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Invernadero

Notodo Notodo 16/03/2016 Miguel Gabaldón
Imagen principal del artículo "Invernadero" © La Fábrica 2014 @ Imagen principal del artículo "Invernadero"

-Gibbs -¿Sí, señor? -Dime una cosa -Sí, señor -¿Qué tal está 6457? -¿6457, señor? -Sí -Está muerto, señor.

Con este comienzo queda bastante claro que Invernadero no es una obra al uso. El texto del Nobel Harold Pinter, comandado en este caso por Mario Gas, y que tras pasar por teatros de todo el país regresa al que lo acogió en sus inicios, el Teatro de la Abadía, es un espectáculo muy negro y particular que nos ubica en una especie de casa de reposo (¿manicomio?, ¿hospital?, nunca lo sabremos) en una celebración de Navidad que marcarán una muerte (un asesinato) y un nacimiento (originado por una violación). Un lugar de terror en el que el reposo precisamente brilla por su ausencia y en el cual los responsables del mismo hacen y deshacen a su antojo mientras se escuchan los gritos espectrales de los internos.

El más que profesional y brillante en muchas ocasiones Mario Gas dirige esta versión (a cargo de Eduardo Mendoza), acercándose por primera vez al singular universo pinteriano. Y el espectáculo, desde luego no apto para todos los públicos, consigue momentos más que conseguidos. Aunque resulta algo difícil e irregular. Las razones, tal vez algunos subrayados innecesarios, que intenta ser demasiado cómico y no le llega a funcionar del todo o sencillamente que es una atmósfera que resulta complicada de trasladar a escena. Mario Gas utiliza una estructura rotatoria, una torre traslúcida, para cambiar de escenario (despacho, zona de descanso, sala de experimentos) en la oscuridad. Efectiva, aunque algo aparatosa, todo sea dicho.

Gas nos hace girar en la oscuridad del texto con unas interpretaciones muy marcadas y caracterizadas con las que el auditorio no tiene siempre por qué verse identificado (ni se pretende). Es un anti-naturalismo que ayuda a crear la sensación de inquietud y amenaza en el interior de este Invernadero de reposo y en la obra de este autor en general. Las sonrisas torcidas de Lush, las explosiones de ira irracionales de Roote o la inmutabilidad aberrante de Gibbs crean una atmósfera extraña que acompaña al espectador en esta casa de locos. En la cual parece que los verdaros dementes son el personal, ya que nunca vemos a los pacientes. A los cuales por cierto se ha despojado de cualquier individualidad. Unos internos a quienes se les llama por números en lugar de por su nombre, en un ataque burocrático a la idiosincrasia.

Las interpretaciones del elenco se adaptan a esta propuesta y todos tienen algún momento para lucirse. Gonzalo de Castro consigue un comandante Roote bastante interesante y lleno de energía, una energía que además sabe dirigir exactamente hacia donde quiere en cada momento. Tristán Ulloa acaba por conseguir esa intranquilidad que debe transmitir su secretario Gibbs a base de mantener su inconmovible rictus. Jorge Usón interpreta a un Lush fantástico, el más cómico de todos los personajes, sin resultar forzado ni desmarcarse del tono general. Carlos Martos con su personaje inocente y tontorrón consigue uno de los momentos más impactantes de la función. Y Javivi y Ricardo Gil interpretan los dos personajes menos presentes de forma más que correcta. La que chirría más en el conjunto es Isabel Stoffel como esa femme fatale (y mira que me gustan las femmes fatales), con un físico y actitud fantásticos, pero que parece que no conecta del todo con el resto del elenco.

Este Invernadero es, en definitiva, una pieza complicada y en general de ritmo algo irregular a la que le cuesta llegar a sumergirnos en su húmeda e inquietante atmósfera. Aunque, eso sí, tiene momentos teatrales fantásticos. La escena del experimento, con Carlos Martos y las siluetas de Ulloa y Stoffel en las alturas, por ejemplo, es brutal y francamente desosegadora, como debe ser. Y en cuanto a escena cómica delirante, el momento del whisky con Gonzalo de Castro y Jorge Usón es impagable. En definitiva, siempre resulta más que interesante cualquier acercamiento a la obra de Pinter, en este caso a su sátira de universos carcomidos por la burocracia y el autoritarismo, aunque en el laberinto de este invernadero en particular uno acabe algo desorientado y la desazón no llegue a introducirse del todo en su interior (ni en el nuestro).

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