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La Cocina

Notodo Notodo 18/11/2016 Alan Queipo

Texto: Alan Queipo
PESADILLA EN LA COCINA
No hizo falta un Chicote que pase los dedos sobre el extractor o rasque con una espátula las trazas de fritanga, moho y carne descongelada sobre la plancha. Esta cocina es un infierno por vocación: casi treinta personas sirven comidas para cerca de 1000 comensales diarios en el corazón del Londres de los años ’50, auténtico catalizador de culturas en plena época de re-edificación europea, a pocos años de haber terminado la Segunda Guerra Mundial.

Pero no os equivoquéis: en esta cocina no importan tanto los platos ni el león come gamba, la capacidad de producir platos gourmet en un ambiente caótico, frenético y deshumanizador, sino más bien lo que detrás de cada uno de los personajes, que encuentran en la versión de Peris-Mencheta un equilibrio único en el que desarrollar sus particulares spin-offs de sus personajes, entre los que conviven conocidísimos caracteres de las artes escénicas, el cine y la televisión (Silvia Abascal, Roberto Álvarez, Luis Zahera, Alejo Sauras, Fátima Baeza) con jóvenes talentos en expansión (Ricardo Gómez o Mario Tardón) y hasta algún que otro personaje iniciado (la gimnasta Almudena Cid, que debuta como actriz), entre los 26 actores que protagonizan desde líos amorosos a peleas encarnizadas, luchas por la autoridad o batallas por conseguir escalar jerarquías entre cucharones y baños maría.


UN PARQUE DE ATRACCIONES LLAMADO BABEL
Por mucha cocina y mucho jaleo que veamos en el epicentro del Centro Dramático Nacional, levantad un poco más el párpado, intentad mirar más allá: La Cocina no es un reality show en sesión continua de los problemas que un día cualquiera suceden en una cocina de élite. Es decir, sí, pero como metáfora de algo mucho más grande: el deshumanizador, mezquino, avasallante y competitivo ritmo que la sociedad de consumo lleva imponiendo en la dinámica mercantilista extrema de las culturas occidentales.

En el corazón de esa cocina escuchamos acentos, procedencias y, en definitiva, culturas de lo más diverso: los cerca de treinta caracteres que conviven allí son una suerte de muestrario babélico en representación del mundo de hoy. Y es que ese es el motor central del texto escrito hace décadas por Arnold Wesker, y que encuentra en la versión de Peris-Mencheta un catalizador contemporáneo por mucho que esté ambientada seis décadas atrás: una crítica a la sociedad de consumo pero también a la falta de humanismo, de solidaridad, confianza y compañerismo en una sociedad y un mercado de trabajo que potencia la diferencia, la batalla y la jerarquía.


TRANSGRESIÓN ESCÉNICA
Casi como si hubiera importado el icónico escenario de 360º de U2 de su gira siete años atrás con trazas tanto de esa convivencia entre público y actores de espacios escénicos alternativos como la extinta Casa de la Portera pero también recuperando esa concepción de no-escenario que compañías como los catalanes La Fura dels Baus o los argentinos Fuerzabruta pusieron en práctica, Sergio Peris-Mencheta y su compañía (Barco Pirata) llevan a una nueva concepción del espectáculo de teatro contemporáneo dinamitando, actualizando, deconstruyendo, reconstruyendo y edificando una nueva idea de escenario sin necesidad de estar produciendo una obra de teatro experimental.

En este caso, un no-escenario central que es una cocina, con los ritmos frenéticos de un restaurante, contando con la colaboración y el consejo culinario de Pepe Rodríguez (sí, un tercio del jurado de MasterChef y capo de El Bohío, uno de los restaurantes más solícitos del terreno gastronómico estatal) y de Chevy Muraday como consejero a la hora de articular una coreografía de movimientos que resulte orgánicamente caótica, casi como bailar pogo con la delicadeza del manipulador de alimentos más encendido.

Un auténtico festival degustador de nuevas formas escénicas y de microhistorias a modo de platos combinados para compartir que nos invita a pensar también en una suerte de centro de juegos recreativos, en donde el espectador puede “elegir su propia aventura” como en aquellos libros ochentero-noventeros, y en donde puede permitirse el lujo de ir a ver la obra todos los días y vivir una historia diferente: la dinámica escénica tiene tantos focos activos como capacidad de movimiento, gestualidad y expresión tiene cada uno de los caracteres que protagonizan la obra.

La mesa está servida y el nuevo teatro también.

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