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Ira en la mezquita de los afganos

EL PAÍS EL PAÍS 01/06/2014 Ana Carbajosa
La Guardia Civil conduce a uno de los islamistas detenidos el viernes en Melilla. © Blasco de Avellaneda La Guardia Civil conduce a uno de los islamistas detenidos el viernes en Melilla.

Los ánimos en la trastienda de la mezquita blanca, el epicentro del islamismo salafista de Melilla están encendidos. Seis de sus fieles fueron detenidos la madrugada del viernes en una aparatosa redada en La Cañada de Hidum y otros tres barrios periféricos y de mayoría musulmana de Melilla. Les acusan de reclutar yihadistas para los conflictos africanos como Malí o Libia.

El puesto móvil de hamburguesas y bocadillos con el que Benaissa Laghmouchi Baghdadi, presuntamente el primer yihadista español retornado de Malí, se ganaba la vida antes de ser detenido el viernes ha quedado ahora aparcado en la parte trasera de la mezquita. Con él daba de comer a los fieles que se sientan a conversar a la fresca hasta altas horas de la mañana. En este pequeño habitáculo, ocho hombres con barba larga y la mayoría vestidos al modo afgano ofrecen visiblemente alterados su versión de lo sucedido.

“Dicen que somos la mezquita de los terroristas sólo porque somos más estrictos, porque cumplimos con las leyes de Alá. Nos consideran extremistas por llevar barba y túnicas largas”, estima Javier Mohamed, con pelo rapado, barba crecida y un fuerte acento andaluz. Defienden que no tienen ninguna relación con Malí, con Siria, ni con ningún país extranjero.

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Ahmed Alal, hermano de Mustafa Alal, otro de los detenidos, no tiene duda de que Marruecos está detrás de las detenciones, que el Gobierno del país vecino “no gobierna este lugar y eso no lo pueden soportar”, estima. “En el resto de las mezquitas bendicen a Mohamed VI y a Hassan II. Nosotros no. Sólo bendecimos a Alá. Somos monoteístas”, apunta otro compañero.

El islamismo riguroso de los barbudos de la mezquita blanca es sobrevenido, al igual que el de los detenidos. “Éramos juerguistas, salíamos, íbamos a las discotecas, pero ya no”, dice uno de ellos. Un melillense que no pertenece al entorno salafista, pero que es antiguo amigo de Rachid Abdel Nahet, otro de los arrestados, explica que el acusado “era un chico normal, que salía con chicas cristianas, bebía, le gustaban las motos buenas”. Cuenta también, que hace unos años enfermó y prometió que si se curaba nunca más bebería alcohol y viviría de acuerdo con la Sharia, la ley islámica.

Ya fuera del barrio, en una cafetería del centro de Melilla, otro vecino de La Cañada, que nació y creció en el entorno de los detenidos, no ve con buenos ojos la transformación de algunos de sus compañeros de juergas. “Ahora, si no llevas barba larga, ni te saludan. Viven en su mundo y no se mezclan con los demás”. “Antes de Bin Laden, esta gente no existía aquí en Melilla”. Fuentes del espionaje coinciden en que el salafismo de la mezquita de los afganos se implantó en Melilla a partir del 11 de septiembre de 2001.

Alal trabaja en la construcción desde hace 20 años, Mohamed es electricista en paro, otro es futbolista y los hay también que están en paro. Les une su viaje espiritual hacia el islam ultraconservador y la mezquita de La Cañada, conocida como “la de los afganos” donde rezan cinco veces al día. Apenas se dejan ver por el centro de Melilla, a no ser que tengan que hacer gestiones en el banco o en algún organismo oficial.

Los reunidos en la trastienda constituyen, según los investigadores, el segundo escalón de una trama vinculada al narcotráfico y a redes internacionales de reclutamiento con bases en Dinamarca, Alemania, Turquía y, sobre todo, Marruecos. En este país acusan también a los detenidos de dirigir campos de entrenamiento para yihadistas

La Cañada es un sitio duro, poblado por gente humilde, con altísimas tasas de desempleo y convertido en un supermercado de la droga. La policía no acostumbra a entrar al barrio y la mayoría de los melillenses tampoco. La madrugada del viernes, los vecinos apedrearon a los agentes cuando entraron en la espectacular operación Javer, cubiertos con pasamontañas y de acuerdo con la versión de los vecinos, de forma especialmente agresiva. “Encañonaron a jóvenes que dormían tranquilamente en su casa”, dice uno de los vecinos. Lo mismo sucedió el pasado enero, cuando algunos residentes de La Cañada se sintieron injustamente excluidos de un plan de empleo y montaron barricadas, prendieron fuego a contenedores y llegaron a utilizar armas de fuego, según la policía. Este barrio, de paredes desconchadas y casas a medio terminar es el que han elegido los islamistas ultraconservadores de Melilla para florecer; al calor de la frustración y el olvido de las autoridades.

Las interpretaciones más rigoristas del islam avanzan en Melilla, donde ahora es relativamente frecuente toparse con mujeres con la cara tapada por el niqab –sólo los ojos al descubierto- y guantes en las manos. Los amigos de los sospechosos sostienen que una cosa es el tirón de las costumbres ultraconservadoras y otra distinta la apología del terrorismo de la que se les acusa. “Condenamos el terrorismo. No estamos a favor de matar a nadie. Nos están provocando y al final Melilla va a reventar”, dice exaltado uno de los barbudos antes de abandonar la trastienda de la mezquita, cuyo ambiente se caldea por momentos. Los investigadores dan sin embargo por hecho que los que abrazan el salafismo en La Cañada inician un camino que les conduce a la criminalidad.

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