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Invencible

Notodo Notodo 28/10/2016 Miguel Gabaldón
Imagen principal del artículo "Invencible" © La Fábrica 2014 @ Imagen principal del artículo "Invencible"

Daniel Veronese vuelve a los Teatros del Canal después de su Bajo Terapia y apoyado por otro de esos repartos más que efectivos (con Maribel Verdú a la cabeza) con una comedia dramática que se centra en el difícil entendimiento entre parejas de diferente estatus escrita por el británico Torben Betts: Invencible.

Parejas disparejas
Una pareja con un estatus social y cultural elevado se ve obligada, por la crisis económica, a trasladarse a un barrio más humilde (aunque quién lo diría por la casa en la que se desarrolla la acción) de la periferia. Deciden entonces relacionarse con sus vecinos para adaptarse a su nuevo entorno. Los vecinos en cuestión son una mujer bastante voluptuosa de maneras no muy elegantes y su marido, obseso del fútbol y de la cerveza en lata (barata). Evidentemente, el entendimiento (social y humano en general) será complicado y ése es el juego de Torben Betts (y de la adaptación que del autor han hecho Jordi Galcerán y Veronese).

Un texto afilado, cómico y dramático, que refleja las estupideces e insatisfacciones de la vida parejil, ya sea de la clase social que sea. Una sátira social que, si bien no llega a ser una obra maestra, resulta interesante y efectiva. Y Veronese mantiene el pulso durante la función ayudado por unos intérpretes que se entregan a sus personajes.


Póker de intérpretes
Jorge Bosch resulta perfecto como ese burgués venido a menos y algo perdido, el personaje que en un principio puede parecer más fácil con el que identificarse. Jorge Calvo por su parte regala memorables momentos cómicos como ese troglodita de buen corazón enamorado de su gato Invencible que da nombre a la función. Pilar Castro vuelve a demostrar su facilidad para comerse el escenario y ofrece una composición que no tiene desperdicio, desde su barriobajero comienzo hasta el cénit dramático de la función con ese emocionante final que la deja bien en alto. Y Maribel Verdú (aparte de que cada vez está más guapa), el gran reclamo de la función, no defrauda y aporta su naturalidad y elegancia a esa marxista algo obsesiva que parece sacada de una película de Woody Allen.

En definitiva, una función heredera de la lucha de clases, bien ejecutada, que gustará al gran público. Y, sobre todo, defendida por un cuarteto de actores cuya labor es absolutamente disfrutable.

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