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La campaña de Felipe y Letizia

EL PAÍS EL PAÍS 15/06/2014 Luz Sánchez-Mellado
Los príncipes visitan la exposición "El Ultimo Viaje de la Fragata Mercedes" en el museo arqueológico, el pasado día 12. © JAVIER LIZON Los príncipes visitan la exposición "El Ultimo Viaje de la Fragata Mercedes" en el museo arqueológico, el pasado día 12.

Tres Goyas como tres soles —fantásticos retratos de Carlos IV, María Luisa de Parma y Francisco de Godoy: la Troika española de la época— reciben a los visitantes de la exposición del Museo Arqueológico Nacional El último viaje de la fragata Mercedes. Dentro, en un abisal ambiente de fondo marino, los tesoros recuperados por el Estado tras el expolio que del buque español hundido en el siglo XVIII realizó la empresa cazatesoros estadounidense Odyssey. Pero ni los Goya, ni los cientos de monedas de ocho reales de plata con el perfil de Carlos III acuñado en la cara, ni ningún otro añejo potosí que valga. El trofeo más codiciado, y la verdadera odisea para el público del viernes, era lograr hacerse una foto con Felipe de Borbón y/o Letizia Ortiz Rocasolano, príncipes de Asturias e inminentes Reyes de España.

Ora del bracete, ora de la mano, dicen quienes les siguen que no se habían mostrado tan cariñosos en público desde su noviazgo. Así cubrió la pareja los treinta metros de paseíllo que separaban su coche de la puerta del Museo, el trayecto más largo que se les había visto hacer juntos a pie en mucho tiempo. Ella caminaba recta, casi envarada, midiendo cada paso, como debe de suponer que tiene que caminar una reina. Él, más suelto, aparentemente más a gusto en sus zapatos, pero con cierto nerviosismo patente en el rostro. Están en capilla.

El descenso virtual —y físico: la exposición está en el sótano del Museo— a las profundidades oceánicas donde aún reposa el pecio de la Mercedes fue el último mitin de los Príncipes como tales. Porque, pese a lo que algunos reclaman, no tendrán que pasar por ningunas urnas, y porque su acceso al trono tiene fecha, hora y minuto tasado en el calendario. Si no, podría pensarse que, en las últimas dos semanas, los príncipes de Asturias han llevado a cabo su particular campaña para ganarse a los ciudadanos de quienes serán monarcas.

Por tierra, mar y aire se les ha visto. Juntos y por separado. Desde el marcial desfile del día de las Fuerzas Armadas, hasta la solemne cena de gala en honor del presidente mexicano, Enrique Peña Nieto, pasando por la glamurosa entrega de los Premios Nacionales de la Moda. Nunca antes se les había visto tanto en tantos sitios tan seguido. O sí. Pero no se les había hecho tanto caso. “Qué barbaridad, nunca os habíais interesado tanto por mí”, les soltó el Rey a las decenas de periodistas que cubrieron su audiencia al presidente de la Cámara de Comercio de Estados Unidos, horas después del anuncio de su retirada. Ni el Príncipe ni la Princesa han dicho nada semejante en público, pero lo cierto es que no concitaban tanta expectación desde su boda. Más de 50 medios nacionales y extranjeros siguieron sus pasos tras las huellas de la Mercedes.

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En realidad, todos los actos de la campaña estaban previstos hace semanas, cuando no meses. Pero, desde luego, parecían diseñados a propósito. Pese a la aparente naturalidad que puedan transmitir en pantalla, se trata de eventos rígidos. Medidos y tasados al milímetro y al minuto. Con los medios asistentes previamente filtrados por acreditación, convocados al menos tres cuartos de hora antes, y confinados por la seguridad de la Casa a varios metros de distancia de los protagonistas. Y, sobre todo, localizados en paisajes y con paisanajes teóricamente controlados.

Estas dos semanas, de cara al público, los Príncipes no se han bajado de tribunas, palcos y palacios civiles. No han pisado más que museos, mármoles y moquetas de dos dedos de espesor. Escenarios institucionales donde se antoja poco probable la presencia de ciudadanos desafectos a la monarquía, o por lo menos con ansias de expresarlo ruidosamente. Hasta los adolescentes del colegio Alcovea, un centro privado de Alcobendas (Madrid), que fueron autorizados por la seguridad a quedarse a verlos en el atrio del Arqueológico, parecían, con su pulcro uniforme de pantalón marino y polo celeste, sacados de un casting.

Lejos de la pitada que soportaron en el Liceo de Barcelona hace ahora un año, coincidiendo con la primera imputación de la infanta Cristina por el juez Castro, don Felipe y doña Letizia no han escuchado estos días en directo una voz más alta que otra. No han oído ni visto ni un abucheo, ni una bandera, ni un gallardete republicano de las que sí se vieron en las solapas de legítimos representantes del pueblo en el Congreso de los Diputados el día de la votación de la Ley Orgánica de Abdicación del Rey Juan Carlos. Está por ver lo que sucede cuando los Príncipes pisen la calle como Reyes.

La tarde del viernes anterior al lunes 2 de junio, fecha histórica del anuncio de la retirada, aún hacían su vida cotidiana. Él emprendía un viaje oficial a El Salvador, de donde regresó un par de horas antes de que su padre abdicara. Ella, ejercía de mamá acompañando a su hija Leonor, heredera al trono a partir del miércoles, al cumpleaños de un amiguito en un centro de ocio infantil madrileño. Las fotos de doña Letizia, robadas con el móvil por algún otro papá invitado o un empleado, llenaron minutos de algún programa rosa. Nada comparado con las horas, bites y páginas de televisión, radio, webs y papel prensa que ha generado los quince días laborables de campaña. Vistosidad, desde luego, no ha faltado.

Dos semanas de vértigo —incluida una visita de Estado, la de Peña Nieto y su esposa, de las que no se producían desde 2011, debido a la crisis— en las que las autoridades se han dado una paliza a cumplimentar a los futuros Reyes. Un estrés añadido para las señoras y los caballeros que no quisieran repetir modelo con una agenda capaz de agotar el más abisal de los fondos de armario. Como el de Cristina Cifuentes, delegada del Gobierno en Madrid y republicana confesa, que coincidió fatalmente en formato —traje pantalón—, tejido —lino— y color —champán, cava o whisky, al gusto— con la Princesa mientras ambas hacían como que no se daban cuenta.

Así han sido los últimos días públicos de los Príncipes. Mirándoles a la cara, a los tres metros mínimos que impone su séquito, ella parece tensa, como quien no sabe qué cara poner para no pecar por exceso ni por defecto. Solo cuando sus ojos se cruzan con los de otro parecen querer hablar más que su dueña. Él luce a veces risueño y otras abstraído. El estrés, como el miedo, es libre, y no conoce clases. Tienen 41 y 46 años. Acabado el redoble de tambores de las vísperas, se acerca la hora de la verdad del jueves, cuando se asomen al balcón de Palacio como nuevos Reyes.

Hay estos días en Madrid un atasco de órdago. Después de años sin tapar un socavón, la alcaldesa ha emprendido la Operación Asfalto. Ya que no una alfombra de claveles en su desfile por Gran Vía, ni un camino de rosas en su reinado, Felipe y Letizia pisarán alquitrán recién planchado.

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