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La gran ruptura

EL PAÍS EL PAÍS 03/06/2014 Daniel Innerarity

Las sociedades políticas tienen una dinámica muy particular que debemos entender bien para no hacer análisis equivocados. Las fuerzas políticas tradicionales —del establishment, el mainstream o “la casta”—, tienen en común que su pretensión es administrar el principio de realidad, del que hacen lecturas en principio diferentes. La derecha y la izquierda disputan en este campo. En los momentos de crisis esa diferencia se reduce, como es lógico, ya que las crisis disminuyen las opciones y obligan a administrar con sobriedad las promesas. Cuando esto ocurre, las sociedades se desorientan, se irritan y aparecen fenómenos en los que ya no se trata tanto de qué elegir entre las posibilidades existentes como de impugnar la paleta de opciones que se nos presentan. Aparece una nueva diferenciación e irrumpen fuerzas que se desentienden del principio de realidad y pretenden gestionar únicamente el principio de placer.

Esto es lo que, a mi juicio, se ha puesto de manifiesto en las recientes elecciones europeas y que explicaría el éxito de una fuerza política que se autodefine como gente que puede frente a quienes administran las limitaciones. Las partidos clásicos han gobernado y van a gobernar, por lo que saben de los límites del gobierno y hasta qué punto pasan factura las promesas incumplidas; pueden incluso detestar al adversario, pero son también conscientes de que terminarán teniendo que contar con él para no pocas cosas; saben que representan a la gente pero que no son la gente, porque en una democracia sólo podemos pretender hablar en nombre del pueblo de manera representativa, es decir, sin monopolizarlo, en medio de una pluralidad de voces, constantemente expuestos a la verificación de tal autoridad.

Pienso que esta es la gran novedad, la nueva ruptura (aunque no inédita en la historia de la política, ni mucho menos): la escisión de la responsabilidad y la posibilidad. Frente a lo que suele repetirse, no es tanto una rebelión fruto del desencuentro entre las élites sordas y las masas inocentes que desprecian a sus representantes, como parecen acreditar todas aquellas encuestas que señalan a la clase política como el principal de nuestros males. Estos nuevos actores llenan el escenario de un lenguaje que contrasta con el calculado acartonamiento de los discursos tradicionales, lo que ejerce un indudable atractivo sobre buena parte del electorado. Pero, sobre todo, aparecen una multitud de promesas que son tanto más atractivas cuanto más desprovistas están de un plan de viabilidad. Acusarles de bisoñez es una forma de desprecio que no tiene ningún sentido en el espacio abierto de una sociedad democrática; la única inexperiencia que les define es que no saben lo difícil que resulta ser reelegidos y esta experiencia es lo que proporciona madurez a los actores políticos.

La aparición de lo nuevo es algo tan antiguo como la humanidad. Sólo la falta de memoria explica nuestro desconcierto o excesivo entusiasmo ante esta ruptura que forma parte del viejo ciclo de nuestras democracias. Esa historia humana impredecible nos enseña que a todo lo que irrumpe le espera también la contradicción, acechándola como al resto de los mortales. La historia continúa y el sucederse de las promesas y las decepciones es su motor. Por eso, bienvenidas sean a la política las promesas audaces, porque nuestros sistemas políticos requieren esas sacudidas que ponen de manifiesto que nadie puede bloquear el acceso de autores nuevos y agendas inusuales. Es mejor que estén trabajando en las instituciones políticas que indignados en sus márgenes. Porque la política es un camino que tarde o temprano nos conduce a todos a la realidad, de la que haremos siempre interpretaciones diversas, pero que, en tanto que entorno que nos condiciona y compartimos con otros, es siempre algo limitante. La política es el lugar donde cada uno administramos como podemos esa frustración.

Daniel Inneraty es Catedrático de Filosofía Política y Social, Investigador "Ikerbasque" en la Universidad del País Vasco y profesor visitante en la London School of Economics.

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