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Julián Marías, el intelectual en la sombra

El Mundo El Mundo 16/06/2014 ALFONSO BASALLO

No le importó arrostrar la muerte civil del franquismo por haber sido colaborador de Besterio, ni el ostracismo académico por ser discípulo de Ortega. No pudo enseñar en España, pero fue un fecundo escritor de libros de pensamiento. Republicano, liberal, católico, apostó en la Transición por la Monarquía como fórmula para reconciliar a las dos Españas. Mañana hará un siglo que nació sin que el Gobierno haya previsto ningún acto para conmemorar su figura.

Tuvo dos grandes maestros: Alejandro Dumas y Ortega. El primero le despertó, a los 13 años, la pasión por la literatura, su formación de escritor. El segundo, la búsqueda de la verdad. Julián Marías (Valladolid, 1914) leyó a los 13 años en francés Los tres mosqueteros y, poco después, a Victor Hugo y Flaubert. Y a los 18 conoció a Ortega y Gasset, al que "se le veía pensar". Eso ocurría en la Facultad de Filosofía de Madrid, "la mejor institución universitaria de la historia española, por lo menos después del Siglo de Oro", como cuenta en sus memorias Una vida presente. En sus aulas enseñaban Ortega, Morente, ZubirI, Besteiro, Menéndez Pidal, Américo Castro, Claudio Sánchez Albornoz, Pedro Salinas... Una irrepetible nómina de genios de la cultura que fue barrida para siempre con la Guerra Civil.

se convirtió en discípulo de Ortega, partiendo de un legado filosófico cuyo eje es el raciovitalismo, doctrina que pretendía superar la dicotomía entre realismo e idealismo. En su primer libro, Historia de la filosofía (1941), Marías califica al autor de Meditaciones del Quijote como el "máximo filósofo español", palabras que irritaron al Régimen, ya que Ortega era en los primeros tiempos del franquismo autor maldito. Pero Marías será fiel a su magisterio y su amistad. Primero durante el exilio de Ortega en Portugal, luego cuando regresó a España al fundar con él el Instituto de Humanidades (1948), y después de su muerte (1955), al estudiar su obra en libros como Ortega, circunstancia y vocación, u Ortega, las trayectorias.

Otra influencia decisiva en Marías fue la de Miguel de Unamuno, a quien conoció en la Universidad Menéndez y Pelayo, en 1934. Temas unamunianos como el problema de España, el sentido de la vida, Dios, la muerte, o la novela como instrumento filosófico, serán investigados por Marías, en sus obras Miguel de Unamuno, Filosofía española actual, Antropología metafísica o La felicidad humana.

El inicio de la Guerra Civil en 1936 truncó las expectativas de un Julián Marías recién licenciado. Consideró un "error" la sublevación de Franco, que "destruyó al Estado" y que "al no triunfar, abrió el camino a innumerables muertes". Su espíritu liberal le llevó a ponerse a favor de la II República. Su balance de la contienda civil fue amargo, porque dividió en dos a los españoles: lo expresaba con una frase paradójica: "Los justamente vencidos y los injustamente vencedores".

Fue llamado a filas en el Ejército republicano, donde trabajó de traductor en el Ejército de Tierra. En la etapa final de la Guerra ayudó al socialista Julián Besteiro, su antiguo profesor de la universidad, que estaba al frente del Comité Nacional de Defensa.

El apoyo a Julián Besteiro

Besteiro era para Marías la «única figura pública» de la República que le inspiraba "un respeto integral", por su honradez personal e intelectual. Y también por su valentía. Se quedó hasta el final, como máxima autoridad republicana, hasta que las tropas de Franco entraron en Madrid, mientras otros huían. Marías le acompañó en aquellas últimas semanas de la Guerra, sumándose a una quijotesca empresa: "propagar las ideas pacifistas y democráticas que inspiraban la política de Besteiro", como señala Helio Carpintero en su libro, Una voz de la Tercera España, Julián Marías, 1939. Lo hizo en una serie de artículos que publicó en el ABC republicano y que son un testimonio de la Tercera España, "que se opuso a la guerra fratricida y que buscó afanosamente la paz", como subraya Carpintero.

No lo entendió así el bando vencedor. La posición de Julián Marías a favor de la República, su colaboración con Besteiro y su amistad con Ortega le acarrearon persecución política y el ostracismo académico en el Régimen de Franco.

El 15 de mayo de 1939, Marías fue encarcelado por una acusación falsa (de su antiguo amigo, Carlos Alonso del Real y del profesor Julio Martínez Santa Olalla). Los cargos eran inverosímiles -entre otros, que había sido colaborador del periódico soviético Pravda-, pero Marías tuvo que estar dos meses y medio en prisión, hasta que en agosto la causa fue sobreseída provisionalmente.

Pero el nuevo Régimen le condenó a la muerte civil. Así, en 1942 el tribunal de doctorado de la Complutense le suspende la tesis sobre la filosofía del padre Gratry, que le había dirigido Xavier Zubiri. Como cuenta el propio Marías, "el tribunal parecía más bien el de una cheka".

Muchos de los profesores de la universidad eran del Régimen franquista o tenían méritos castrenses o políticos, y en Filosofía la doctrina oficial era el escolasticismo, por lo que Ortega y sus discípulos tenían la consideración de malditos. Lo cual excluía a Marías de la carrera académica, por lo que tuvo que subsistir escribiendo libros, traduciendo otros y dando conferencias.

Así escribió su primer libro, Historia de la Filosofía (1941), concebido como «los pasos libres y necesarios de la mente occidental en busca de la verdad radical sobre la realidad». A pesar del ambiente hostil, se vendió muy bien -3.500 ejemplares de la primera edición- y pronto se convirtió en un clásico, llegando a superar el medio centenar de ediciones, leído por varias generaciones de estudiantes.

Faceta como traductor

Paralelamente, hace traducciones y da clases para mantener a su mujer, Lolita Franco, y los cinco hijos que irían viniendo. En 1951 Marías se trasladó a Massachusetts para trabajar como profesor de literatura española en Wellesley College, sustituyendo a Jorge Guillén. En 1956 fue profesor de Filosofía en Yale, y después impartió cursos en las universidades de California, Indiana (Bloomington), Nueva York, Arizona o Harvard. También ejerció la docencia en distintas universidades de Hispanoamérica.

En esa época mantiene contactos con figuras del pensamiento o la literatura, como los filósofos Heidegger, Etienne Gilson, Gadamer, o Gabriel Marcel. También con el historiador Paul Hazard, el novelista Graham Greene o el escritor norteamericano Thorton Wilder, al que llegó a proponer a la Academia Sueca como candidato al Nobel de Literatura.

En los años 60 va logrando cierto reconocimiento en España. A ello contribuye el eco que tienen las colaboraciones de Marías en la prensa: desde 1951 comienza a en diarios, ABC, La Vanguardia o La Nación de Buenos Aires. Muchos de esos artículos serán recopilados en forma de libro, como El oficio del pensamiento, La libertad en juego o El curso del tiempo.

En 1964, fue elegido miembro de número de la Real Academia Española, ocupando el sillón "S". Mientras, publica nuevos ensayos de diversa índole: Los españoles, La España posible en tiempos de Carlos III, Meditaciones de la sociedad española, Análisis de los Estados Unidos y, al final de la década, uno de sus más importantes libros filosóficos, Antropología metafísica (1970).

Partiendo de la doctrina orteguiana, la estructura analítica de la vida humana, su discípulo da con ese ensayo un paso más y estudia "esa zona de realidad que llamamos 'el hombre'". El paso es muy relevante, porque el pensamiento moderno no había sido capaz de descubrir la dimensión personal del hombre.

Antropología metafísica supone un punto de inflexión en la obra de Marías, desde sus primeras etapas marcadas por la influencia de Ortega hasta el estudio de la persona, que será su gran tema de investigación durante las últimas décadas de su trayectoria.

Es el caso de obras como La mujer en el siglo XX (1980), La felicidad humana (1987), La mujer y su sombra (1987), Mapa del mundo personal (1993), o Persona (1996). La indagación acerca de la persona está también presente en otra obra no estrictamente filosófica. Es el caso de sus memorias Una vida presente (1988), un apasionante relato vital que se lee como una novela.

Una singularidad de Julián Marías es que se valió del cine, del que era muy aficionado, para hacer filosofía. Las historias de ficción de la pantalla son para el discípulo de Ortega un instrumento para analizar la vida humana desde múltiples perspectivas. En ese sentido, Marías fue pionero al adelantarse a filósofos como Stanley Cavell, Eugenio Trías o Fernando Savater, que analizaron el séptimo arte como punto de partida de reflexión antropológica.

Marías plasmó su antropología cinematográfica en el millar y medio de que escribió semanalmente, primero en Gaceta Ilustrada (1962-1982), y después en el suplemento Blanco y Negro (1988-1997). Prácticamente no hay película importante de ese periodo sobre la que el filósofo no escribiera, aportando perspicaces enfoques y atinadas reflexiones culturales y sociológicas.

El fin del Régimen franquista, con la muerte del dictador en 1975, suponen para Marías no sólo una liberación personal sino también una oportunidad para tomar parte activa en la Transición. Lo hará de dos formas: con su pluma y con la actuación política. Desde 1976, publica una serie de ensayos sobre España, como La España real, España en nuestras manos, y La libertad en juego. Pero el trabajo más ambicioso fue España inteligible, razón histórica de las Españas (1985) una aproximación histórica a la doble vocación de España, la europea y la hispanoamericana.

Marías califica la Transición de "ejemplo de genialidad histórica", pero advierte del peligro de que la política invada la esfera de la vida privada y de que la vía democrática se convierta en una excusa para ocupar los resortes de poder, en alusión al PSOE de Felipe González. Al respecto, fueron muy significativos una serie de artículos: Libertad en regresión, La legalidad nacionalsocialista o Desaliento, donde traza un balance negativo sobre 10 años de felipismo. Una de las razones de su crítica al PSOE fue la ley despenalizadora del aborto, de 1985, por entender que amenazaba el más básico de los derechos.

El pensador también tuvo una breve actuación política: en el año 1977 fue designado senador por el Rey y participó en la discusión sobre el proyecto de Constitución. Entusiasmado con la figura de Don Juan Carlos y con la institución de la Monarquía como mejor solución para la España después de Franco, Marías tenía, no obstante, prevención a la configuración de los partidos políticos: estaba "descontento con la ley electoral". Siempre criticaría la listas cerradas y bloqueadas, "un factor de despersonalización e irresponsabilidad", como subraya el historiador Manuel Álvarez Tardío.

Cuando Suárez disolvió las Cortes en 1979 y convocó nuevas elecciones, Marías sintió liberación al dejar de ser senador. Desde entonces, y hasta el final de su vida, el pensador se concentró en su tarea intelectual y académica.

En los últimos años de su vida le llegaron los premios y distinciones. El más importante, el , que recibió en 1996, a los 82 años, compartido con Indro Montanelli.

© Proporcionado por elmundo.es

Julián Marías estuvo activo casi hasta el final, impartiendo cursos, escribiendo libros o viajando. El filósofo murió en Madrid el 15 de diciembre de 2005. Hacía sólo unos meses que había publicado su última obra, La fuerza de la razón.

Lolita, teoría y práctica del amor

En la antropología de Marías, tiene gran relevancia el carácter sexuado de la persona. Superando la definición clásica de Boecio, «sustancia racional de naturaleza individual», Marías afirma que la persona es "criatura amorosa", y que hombre y mujer están llamados a la unidad. Coherente con estas ideas, el filósofo calificó su matrimonio con Dolores Franco, 'Lolita', la vida "una". Y de hecho, no puede entenderse la trayectoria del pensador sin el papel crucial jugado por Lolita.

Compañera de estudios de Marías en la Facultad, Lolita Franco se graduó en Filología española. Escribió un ensayo literario, 'España como preocupación', (con prólogo de Azorín). Y habría desarrollado una brillante carrera si no se hubiese dedicado al hogar y a sus hijos. Como decía el filósofo: "Yo hacía libros (...), ella hacía personas". Ejerció de secretaria y colaboradora de Marías, que le leía todos sus libros y le consultaba dudas con frecuencia.

Esa profunda compenetración hará mucho más dolorosa la prematura muerte de Dolores Franco, en 1977, a los 65 años, por un cáncer de estómago. "Sólo me sostenía la profunda fe en la resurrección", afirmaba Marías, "la evidencia de que la persona que era Lolita no podía haberse destruido por un proceso corporal, de que volvería a verla y a estar con ella". Años después, en 'La felicidad humana', aludirá al carácter perdurable del amor más allá de muerte al decir: "En la medida en que se ama, se necesita seguir viviendo o volver a vivir después de la muerte, para seguir amando".

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