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La condena del pelotari que fue 'el Maradona de los frontones'

Logotipo de El Mundo El Mundo 28/09/2017 SERGIO R. VIÑAS

QUIÉN ES: Pelotari retirado de 40 años y 'showman' televisivo. EN QUÉ DESTACABA: Fue el más mediático de principios de siglo. Llenaba los frontones, pero los malos vicios frustraron su prometedora carrera. CONDENADO: Por secuestrar y golpear a dos hombres, y por torturar y extorsionar a uno, tras el robo de una plantación de marihuana.

Mikel Goñi pudo haber sido una leyenda en el mundo de la pelota vasca. Pocas veces se observó en un frontón del Norte un hombre con tan portentosas condiciones innatas. Imaginación a raudales, una pegada extraordinaria y una potencia física que abrumaba a sus rivales. Tenía todo lo que la naturaleza podía proporcionarle. Pero le faltaron los otros dos factores que convierten a un gran talento en un deportista de época: sacrificio y constancia en el entrenamiento, y una cabeza centrada. Era, en resumidas cuentas, el Maradona de los frontones.

La primera de esas carencias frustró su carrera como pelotari. La segunda le ha acabado saliendo muchísimo más cara. El martes, un juzgado de Pamplona le condenó a ocho años y tres meses de cárcel por unos hechos ocurridos en 2014 que no desentonarían en Los Soprano. Tras la desaparición de una plantación de marihuana en su domicilio en Anocíbar (Navarra), Goñi y un amigo secuestraron y apalizaron a un tercero al que consideraban culpable. Al día siguiente, hicieron lo mismo con el dueño de la vivienda, al que Goñi clavó un destornillador bajo la uña del dedo índice derecho y rajó el dorso de la otra mano con una navaja para que le pagara 10.000 euros. Pagó.

La catarata de prácticas mafiosas del deportista ha sorprendido en el mundo de la pelota. Pero no tanto. «Llevaba tiempo metido en negocios turbios», afirma alguien que le conoce desde sus inicios en los frontones. La presencia de drogas en el relato, sin embargo, no ha pillado a nadie con el pie cambiado. Fueron sus excesos los que hace década y media frustraron su ascenso al Olimpo pelotazale.

© Proporcionado por elmundo.es

Hay que remontarse a finales de los 90. Goñi, aún un adolescente, protagoniza un ascenso meteórico. Con 20 años queda subcampeón en el Manomanista de Segunda (una categoría para valores emergentes). Dos años después es segundo en la final del Parejas y en 2001 logra su única txapela, la del Cuatro y Medio de San Fermín, una especialidad que se juega en una parte reducida del frontón, ideal para sus características.

Para entonces, Goñi II (su nombre como pelotari) ya se había convertido en el pelotari más mediático. Su sola presencia llenaba los frontones por su estilo agresivo y su carisma. «Vale más un fallo de Goñi II que un tanto de cualquier otro», llegó a decir de él Galarza III, una de las leyendas de este deporte. Todo eso se traducía en mucho dinero. Ganaba 3.000 euros por partido, lo que en un año de máxima actividad podía reportarle más de 200.000 euros. Demasiado para un chico que no estaba mentalmente preparado para gestionar semejante cartera. A veces, cuentan, los 3.000 que le daban tras jugar un partido no sobrevivían a esa misma noche.

El gran punto de inflexión llegó en el Manomanista de 2002, el torneo más importante del año. Goñi, cuyos problemas con el alcohol y las drogas ya corrían por los mentideros, tenía que jugar las semifinales contra Rubén Beloki, el mejor pelotari de la generación anterior. Aquel partido despertó un interés extraordinario, pues se veía como un potencial paso de antorcha entre quien fue el mejor y su recambio, el choque entre el zaguero sobrio y académico y el delantero excesivo e imprevisible, pura improvisación. Se llegaron a vender entradas a 100 euros, una cifra nunca antes vista en la pelota.

Pero aquel partido nunca se jugó. Aspe, la empresa para la que jugaba, anunció que Mikel Goñi no ofrecía garantías de poder superar el control antidopaje y le apartó. «Si en un mes no comienza un proceso de rehabilitación en un centro especializado, la empresa rescindirá su contrato», le advirtió públicamente. El descenso a los infiernos había comenzado. Goñi ya nunca volvió a ser el mismo en los frontones. Un año después, reconoció sus problemas con las drogas. Negó ser un adicto, pero desveló que acudía diariamente a un centro de desintoxicación. «Se me iba la vida de las manos», se sinceró, «y me he puesto en manos de profesionales».

A partir de entonces, Goñi alternó periodos de inactividad con reapariciones multitudinarias. Cada regreso a los frontones era un fenómeno mediático y popular, seguía llenando todos los asientos pese a su sobrepeso y a que ya rara vez era capaz de competir con los mejores. Seguía siendo una máquina de hacer dinero, pero Aspe se acabó hartando de él y le despidió definitivamente en 2009 tras haberlo hecho en 2005 por primera vez.

Con el tiempo, la promesa acabó trabajando para promociones de segunda fila que encontraron en él al reclamo perfecto para atraer aficionados a sus festivales de pelota. Verle jugar, pese a sus kilos de más y a que seguía siendo capaz de dar recitales y desaparecer en el partido siguiente, aún resultaba una atracción por la que mucha gente estaba dispuesta a pagar.

Durante algunos años, Goñi combinó ese trabajo con el de showman en ETB. Participó en El Conquistador del Fin del Mundo, un reality de supervivencia en el que ciudadanos de a pie compiten entre sí en equipos capitaneados por deportistas famosos como el alpinista Juanito Oiarzabal o el futbolista Patxi Salinas. Hoy, separado de su mujer madrileña, con la que llegó a abrir una tienda de deportes en un centro comercial del Baztán navarro (Mikel Goñi Kirolak), y con dos hijos de 15 y 8 años, su siguiente parada, salvo que prospere su recurso judicial, será la cárcel.

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