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La extinta poética

Notodo Notodo 29/11/2016 Miguel Gabaldón
Imagen principal del artículo "La extinta poética" © La Fábrica 2014 @ Imagen principal del artículo "La extinta poética"

Dejemos una cosa clara: La Zaranda es lo más cercano a la mística en teatro que te puedes echar a la cara (casi diría que para bastantes son como Dios). Habrá muchos que ya lo saben y por eso les siguen como fieles acólitos, pero por si acaso hay algún despistado en la sala, siempre está bien recordarlo.

El caso es que por primera vez en más de 30 años de carrera, Eusebio Calonge (dramaturgo) y Paco de la Zaranda (director) han decidido trabajar con otra compañía, Nueve de Nueve. Y compartir con otros actores su arte. El resultado es La extinta poética, un esperpéntico viaje al corazón de la familia de la mano de La Zaranda (pero sin La Zaranda).

Una Ofelia disminuida, un padre adicto a las pastillas y al fútbol, una madre adicta a las pastillas y a la estupidez humana y una hermana adicta también a más pastillas, embarazada y a la espera de su boda son los personajes de esta familia completamente disfuncional, ejemplo de un Estado cultural en vías de extinción y de unas relaciones afectivas lastradas por diferentes anestésicos (que van desde el Valium a la TV).


Las señas de identidad de La Zaranda se avistan claramente en un espectáculo que ahonda sus raíces en el esperpento más típicamente español y lo amasa con una intensa y dolorosa poesía y unos arrebatos cómicos que, como en otros de sus espectáculos, provienen de un absurdo claramente reconocible, repetitivo y directamente destilado de la sociedad circundante.

Calonge vuelve a regalarnos un amarguísimo y doloroso texto con luminosos grietas. Un viaje en el que Paco de la Zaranda vuelve a demostrar que menos es más, y que con cuatro aparatos de gimnasia y unas telas floreadas se puede hacer viajar sin límites la imaginación. Pero el reto era para la compañía Nueve de Nueve, porque no debe resultar nada sencillo aguantar los nervios de trabajar con Dios. Y hay que decir que superan el reto con nota.

Porque La Zaranda es LA ZARANDA. Pero aquí, aunque no se presenten como tales, también se siente muy Zaranda. Rafael Ponce como el padre está brutal, sudoroso y entregado al extremo. Fantástica la madre de permanente cara desencajada de Laura Gómez-Lacueva, que arrastra con su mirada perdida a su pozo de amargura. Carmen Barrantes, como siempre espléndida, en el papel de esa hija que al final da hasta pena incluso en su insensatez. Su monólogo con esos gritos sobre la esperanza y ese desdoblamiento en su propio feto es de lo más estremecedor e impactante que se ha podido ver este año. E Ingrid Magrinyá cautiva e impresiona como esa Ofelia retrasada, disminuida, la hija que nadie quiere, la luz que ilumina la función. Aunque no a esos personajes ahogados en una vida amarga y anestesiada.

Cuerpos inmóviles en el agua muerta. Sólo el canto de cisne de una Ofeliasui generis podrá salvarnos. Dejad que La extinta poética os salve.

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