma. Redireccionábamos un ordenador para que se pudiera interactuar con otro. Era una época en la que no era habitual que dos ordenadores estuvieran conectados y era muy difícil imaginar que una persona pudiera estar detrás de esa pantalla, a pocos metros de distancia", relata Morales.

La gracia de aquel Eliza patrio era el alto nivel de sofisticación que había desarrollado. Era capaz de sonsacar información a sus usuarios y también de empatizar con ellos. "Comenzaron a venir amigos de amigos. Y cuando algún trabajador pedía permiso para traer a alguien, le tirábamos de la lengua: ¿a qué se dedica la persona que va a venir?" Una de esas personas que se sentaron frente a una 'inteligencia artificial' en las oficinas de Opera era un cartero que se quedó atónito cuando la máquina adivinó su profesión: "Le decías que lo habías adivinado por la manera en que se expresaba. La gente flipaba, se oían gritos en la habitación de al lado".

Aspecto del programa Eliza. © Proporcionado por El Confidencial Aspecto del programa Eliza.

El único límite que aquella versión de Eliza tenía era el propio ingenio del equipo de Opera que estaba detrás del invento, que tenía que apuntarse las respuestas comprometidas que daba para que no le pillaran en fuera de juego. "Nos preguntaban quién nos había programado y decíamos que había sido un alemán, un tal Bombaster, de los Bombaster de toda la vida", recuerda Morales.

El boca oreja hizo efecto y la popularidad de aquel Eliza patrio amenazó con descontrolarse, lo que llevó al equipo de Opera a retractarse. "Había veces que la gente se acercaba al ordenador donde estaba instalado y, como ninguno estábamos en la otra pantalla, no contestaba. A veces lo pasabas mal porque estabas a medio metro de la puerta y en cualquier momento podía entrar alguien y pillarte", explica Morales. Aquel Eliza 2, que llegó a descubrir hasta un romance en las oficinas que se había mantenido en secreto durante meses, tuvo que revelar su verdadera identidad: era una farsa.

La triste noticia no provocó ningún enfado entre los miembros engañados de Opera o aquellas personas que se habían subido al carro pero sí alguna que otra decepción: "Había gente que había encontrado un amigo, un aliado, un psicólogo... Era un sitio al que ir y desahogarse. Fue una desilusión tremenda". 

El test: ¿sirve para algo?

Toda esta historia viene a cuento porque en los últimos días el test de Turing ha vuelto a ser noticia. Un estudio publicado en el Journal of Experimental & Theoretical Artificial Intelligence ha tratado de buscar una vía alternativa para que una inteligencia artificial apruebe el test. No se trata de hablar de manera natural o de tener grandes conocimientos sino de saber cuándo, y cómo, administrar los silencios.

Esos silencios eran los que llevaban al juez a pensar. ¿Se está tomando más tiempo del necesario para responder? ¿O es un 'bug' del código? Son los mismos silencios que, en una 'app' de mensajería como WhatsApp, descolocan al receptor cuando ese 'escribiendo' no se convierte en un mensaje. ¿Se habrá echado atrás? ¿Qué estará pensando realmente?

Retrato de Alan Turing, con 16 años. (Wikipedia) © Proporcionado por El Confidencial Retrato de Alan Turing, con 16 años. (Wikipedia)

El 2014 fue un año importante para la inteligencia artificial. Fue el año en que un programa pasó, supuestamente por primera vez aunque existen numerosas dudas, el test de Turing y también durante esos doce meses se estrenó 'The Imitation Game', la cinta autobiográfica sobre Alan Turing.

Una de las pruebas que pretende dejar atrás el test de Turing se llama Winograd Schema Challenge y su objetivo es poner en aprietos todavía más serios a un programa a la hora de engañar al ser humano que le juzga. Esta nueva prueba trata de enfrentar al 'software' a preguntas más complejas. Por ejemplo: No he metido el trofeo en la maleta porque era demasiado grande. ¿Qué era demasiado grande? ¿El trofeo o la maleta?

Según John West, de la compañía Nuance, encargada de poner en marcha el Winograd Schema Callenge, el trabajo está enfocado, hoy en día, en "intentar extraer el sentido de lo que se está diciendo para ponerlo en el contexto de una conversación. Tratamos de echar un ojo a cómo se formulan las conversaciones para que las máquinas sean más inteligentes al interpretar esas conversaciones"

David Llorente, de la 'startup' española Narrativa, que trabaja en inteligencia artificial, cree que los avances se están produciendo en dos frentes: "La generación de un lenguaje natural unida al estudio de datos para reconocer patrones y singularidades".

Para la primera, se evita utilizar un lenguaje perfecto. "Nadie lo hace —admite Llorente—. Tenemos una especie de plantillas que se modifican solas. Si la plantilla original te dice que un partido ha acabado 2 a 0 y luego al hablar de otro partido el marcado es 5 a 0, es capaz de decir que el resultado ha sido abultado".

En el ámbito de la recolección de datos, el sistema necesita reconocer los datos que son relevantes respecto al tema que va a tratar. "La cantidad de datos es ingente. Tienes que encontrar patrones y cosas que se salgan de la norma", explica Llorente. Esa técnica les permite abarcar una gran cantidad de información para dotar de inteligencia a un programa.

Todos los intentos quedan lejos, todavía, de aquel Eliza 2. Nunca llegó a ser más que una broma dentro de Opera Soft. "Aquello llegó a un nivel que si llego a poner una máquina en un pub, me forraba", bromea Morales.

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