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La gran esperanza blanca

EL PAÍS EL PAÍS 10/06/2014 Josep Ramoneda

Duran Lleida estaría meditando la renuncia a algunos de sus cargos en la federación de Convergència i Unió. Lo dicen los periódicos. Lo confirman, aunque ambiguamente, algunas fuentes de su partido y, en cierto modo, lo ratifica el malestar que expresan algunos dirigentes de CiU. Duran no se ha pronunciando, ayer publicaba un artículo para explicar la abstención de CiU en la votación de la abdicación del Rey, amable con el Monarca saliente y con el entrante y duro con Mariano Rajoy.

Las amenazas de dimisión de Duran Lleida tienen que tomarse siempre con precaución. La historia de CiU está jalonada de ellas: Duran poniendo presión con la insinuación de que se va porque tiene una gran oferta de la empresa privada, porque está harto del papel ancilar de Unió o porque ya es hora de que su partido tome un camino propio. A la hora de la verdad siempre ha quedado en nada. Alguna duda tendrá Duran sobre la potencia de Unió cuando nunca se ha decidido a correr el riesgo de contarse electoralmente por separado.

El proceso soberanista ha aumentado la tensión entre Duran y Convergencia, y digo Duran porque Unió en este tema está lejos de la unanimidad en torno a su presidente, de modo que la ruptura de la coalición podría agrietar gravemente al partido. En cualquier caso, si Duran ha dejado que se soltara el rumor de su renuncia a determinados cargos por algo será.

Hasta el día de hoy, Duran Lleida ha fracasado estrepitosamente en el empeño de abrir una línea sólida de negociación entre el presidente Rajoy y el presidente Mas para avanzar hacia una solución del conflicto catalán. No ha encontrado en el PP la más mínima disposición a allanar el terreno, parapetado en la Constitución y empeñado en querer convertir un problema político real y de fondo en una cuestión estrictamente legal.

Hasta el día de hoy, Duran ha fracasado estrepitosamente en el empeño de abrir una línea sólida de negociación entre el Rajoy y  Mas

Mayor comprensión encontró en Rubalcaba, que por lo menos se prestaba a fotografiarse con Duran para compartir la imagen de esforzados valedores de la voluntad de pacto. Si bien Rubalcaba nunca se desmarcó de las líneas rojas definidas por Rajoy y se ha ido sin haber conseguido que el presidente moviera ficha. El amago de renuncia de Duran podría ser un aviso a Rajoy, que se puede quedar sin interlocutores dispuestos, y una advertencia a Mas, al que, si no le facilita la tarea, le puede robar algunos escaños decisivos.

Pero hay otros dos factores estructurales a tener en cuenta. Días atrás tres influyentes dirigentes del PP desgranaron en Barcelona, ante la sorpresa de sus interlocutores, la idea de que Rajoy no daría ningún paso en relación con Cataluña, porque este es un tema que tienen que resolver los catalanes entre ellos. Una estrategia detrás de la cual resuena inevitablemente la vieja afirmación del expresidente Aznar, que aventuró que en este proceso Cataluña no se separaría de España pero saldría profundamente dividida.

Y así llegamos al tercer factor. Desde que este conflicto subió de escala, una de las cosas más sorprendentes ha sido la actitud defensiva de PP y PSOE. Desde el primer momento (y el pleno del Parlamento español del 8 de abril fue la culminación de esta posición) han actuado como si fueran incapaces de dar y ganar una batalla política en Cataluña. Por eso, no han hecho ninguna propuesta alternativa digna de este nombre, por eso se han parapetado detrás de la legalidad vigente.

Desde esta posición de impotencia, la única estrategia posible es debilitar el frente soberanista. Cuando, varios meses después del 11 de septiembre de 2012 empezaron a asumir que el movimiento independentista era consistente, que no se hundiría por sí solo, que CiU ya no era la del pujolismo y que, por tanto, no era probable que se asustara y buscara alguna propina para dar marcha atrás, que las contradicciones con Esquerra no rompían la alianza parlamentaria y que Artur Mas parecía decidido a llevar su apuesta hasta el final, pese a la pérdida de votos, toda la estrategia se centró en el presidente catalán, pensando que si él caía todo el proceso se desmoronaba. Mas ha resistido incluso el sorpasso d'Esquerra, con lo cual la estrategia decae.

Se abre ahora otra posibilidad. Si Convergencia i Unió es el eslabón débil de la cadena soberanista, romper la coalición dañaría seriamente al proceso. Restaría algunos escaños a Convergencia en unas eventuales autonómicas de carácter plebiscitario y demostraría una cierta dificultad para incorporar determinados sectores —en este caso de la burguesía conservadora y empresarial— al proceso.

En este contexto, cualquier movimiento de Duran Lleida adquiere los aires de acontecimiento. Duran es la gran esperanza blanca tanto del Gobierno español como de sectores del establecimiento catalán que temen la ruptura del status quo. ¿Está Duran Lleida dispuesto a jugar este papel? El problema es que las grandes esperanzas blancas casi siempre acaban perdiendo.

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