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Juan Carlos Usó

Notodo Notodo 12/07/2016 José Angel Sanz
Imagen principal del artículo "Juan Carlos Usó" © La Fábrica 2014 @ Imagen principal del artículo "Juan Carlos Usó"

En septiembre de 2014, en pleno auge del partido político Podemos, alcanzó una enorme visibilidad un vídeo en el que uno de sus principales ideólogos, Juan Carlos Monedero, aseguraba que la Policía distribuyó heroína en el País Vasco en los años 80. El objetivo, según él, era aplacar a la juventud “más conflictiva y peleona”, a la que de esta forma se la conducía por caminos que la alejaban de la acción política. A consecuencia de ello, la organización criminal ETA habría empezado a asesinar a camellos. Las palabras de Monedero sorprendieron y escandalizaron a muchos, pero reflejaban lo que llegó a convertirse en un dogma entre ciertos movimientos nacionalistas del País Vasco. También la teoría de la difusión de drogas a precios irrisorios para acabar con los movimientos de izquierdas de Mayo del 68 y con el movimiento hippie camparon a sus anchas durante años.

El relato de la conspiración, quizá con mayor difusión en otros ámbitos –de las ‘verdades ocultas’ del 11-S a la supuesta creación del SIDA en un laboratorio– se asienta aquí en el profundo desconocimiento de la opinión pública sobre la realidad de las drogas. Pero no es exclusivo, ni mucho menos, de la izquierda contemporánea. ¿Nos matan con heroína? Sobre la intoxicación farmacológica como arma de estado demuestra, con una profusa documentación histórica, cómo se ancla mucho antes. El primer estado acusado de emplear la droga (en este caso el opio) para fines estratégicos y políticos fue Inglaterra, de la que se afirmaba que hacía correr el fruto de la adormidera por China.


En España, las primeras denuncias públicas corresponden a 1915, cuando el periodista Mateo Santos Cantero denunció el envenenamiento que la droga, difundida en las farmacias, estaba causando. Era el pistoletazo de salida para las sucesivas teorías conspirativas, muchas de ellas cargadas de un moralismo que ahora resulta hasta inocente. Para descartar mitos, esa ‘cara B’ de la historia a la que tantos se aferran a pesar de las evidencias, Usó repasa punto por punto los mayores hitos de una historia que parece no tener final a la vista. Analiza, por ejemplo, qué tuvo de verdad que ver el FBI con la abrupta historia de violencia del movimiento Black Panther Party (BPP). O cuánto hay de cierto en la propagación del ‘caballo’ en la juventud española de la transición y los años 80. Hay también espacio para otras anecdóticas y delirantes especulaciones, como las que ponen en el punto de mira al Club Bilderberg e incluso otras que mezclan, a modo de cocktail, a ‘dealers’ con grupos de rock y a psiquiatras conductistas con traficantes de armas.

En un impagable último capítulo, el autor realiza un análisis en el que explica las razones por las que cree que las teorías de la conspiración calan tan hondo, más aún gracias al poder de difusión y visibilidad que ahora les concede Internet. El ensayista estadounidense Mark Dery lo resume afirmando que “el exceso de racionalidad puede producir monstruos”. Y es posible pensar que los partidarios de ellas creen en un mundo en el que todo es más simple y responde a intereses ocultos. En el que el hombre no está solo y el mundo no avanza sin timón. Por compasión, irresponsabilidad, consuelo… Usó explica además sus razones para mostrarse a favor de la despenalización de las drogas. Todo ello en un libro rico y valiente, por cierto, coronado con una divertida y magnífica portada ilustrada por Miguel Brieva.




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