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Juro que no estoy abducido

Logotipo de EL PAÍS EL PAÍS 02/10/2017 J. Ernesto Ayala-Dip

1. Dos circunstancias hicieron que cambiara de opinión en torno a la cita electoral por el referéndum impugnado por el Tribunal Constitucional. Las dos colmaron mi paciencia de ciudadano en Cataluña, un ciudadano que había decidido no participar con su voto en el referéndum no acordado, urdido con una mayoría simple (cuando lo pertinente hubiera sido una cualificada dada la trascendencia de lo propuesto a aprobar) en el Parlament de Cataluña el último 6 de septiembre.

La primera de ellas fue la contumaz falacia de que los catalanes están narcotizados o abducidos por el nacionalismo. Y ya no digamos, los independentistas. Firmas de relieve, gente a la que respeto y leo siempre que puedo, opinadores de postín (en este mismo diario, incluso), llevan segregando desde hace mucho tiempo esa insidiosa teoría.

Trato de hacerme una idea de cómo personas tan poco sospechosas de fervor independentista como Eduard Punset, por citar un ejemplo muy difundido por las redes, pudieron ser narcotizados por el nacionalismo. He visto a Punset en televisión haciendo programas de divulgación científica de excelente calidad y me cuesta mucho, muchísimo, ver en la solidez de su discurso el más mínimo rasgo de enajenación ideológica; trato de descubrir algo sospechoso y observo que su mirada no acusa ese brillo desmedido y alucinante del que no procede de este planeta (según nos enseñaron las novelas de ciencia-ficción), producto de la abducción a que fuera sometido por las instituciones catalanas.

Sé que mi amigo y excelente columnista y poeta Antoni Puigverd concurrió a votar (donde vio, por cierto, eso que no debió ver nunca en un recinto electoral, probablemente el lugar más sagrado de una democracia que se precie de tal). He hablado y hablo con él de literatura, política y nuestros nietos. Y nunca noté en él ningún inquietante síntoma de abducción ideológica.

Leí el último libro de Francesc Serés (La pell de la frontera) y tampoco hallé nada que me hiciera ver que su eximia literatura esté imbuida de ninguno de las perniciosas ideas que pululan por la atmósfera de Cataluña.

Leo a Josep Ramoneda y a Joan B. Culla en este mismo diario y en el Ara y me pasa lo mismo. Claro que sus ideas sobre lo que ocurre en Cataluña no están siempre en concordancia con lo uno pueda pensar sobre lo mismo, pero de ahí a defender a capa y espada que están abducidos por lo que sea (puestos a estar abducidos, da lo mismo quienes son los agentes abductores), es ya estar no solo equivocados sino también a no utilizar toda la inteligencia, la sensibilidad y la buena fe necesarias para analizar un asunto tan complejo como es la grave colisión entre Cataluña y el Gobierno del Partido Popular y sus activos colaboradores de C´s en estos despropósitos.

2. Mi conversión hacia el voto del 1 de octubre pasado, se reforzó inesperadamente el 20 de septiembre. Ese día pasaron cosas muy graves. Se intervino la Generalitat en su área financiera, mientras se invadía el Departamento de Economía mediante un grupo de guardias civiles que no sabían hacer la O con un canuto en materia no solo financiera, sino incluso informática. Aquí primó, como en el resto de todas las actuaciones de la Guardia Civil y la Policía Nacional hasta el día 1, el paripé en la línea más agresiva del ya tristemente famoso “a por ellos”.

El resto ya lo conocemos. Movilizaciones de masas narcotizadas o abducidas; desembarco de efectivos de guardias civiles a los cuales los manifestantes le arrojaban claveles; y por fin, el domingo negro de la democracia española de los últimas décadas: golpes, sangre, tortura (romperle a una chica los cinco dedos de su mano con absoluta premeditación y conciencia del extremo daño que se infligía, a esto yo lo llamo tortura), asalto y agresión a poblaciones rurales con menos de 500 habitantes, y vejaciones a mujeres. Me fue muy difícil no ir a votar a las seis de la tarde, después de la perplejidad y la indignación que fui incubando en los días anteriores al referéndum no acordado e impugnado por el TC.

3. Es mentira que la sociedad catalana esté partida o enfrentada. No me dio esta sensación cuando estuve visitando colegios electorales el domingo, además del mío. Vi gente votando de mi barrio (Guinardó) y de mi escalera que nunca me hubiera imaginado votando en circunstancias tan anómalas. Gente de habla castellana, gente que no comparte incluso el referéndum, gente de distintos extractos sociales e ideológicos, todos votaban, sabiendo incluso que vendrían a por ellos.

4. La izquierda se debe recomponer. Y si queda tiempo, habría que hacer que nuestra derecha fuera un poco más progresista. Y perdonen el oxímoron.

J. Ernesto Ayala-Dip es crítico literario.

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