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La fuerza del presente

Logotipo de EL PAÍS EL PAÍS 02/10/2017 Antonio Navalón
Rescatistas y voluntarios realizan trabajos de remoción de escombros en el poblado de San Gregorio, Ciudad de México (México). © Sáshenka Gut Rescatistas y voluntarios realizan trabajos de remoción de escombros en el poblado de San Gregorio, Ciudad de México (México).

Todos los seres humanos y, por tanto, todas las generaciones, incluyendo los llamados millennials, se definen por sus obras y no por sus palabras. En ese sentido, esos jóvenes —corriendo el riesgo de generalizar como ocurrió en mi caso— forman un amplio universo con innumerables perfiles, personalidades y reacciones y se enfrentan a una serie de desafíos, que atañen incluso a su propia definición. Pero todo eso, las generalizaciones, las diferencias y las culpas, incluso las malas interpretaciones, se acabaron, quedaron enterrados cuando la tierra se puso a temblar en México.

Frente a los fracasos y las hipocresías de la profunda crisis que sus antecesores les hemos dejado, los millennials mexicanos demostraron ese 19 de septiembre, 12 días después del seísmo que golpeó Chiapas y Oaxaca y 32 años después de la tragedia de 1985, que han incorporado las lecciones teóricas y prácticas para ser unos celosos defensores de las libertades individuales y del tiempo que les ha tocado vivir.

Sin convocatorias, sin llamamientos, sin consignas, los más jóvenes salieron a las calles y no lo hicieron solo por las autopistas de la tecnología o por las alamedas de las redes sociales, sino en persona, para reconquistar la condición humana y el espíritu de toda una nación.

En este contexto, hay que recordar que, cuando en 2012 México se debatía entre la necesidad de tener un Gobierno y la duda sobre lo que iba a hacer el PRI en el poder, nació el movimiento #YoSoy132, que arrancó en una universidad contra un candidato, pero que, después fue absorbido por el propio sistema político, hasta dejarlo como una explosión primaveral bienintencionada de la parte más joven de la sociedad.

En este momento, el papel protagonista de los jóvenes no solo se basa en ir contra determinados políticos o partidos, sino que ya se va definiendo en el entendimiento de que nadie arreglará lo que ellos no hagan, asuman o arreglen.

Hace años, cuando los españoles exigieron una democracia más plural y contraria al bipartidismo del PSOE-PP, origen de las manifestaciones de la Puerta del Sol y del 15-M, asistí a una reunión con la comisión de ese movimiento y con el Premio Nobel de Economía, Joseph Stiglitz, que se dirigió a los jóvenes en un vídeo con estas palabras: "He visto desde afuera el tipo de energía que hay aquí. Espero que esta energía se use de forma constructiva. Hay que reemplazar las malas ideas no por la ausencia de ideas, sino por buenas ideas. Se necesitará organización y liderazgo. Va a ser una batalla muy dura, porque las malas ideas han dominado el discurso económico los últimos treinta años".

Hoy los jóvenes de muchas partes del mundo nos han demostrado que nuestros códigos, creencias, organización social y hasta incluso familiar fueron los nuestros, pero no los suyos. Hoy con ejemplos como el de México, los jóvenes se movilizan y lo hacen desde el principio de libertad individual y de capacidad para elegir lo que quieren creer y defenderlo con determinación y coraje. Hoy no solo los millennials, sino los jóvenes en general, han sido capaces de acudir al grito de la solidaridad y ayudar a los demás. Hoy han decidido tomar el pico y la pala para sacar de los escombros a la sociedad que el viejo sistema enterró y han comprendido que los Estados y las organizaciones han naufragado y han terminado por colapsar.

Ya no se trata de batallas en las redes sociales. Ahora es necesario salir a las calles, tirar el cascajo y rescatar las sociedades. Los jóvenes deben seguir siendo lo suficientemente maduros, como están demostrando, para ser capaces de tener un mundo propio basado en el conocimiento y la comunicación, con sus propios valores y sin necesidad de humillar, ni aniquilar a los que representamos el viejo mundo.

En la parte que me toca, acepto y vivo con la responsabilidad alícuota de ser uno de los autores de una catastrófica herencia. Para muchos, el mundo que legamos a nuestros hijos es muy incierto, por ejemplo, el cambio climático, aunque en otros aspectos, sin estar bien, estamos mejor que antes, por ejemplo en libertades democráticas consolidadas y en la conciencia generalizada de la asignatura pendiente de un reparto más equitativo. Ahora a los jóvenes les corresponde ejercer su derecho, su deber y el control de este momento, que es el suyo, así como reconstruir las sociedades con la convicción de que lograrán vivir en el mundo que siempre desearon. Un mundo donde puedan disfrutar a plenitud de las virtudes de su ideología, su sexualidad, sus inclinaciones, el uso de su tiempo y la jerarquía de sus valores. Ahora lo que les toca es hacer posible la transición y tomar definitivamente el poder.

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