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Karl Ove Knausgård

Notodo Notodo 20/09/2016 José Martínez Ros
Imagen principal del artículo "Karl Ove Knausgård" © La Fábrica 2014 @ Imagen principal del artículo "Karl Ove Knausgård"

Texto: José Martínez Ros
En el primer tomo, La muerte del padre (publicado en castellano en 2012), se refiere a la figura más importante -para bien y para mal de su vida-; su padre, un alcohólico y violento, muerto en 1998, al que cuidó durante su larga agonía. En el segundo, Un hombre enamorado nos muestra la reconstrucción de su vida: el hallazgo de su nueva familia; el hijo se convierte en padre, con responsabilidades de adulto. A continuación, llegó La isla de la infancia, en el que el narrador vuelve a la niñez, origen de sus más perdurables traumas. Por último, recientemente, Anagrama nos ha traído Bailando en la oscuridad, donde nos conduce a su época de la juventud, a las primeras experiencias laborales y amorosas, a la búsqueda de un sentido vital.

La gran pregunta es: ¿merece el escandinavo, con las casi cuatro mil páginas de Mi lucha, haberse convertido en un fenómeno literario internacional, ser llamado el nuevo Proust, el Musil noruego o incluso el Joyce de las autobiografías?

Hay dos respuestas posibles:



A FAVOR Los admiradores de Knausgård creen que, en sus libros, la rutina, la miseria cotidiana, los hechos menudos, se transforman en gran literatura. No ocurre nada extraordinario, y tenemos la impresión (falsa, pero muy conseguida) de que casi nos lo cuenta todo minuto a minuto, día a día. Knausgård narra con igual minuciosidad la conversación con su pareja, la muerte de su gato, los primeros escarceos sexuales adolescentes, una fiesta de cumpleaños, y un larguísimo etc. Todo es común, pero, a la vez, tan universal, que tenemos la impresión que casi cualquier habitante de Estados Unidos o de Europa llega a sentirse identificado.

Leer a Knausgård es zambullirse en la realidad, con un retrato en marcha de nuestro tiempo, con sus momentos graves, otros más ligeros y algunos de exuberante emotividad. El efecto es que confiamos tanto en un narrador así que, gracias a su hábil alquimia literaria, nos hace partícipe de sus abismos de depresión o en sus cumbres de euforia. Esa es la hazaña del autor. En pocos libros actuales, como en los del noruego, tenemos la percepción de llorar, alegrarnos o aburrirnos con su protagonista de una forma tan intensa.



EN CONTRA
Sus detractores ven Mi lucha como el monumento de una personalidad narcisista y vacía, llena de efusiones sentimentales que las anodinas vicisitudes del autor no justifican y que, en algún caso, general cierto bochorno por parte del lector. La obra de Knausgård ha sido avalada además por el paraguas del superagente literario Andrew Wylie y por escritores como Zadie Smith o Jeffrey Eugenides, que lo han colmado de elogios, pero la comparación con En busca del tiempo perdido o cualquier otra obra autobiográfica importante de la historia de la literatura no se sostiene Sobre todo, carece de lo que distingue a una gran obra: una mirada única, una escritura original y poderosa.

Knausgård puede dedicar cuarenta páginas para contarnos una excursión con sus hijos, el tedio de un adulto que solo tiene la compañía de niños mezclado con el amor que le inspiran, como Proust dedicaba decenas y decenas de páginas a una fiesta de la alta sociedad parisina. Pero, en conjunto, la obra de Proust está plagada de una enorme ironía en su descripción de la sociedad de su tiempo, asi como de una capacidad de introducirse bajo la superficie y explicar los motivos secretos, los enigmas del corazón humano. Desde su óptica, los libros de Knausgård son inmensamente más planos y pobres. En resumen: se trata de un auténtico bluff, un producto más de la publicidad que una obra con una calidad intrínseca.

Los cuatro primero volúmenes de Mi lucha ya están en las librerías. Ahora los lectores españoles han de posicionarse en un bando o en el otro.

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