Al utilizar este servicio y el contenido relacionado, aceptas el uso de cookies para análisis, contenido personalizado y publicidad.
Estás usando una versión más antigua del explorador. Usa una versión compatible para obtener la mejor experiencia en MSN.

John Ford escribe de boxeo

El Mundo El Mundo 02/06/2014 MANUEL JABOIS

Era el 18 de febrero de 1978. El canario Francis se había quedado en un rincón llorando tras tumbar de un KO a un almeriense, Rubio Melero. Antes, un crochet reventó la mandíbula de Rubio, que se desplomó. Pidió el público que se tirase la toalla. "Modestamente, este cronista gritó lo que pudo", escribió en Marca Manuel Alcántara. No se tiró, y pasó luego un KO "que no sé si va a ser eterno". Al final Alcántara escribe: "No es agradable contar cómo un hombre muere a puñetazos". Rubio Melero murió horas después; tenía 23 años. Manuel Alcántara no volvió a escribir de boxeo.

"Había hecho de sparring de Evangelista. Rubio tenía que poner la cara día a día a ver cómo de fuerte pegaba el otro", dice hoy Alcántara, a los 86 años. Dos periodistas, Teodoro León Gross y Agustín Rivera, han recuperado las mejores piezas de boxeo de Alcántara en un volumen editado por Libros del KO. Son quince asaltos que el maestro andaluz recrea con una tensión formidable porque escribía, cuenta, de vuelta en el taxi y sin poder releer después. Por eso ahora, al revisitarlas, parecen sonar aún los golpes.

Sólo éste párrafo de la pelea de Urtain, en 1970, contra Weiland en el abarrotado Palacio de los Deportes. "Estaba roto, desarbolado, pretendiendo aspirar por la boca el aire mezclado con nubes de nicotina. Ya se barajaban títulos ('Más dura ha sido la caída', 'El ídolo de barro') cuando, en un supremo esfuerzo, en un alarde coronario de temple combativo, el Morrosko se fue para el gigante dispuesto a jugarse el todo por el todo. Su nariz sangraba y había recibido más golpes que en todas sus anteriores peleas juntas, pero su afán destructor era incontenible (...) Fue un crochet corto de derecha. Weiland vaciló y se encontró con una serie de ambas manos tan imprecisa como desesperada (...) Poco a poco, la inmensa mole del campeón europeo fue a la lona. En el trayecto había perdido el título. Ya era incapaz de levantarse de nuevo. Los tremendos hachazos recibidos en los parietales hubieran tumbado a un elefante. El emocionante safari había terminado. Era la medianoche".

En ese mundo de miedos, hambre y desesperación que retrata el libro, en el que Legrá reza una oración agarrado a una medalla "para no coger un golpe malo", el que deja secuelas, y luego otra para no darle un golpe malo al contrario, Alcántara, se desenvuelve con reflejos y amargura en una tarea que acoge de golpe, como un uppercut, su descomunal conversación: desde los poemas de Quevedo hasta los consejos de Kant para conciliar el sueño, y entremedias sus recuerdos de Ali, Evangelista, Sugar Ray, Carrasco, Perico Fernández o Fernando Vadillo.

A Garci, autor del epílogo, lo conoció en mayo de 1973 en una borrachera de días en La Tortuga. Así se despidieron: "Manolo cogió la llave -que estaba en el llavero que le había regalado Neruda- y, a la primera, como enhebraba mi madre la aguja, la metió en la cerradura tras un millón de whiskies (...) 'Jose, como dicen en Chile, tenemos que conversarnos en seguida una botella', dijo Manolo. (...) Nos dijimos adiós y le vi alejarse caminando con la majestuosidad de Gregory Peck en Matar un ruiseñor. Para mí fue como conocer a John Ford".

Gestión anuncios
Gestión anuncios

Más el El Mundo

image beaconimage beaconimage beacon