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La épica de Arcade Fire desata la euforia en el Primavera Sound

El Mundo El Mundo 30/05/2014 DARIO PRIETO

Corren malos tiempos para la libertad de expresión. Proyectos de leyes mordaza, ruedas de prensa en pantallas de plasma, presiones de los gobernantes para cambiar directores de periódicos... A eso hay que sumar los problemas económicos de los medios, la desafección del público por el trabajo de los periodistas y las trabas que estos encuentran para desarrollar su trabajo.

El Festival Primavera Sound de Barcelona ha impuesto este año una cuota de 50 euros por cada periodista que se acredite para cubrir el festival, una acción desaprobada por el Col·legi de Periodistes de Catalunya y la Asociación de la Prensa de Madrid (APM), que se opone "rotundamente a que se tenga que pagar por informar, ya que es un ataque a uno de los principios básicos del periodismo, como es el derecho a un acceso libre a la información".

Desde la organización del festival se asegura que el pago por acreditación "tiene como objeto favorecer las condiciones de trabajo" de la prensa y recuerda que en otros festivales extranjeros y en certámenes de cine como el de Sitges también se cobra por lo mismo. Si no fuésemos escrupulosos seguidores de las teorías de David Hume (y, por tanto, opositores a las relaciones de causa-efecto), se podría ver esta medida como una consecuencia de sucesos anteriores.

Por ejemplo, el hecho de que un miembro de la dirección haya descalificado desde su cuenta de Twitter a diversos periodistas que publicaron informaciones que no fueron de su agrado. O que incluso a uno de ellos se le llegase a retirar la acreditación en medio del festival por dichas informaciones. O se podría hacer caso a la leyenda sobre el largo historial de represalias y vetos (Radio 3, por ejemplo) de la empresa organizadora, desde los tiempos que tomaron el control de la sala Apolo, hacia los periodistas que critican algo relacionado con ellos.

O que los únicos que se libren de este trato sean los que comulgan con ruedas de molino en forma de titulares impuestos por la organización como 'hashtags' que dicen, por ejemplo, que el de este año es #bestlineupever (el mejor cartel jamás hecho) para que sus 'palmeros' o los medios con los que tienen acuerdos económicos lo confirmen. O escudriñar si se ha puesto al público que ha pagado su abono en contra de unos periodistas acusados de querer ir al festival por la cara, obviando por ejemplo, los cientos de invitados que patrocinadores o distribuidores de bebidas llevan cada año a que se peguen la fiesta y ya.

O mirar si en los comunicados de balance oficial se obvian totalmente graves problemas de organización, como los que ocurrieron en 2011 con la venta de bebidas. Se podría inferir, incluso, que tras apoyarse en los medios en un primer momento, la organización del festival ha decidido que hoy no le hacen falta y que la única información válida es la exaltación. Pero unos devotos de Hume no podrían decir tales cosas.

Arcade Fire cumple los pronósticos

Lo que sí se puede decir es que el festival ha ido creciendo según el baremo que ha impuesto Arcade Fire. El megagrupo 'alternativo' contemporáneo (si es que se puede seguir diciendo "alternativo") volvía, 10 años después, al lugar donde empezaron a forjar su leyenda. Entonces era un jueves y no capitaneaban ningún barco.

Nueve primaveras después, su nombre ocupa el indiscutible primer lugar del cartel y lo hace con justicia. Ante una audiencia propia de estadios, los canadienses sacaron sonido suficiente como para que el arranque de 'Reflektor' sacase la pista de baile debajo de la gravilla y los adoquines. Con unas percusiones caribeñas que apenas contaminaron 'Power up' y 'Rebellion (Lies)', el grupo podría haber confiado todas las cartas a un repertorio con el que es díficil hacerlo mal. Pero es que en 'The suburbs' y en 'Ready to start', la bajada de revoluciones se convirtió en un par de momentos de esos que justifican las penurias que supone ir a un festival.

Es cierto que los coros llenos quizá ya queden 'demasiado 2004', pero también estas canciones de aquel primer 'Funeral' devuelven a una época mucho mejor, en la que si no éramos más felices, al menos desconocíamos que éramos infelices. También hubo que detectar algunos momentos más apalancados en 'No cars go', que fueron rápida y mágicamente superados por cataratas de sonido, como en el futbolero final de la segunda.

Brisa marinera

'Haiti', 'No cars go', 'Afterlife' con una bola de espejos humana y entremezclada con el 'Temptation' de New Order, 'Sprawl II' con el baile de las cariocas, la aparición de unos cabezudos con el Papa Francisco revolcado por el suelo, una 'Normal person' muy 'rolinga' y Primal Scream, 'Here comes the nightime' para cambiar el ritmo y ponerse tropicales, el final con 'Wake up'... difícil quedarse con un momento de un concierto para guardar en una cajita al lado de la cama.

La edición de este año contaba con más metros cuadrados gracias a la ampliación del recinto, algo que no evitó que se produjesen cuellos de botella en varios puntos de una orografía llena de recovecos que provocó varios momentos molestos. Una nueva disposición ha llevado a los dos escenarios principales, el Heineken y el Sony, hacia la explanada del extremo meridional, con lo que el nocivo efecto de la brisa marina sobre el sonido de los escenarios quedaba en parte maquillado. La también nueva zona de prensa está situada en el acceso a estos escenarios y junto a las planchas de las cocinas.

Todavía con el sol, abundaron los momentos surrealistas y variopintos, como la imagen de Los Ganglios como apóstoles de la música 'porc' y el 'subiduqui', el afrobeat costero de Antibalas, los conciertos sorpresa de Nacho Vegas y Peter Hook (Joy Division) en un escenario secreto y recoleto o la actuación de Neutral Milk Hotel, uno de los grupos a noventeros los que la mitología del 'indie' ha ido elevando desde con el paso de los años, gracias a su disco 'In the aeroplane over the sea', encantadoramente desastrosos sobre el escenario ATP.

Chvrches, ya definitivamente conocidos en España como las Chuches, sacaron la sonrisa tonta de los que no siguieron la obligación de ver al cabeza de cartel del día. En una punta, la testosterona de unos Queens of the Stone Age cuya última visita al país había sido en el pasado FIB. En la otra, los escoceses con un precioso e hiperglucémico despliegue melódico ideal para cantar "sé que es sólo tecnopop, pero me gusta" a lo post-Rolling Stones. Es más, en en los momentos más discotequeros se podría adivinar la voz de una nueva generación.

Con el final de Shellac, que volvían a ejercer de grupo residente con su rock mazacotoso en el que se refugían las minorías metaleras, tocó un cambio de tercio que marcó el fin de las actuaciones 'interesantes' y el comienzo de las más hedonistas. Mientras en una punta Disclosure tiraban de pulcritud para intentar dar nueva vida a una electrónica que apenas se aleja de su versión grabada, en la otra Moderat intentaban llenar de grasa 'afterhours' una pista con la que no consiguieron conectar. Por otra parte, Andy Stott llenó el Boiler Room de brumas que ni siquiera hacían falta bailar. Y Metronomy, encargados de lidiar con la difícil hora de las tres de la mañana, lucharon contra un intenso frío que ni siquiera el sol perezoso de 'The bay' ni sus deliciosos organillos de la cabra lograron calentar. Jamie XX, el cerebro electrónico del grupo de la doble aspa, cerró la jornada con una espectacular sesión en la que coló algunas remezclas del grupo junto a clásicos contemporáneos, como Jon Hopkins.

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