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La doble infamia de la fragata Mercedes

La Vanguardia La Vanguardia 12/06/2014 Pedro Vallín

Hay dos reparaciones para la fragata Mercedes y su tesoro, pues sufrió sendos crímenes en doscientos años: su hundimiento y su expolio. Y a ese cometido ponen su empeño desde hoy el ministerio de Cultura, el de Defensa y Acción Cultural Española, con la exposición El último viaje de la Fragata Mercedes, que recupera, en dos sedes —el Museo Naval y el Museo Arqueológico Nacional, distantes apenas unos cientos de metros—, la desafortunada historia de este navío de 44 metros de eslora que acabó bajo las aguas del golfo de Cádiz.

La fragata Mercedes regresaba de América con caudales para la Hacienda Real el 5 de octubre de 1804, acompañada por la Medea, la Fama y la Clara. No había inquietud aunque sí desconfianza. La paz de Amiens había puesto fin dos años antes a las hostilidades con los ingleses. Es verdad que la marinería española andaba suspicaz, pues era conocida la beligerancia de la armada inglesa y su propensión a los caudales de los barcos con bandera española. “A punto de alcanzar tierra de promisión”, dice el cronista Tomás de Iriarte (miembro, con sólo diez años, de la tripulación de la Medea), frente a las costas gaditanas, el convoy fue atacado por una fuerza superior y traicionera de la Royal Navy. En los primeros compases de la batalla, la Mercedes estalló en mil pedazos y se hundió en cuestión de segundos. Tras una dura contienda que concluyó al atardecer, los otros tres navíos españoles arriaron el pabellón, y fueron presos y llevados a Inglaterra. En la Mercedes murieron 275 personas. Unos meses después, el Reino de España declaraba de nuevo la guerra a su graciosa majestad.

Doscientos años más tarde, la compañía de cazatesoros Odyssey, que supuestamente buscaba el Sussex, un navío inglés hundido en el Golfo de Cádiz, dio con un tesoro de más de medio millón de monedas de plata, que atribuyó a un pecio sin identificar al que llamó Black Swan. Y que se cuidó de no hacer público hasta tenerlo a buen recaudo en su sede estadounidense. Las autoridades españolas, que habían negado permiso a Odyssey para buscar pecios españoles, sospecharon. Se abrió un complejo proceso judicial, que se cerró con un fallo durísimo contra Odyssey: devolvió lo removido, pagó costas y además encajó una dura reprimenda de los tribunales americanos: mala voluntad, mala praxis, nula colaboración y violación del reposo de casi trescientos militares y civiles españoles.

La exposición, en sus dos sedes —comisariadas respectivamente por Carmen Marcos y Susana García, y diseñadas por Carlos León—, da contexto histórico y explicaciones navales, permite ver maquetas de la Mercedes, reproducciones en tamaño real de la cubierta del barco, enseña una parte del fabuloso botín de monedas de plata que Odyssey trató de hacer pasar por “el tesoro del Black Swan” e incluso explica que esos “reales de a ocho” fueron inspiración del dólar y primera moneda para un mercado común. También pone rostro a las víctimas y verdugos. Muchos marinos viajaban con sus familias, que perecieron en el hundimiento de la fragata. Fue el caso de la esposa y siete hijos de Diego de Alvear, quien iba como pasajero en la Mercedes hasta que, saliendo de Montevideo, fue requerido por el brigadier José Bustamente y Guerra para reemplazar al segundo comandante de la flota, en la Medea, Diego de Ugarte, que había caído enfermo. Así se salvaron Diego de Alvear y su hijo mayor, que lo acompañó al buque, pero vieron morir al resto de su familia al saltar por los aires la Mercedes.

Pero sobre todo, la muestra adoctrina sobre la bellaquería de los cazatesoros y educa (a ratos de forma ingenuamente explícita) en el respeto al patrimonio subacuático y a la soberanía española sobre sus pecios. Reproduce paso a paso el proceso que llevó al gobierno español a pleitear con éxito en Tampa (Florida) y guarda en una vitrina el fallo, que se exhibe junto a un par elocuente: mallete y peana de juez. En el Arqueológico se pone mucho énfasis en explicar las diferencias entre el procedimiento de remoción y catalogación de restos de acuerdo a la praxis arqueológica y los heterodoxos, apresurados y destructivos métodos de los cazadores de tesoros, esos que antaño fueron exploradores aventureros de la ficción —el profesor Challenger, Indiana Jones, Allan Quatermain…— o filántropos generosos, y hoy a menudo han quedado reducidos a controvertidos buscatesoros —Franck Goddio y sus investigaciones submarinas en Alejandría—cuando no directamente a rufianes sin escrúpulos. Tal es el caso de los miembros de Odyssey, malhechores responsables del segundo oprobio de la Mercedes.

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