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La cultura, en la encrucijada del proceso soberanista

Logotipo de El Mundo El Mundo 01/10/2017 ANTONIO LUCAS

Narradores, poetas, filósofos y editores debaten sobre el conflicto en Cataluña desde perspectivas plurales que van del independentismo convencido al nacionalismo federalista o la equidistancia

En 1935 el escritor André Gide viajó por la URSS, compartió momentos de júbilo con los trabajadores y los ciudadanos. Intentó entender su realidad. Y al regresar, entendida la siniestra mecánica del estalinismo, escribió Regreso de la URSS, un libro de rechazo con estrofas así: «Desde el momento en que triunfa la revolución, desde el momento en que se instaura y se consolida, el arte corre un terrible peligro. Un peligro casi tan grande como el que le suponen las peores opresiones fascistas: el de la ortodoxia». No se trata de hacer comparación de saldo con la turbia realidad actual de Cataluña, de España, sino de indagar en el porqué de este insoportable olor a clínica donde no se opera nada.

Un sentimiento catalán confeccionado con paciencia y tenacidad hasta dar con dos generaciones preparadas para ser catalanes sin fisuras (convencidos de la singularidad de pertenecer a una cofradía superlativa). Una extensa estrategia lingüística que acuñó poderosamente la identidad y la emoción de un hecho diferencial. Una idea de cultura que, desde la apropiación del poder y sus instituciones, vive a distancia de «esa otra que viene de España», aunque se suavice la vocación de ese precinto diferencial. La relación entre España y Cataluña, también desde el frente de la cultura, es la de dos testudes que buscan en el final de la sangre el principio de la herida.

Hay quien se manifiesta cansado. El escritor Juan Marsé (Barcelona, 1933), por ejemplo. «Cansado de todo esto. Y asombrado con algunos gestos como el de escribir insultos en las páginas de los libros de una biblioteca. Eso es siniestro porque recuerda a tiempos oscuros y a gestualidades que se emparentan con los nazis. Ya he expuesto mis posiciones en estos últimos años y ahora esperaré a ver qué sucede en los próximos días. Estamos en un momento delicado y conviene ver los pasos a dar de todos los que alimentan este desastre, en ambas direcciones».

Existe por un lado una ilusión arcádica inflamada por el independentismo, que ha generado expectativas que sólo se pueden reconocer hoy en lo virtual, no en lo posible. Es casi el rescate de aquella coña del extravagante filósofo Francesc Pujols: «¿Llegará un día en que los catalanes, por el simple hecho de serlo, iremos por el mundo y lo tendremos todo pagado?». Pero también sucede de otro lado, de la parte del Gobierno del PP, cuya banalidad e irresponsabilidad es causa y efecto de este domingo. El poeta catalán independentista de más clamor en España, Joan Margarit (Sanahuja, Lleida, 1938), Premio Nacional de Poesía por Casa de Misericordia, saldrá a votar hoy. «Y votaré sí. Estamos en un gravísimo problema político que España ha volcado sobre los hombros del fiscal general del Estado. Algo tremendo porque rompe la sagrada separación de poderes. Quiero quitarme de encima al

PP

, a los militares, a los socialistas con

Felipe González

al frente... Yo me quiero ir de España, aunque no de mis amigos. Lo único bueno que me dio el franquismo es el castellano. Lo demás es miserable». ¿Y entre los que ha citado no cabe

Jordi Pujol

, por ejemplo? «La gravedad del problema se acelera cuando salta toda la corrupción del PP y de Convergència. A una velocidad asombrosa

Convergència

se hace independentista y el PP elige hacer de Reyes Católicos. Les ha ido fenomenal a los dos para tapar sus delitos... Estoy harto de unos y de otros. A los 80 años me han engañado muchas veces. Eso sí, no te puedes imaginar lo lejos que está España de Cataluña».

La idea del Estado como enemigo común ha generado alianzas bulímicas. Y escenas de charanga: el viernes circulaban tractores por Barcelona. O patéticas de la otra parte, como la despedida de los guardias civiles desplazados a Cataluña al grito de «¡a por ellos!». O el fervor trapero de colgar en los balcones banderas (de los dos frentes en lucha).

© Proporcionado por elmundo.es

El editor Malcolm Otero Barral (Barcelona, 1973), responsable de Malpaso Ediciones, entra al debate abriendo otra vía de agua: «Estamos en un momento de nacionalismos exaltados, el de aquí y el español, que se manifiesta simbólicamente con la aparición de banderas. Y ya sabemos que toda bandera es excluyente y violenta. Además, forman parte de la mentira icónica de estos procesos». Otro editor, Miguel Aguilar (Madrid, 1977), de Debate, destaca una tercera presencia: «Las únicas banderas sensatas en Barcelona son las que no se ven. Me refiero a los miles de balcones donde no cuelga nada. Es muy raro jugar con banderas a defender el orden establecido en un país donde hay gobierno. Creer en la normalidad se ha convertido en un síntoma de equidistancia, que es un concepto ya estigmatizado. ¡Pero si la equidistancia es la Constitución! Donde no se puede hablar de democracia es en Cataluña cuando establece la excepción democrática de cerrar el Parlament».

Insistiendo en la equidistancia, el escritor y periodista Juan Soto Ivars (Águilas, Murcia, 1985) ataja: «Aquí no se puede mencionar a una parte sin criticar a la otra, que es lo que se reclama como equidistancia. Al menos en la República podías estar con alguien. Aquí ya no hay bueno posible». Y si lo hay es por reacción al enemigo. El que sea.

Los tres residen en Barcelona y miran con desencanto a un lado y a otro. Como el filósofo Víctor Gómez Pin (Barcelona, 1944), profesor de la Universidad Autónoma de Barcelona. «Me considero español, pero detecto en los dos frentes suficiencia y desprecio, así como resentimiento y despecho. Mi duda es si vale la pena la unidad de España al precio de una dialéctica así. La dignidad del Estado quizá no pasa por la unidad. Uno de los problemas graves es que la política está manejada por patriotas de las dos orillas. Y no soy equidistante de nada, tan sólo veo la realidad».

¿Hasta qué punto un fracaso (más allá del provocado) haría sentirse a unos y a otros igualmente comprometidos? No hay a esta hora más que una sentimentalidad anfetamínica empañada en Madrid por un ánimo de unidad de destino en lo universal y en Cataluña por la falsa utopía naif de estar en trance de independencia.

Jordi Corominas, catalán del 79, escritor y periodista, regresa por la senda de la cultura: «La española y la catalana deberían de dar ejemplo de diálogo y establecer una armonía de normalidad. La convivencia de las dos culturas no está afectada, aunque prácticamente tampoco se tocan entre ellas». ¿Y de qué ha servido el procés? «Para tapar muchas vergüenzas. Este procés viola la lógica histórica de iniciativas paralelas y lo hace con prisa. Esto lo llevará a su fracaso. Cuando una sociedad se deja guiar por las emociones y no es capaz de debatir racionalmente, podemos considerar que ha fallado como colectivo. Sólo habrá algún cambio cuando haya un relevo en los interlocutores».

Un catalán de cuatro generaciones y la entraña bicolor dijo ayer una frase desesperada: «¡Ojalá estuviera aquí como un simple turista!». Es el hartazgo. El estrago. Y la sospecha de que aún queda mucho y, como en el verso de José Hierro, quizá esto se abroche así: «Después de tanto todo para nada». Ignacio Vidal-Folch, escritor y periodista, habla de pudor: «Puede ser que dentro de unos años sea sólo un recuerdo algo irreal y vergonzante, porque los retos del futuro inmediato, en emigración, cambio climático y desempleo, son pavorosos y reclamarán toda la atención y recursos, y a lo mejor harán olvidar este episodio tan penoso». ¿Pero hasta entonces? «Pues tendremos que darnos cuenta de una vez de que esto es un conflicto del Estado español consigo mismo. Con el pretexto de la descentralización, el mismo Estado ha financiado durante décadas a fuerzas y personas cuyo mayor propósito era destruirlo».

Esta expedición desesperada se oscurece detrás de millones de palabras abstrusas que ya no dicen nada, falsas fórmulas triunfantes, una diseñada confusión y la certeza de estar pendientes de políticos (y sus mecenas) incapacitados. Gentes que vieron caer la noche antes de acabar el día. Unos, momificados. Otros, delincuenciales. Y las banderas, de nuevo, a favor del tumulto en las calles. Qué bien lo anotó Gide: «La dimensión de vuestro engaño hizo verdad la pérdida de nuestra confianza».

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