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James Conlon, tras la pureza de Verdi

EL PAÍS EL PAÍS 06/06/2014 Jesús Ruiz Mantilla

La primera vez que James Conlon se topó cara a cara –discos aparte- con I vespri siciliani, le marcó. Fue hace 40 años. Él era un joven pupilo a la sombra de James Levine y este le invitó a que presenciara la grabación de la ópera verdiana con un reparto en que se encontraban Plácido Domingo, Ruggero Raimondi y Sherill Milnes, entre otros. “Así conocí I vespri”, comenta Conlon. Hoy con una larga trayectoria por detrás, director de la Ópera de Los Ángeles y antes de la Bastilla, en París, por ejemplo, presume de haber dirigido un buen puñado de títulos del compositor italiano. Y anuncia una celebración: “La segunda de estas interpretaciones en Madrid –el 11, 14 y 17 de este mes- será mi ópera de Verdi número 400 en mi carrera”.

Pero fue en París precisamente donde la dirigió en 2003 tal y como Verdi la había escrito: en francés. Una idea de Gerard Mortier, amigo en vida de hacer tragar píldoras amargas con óperas en los que se ven retratados los públicos anfitriones de los teatros que dirige, junto a su propia medicina. La visión que Verdi hace de los franceses en esta ópera no es, digamos, muy amable. “Los retrata con un canto altivo, chulesco”, asegura Conlon, “lo hace en contraposición a los sicilianos, que susurrando casi no se atreven a decir lo que piensan de ellos”. De hecho, esta ópera no muy explotada en los escenarios, según Conlon, “por su enorme dificultad técnica”, estuvo más de un siglo sin reponerse en París. A nadie le gusta mirarse en espejos que marcan demasiado las arrugas y los defectos.

En Madrid, donde precisamente Mortier encargó al músico esta versión concierto que se estrena el próximo día 11 con tres funciones, el director estadounidense la interpreta junto a la orquesta y coro del Teatro Real en italiano, idioma que prefiere porque se acopla mejor a la música del creador. “Tiene el mismo problema que Don Carlo cuando se interpreta en francés: existe una disonancia entre la manera de adaptar el idioma extraño para él y la música. De hecho, él mismo admitió la dificultad al traducirla al italiano. A Verdi no le gustaban el francés ni los franceses, pero sentía la necesidad de triunfar en París. Su caso no es como el de Rossini, que dominó totalmente el idioma e incluso se convirtió en parisino. En el caso del primero, las cartas se las escribía Giuseppina Streponi, su segunda esposa”.

Para conquistar aquella plaza, el Verdi consagrado, que ya había implantado su reino en el género con las tres obras más populares: La traviata, Il trovatore y Rigoletto, buscaba nuevos retos, nuevas formas. “I vespri es una obra de transición que marca lo que después hizo con Simon BoccanegraDon Carlo, por ejemplo”. Aun así, esta pieza es de las menos conocidas y reconocidas del autor: “Da lo mismo, de haber escrito Verdi solo esta ópera estaríamos ante una de las obras maestras del XIX, pero como solo se le puede medir y comparar contra sí mismo, esta queda en un lugar intermedio de su producción”.

El reparto que encabezan en esta ocasión Franco Vasallo, Juliana di Giacomo, Piero Pretti o Ferrucio Furlanetto, entre otros, cuenta la historia de la Sicilia ocupada que se debate entre ansias de venganza, amores en disyuntiva, cruces de caminos entre la obligación moral con el pueblo y el deseo de felicidad personal, conflictos, introspecciones, temores en un puro ambiente de desafíos verdianos a lo largo de una estructura extensa. Cinco actos y una moraleja: “Que en el mundo nunca ha existido paz sin negociación, sin cesión. Cuando todo un pueblo desea paz, siempre puede acabar llegando alguien intransigente que acabe con ese anhelo”, comenta Conlon.

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