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La implosión

El Mundo El Mundo 12/06/2014 SANTIAGO GONZÁLEZ

Define el diccionario de la RAE la voz implosión como la «acción de romperse hacia dentro con estruendo las paredes de una cavidad cuya presión es inferior a la externa». Ése es exactamente el proceso que está sufriendo desde hace ya bastantes meses el PSOE.

La crisis empezó explosiva, con el insospechado triunfo de Zapatero en el XXXV congreso; un desconocido ganó unas elecciones y se convirtió en el hombre con más poder en la historia del PSOE. Felipe González siempre tuvo oposición interna: Izquierda Socialista, la pipa de Gómez Llorente, la UGT de Nicolás Redondo, que acabó haciéndole un roto con el abandono de su escaño en 1986, Pablo Castellano, Ciriaco de Vicente y otros.

Con Zapatero no hubo disidentes. Por eso, a la hora de su caída no hubo posibilidad de recambio ni voces alternativas. Además, la Ley de Memoria Histórica se cargó el pacto de la Transición y contribuyó a crear una España en la que la fobia a los otros es la argamasa aglutinante del nosotros.

La generalización de alianzas, entre improbables y pintorescas, modelo Tinell, contra el otro gran partido, y la crisis que él no supo ver y que no se atrevieron a contarle quienes tenían más estudios, acabaron de componer el cuadro. El resultado fueron las generales de 2011, mínimo de los mínimos electorales en la historia del PSOE hasta entonces. El hecho de que el líder tomara el olivo, como se dice en términos taurinos, en lugar de quedarse para apurar hasta las heces el trago de la derrota, agravó el panorama: no hubo catarsis; todos estaban impregnados de zapaterismo y todo fue a peor.

Rubalcaba debió dimitir aquella noche, nombrar una gestora y colgar en Ferraz un cartel con la leyenda La familia no recibe durante los próximos seis meses, periodo para preparar un congreso de refundación, hacer la necesaria crítica del zapaterismo -¿cómo hemos llegado a esto?- y definir al partido desde el punto de vista ideológico y político para recuperar en un plazo razonable la relación con unos votantes más fugitivos aún que Zapatero.

Se van a cumplir tres años de la noche más triste, sin otra guía que la de carácter fulanista: buscar un líder que pueda sacarnos del desierto, da igual que fuera Moisés o el mismísimo becerro.

El PSC, arruinado el experimento Maragall, ha visto a su antiguo socio, ERC, como partido fuerte de Cataluña. Se busca sucesor para Navarro, quizá la ignota alcaldesa de Santa Coloma, Núria Parlón. En el PSOE, eclosión de candidatos insospechados hace un mes, se busca un Zapatero para partido en crisis. Será Madina, desconocido salvo en las fotos, tutelado quizá por Rubalcaba como presidente, y menos mal.

Todo esto es la implosión. El joven candidato Sotillos ha propuesto que una parte de la Ejecutiva sea elegida por sorteo. Parecía que era así como se la nombraba, a juzgar por el nivel. El problema es que la militancia está ya muy placeada y será difícil encontrar la manita inocente que dé legitimidad al sorteo. Es una desgracia para los socialistas, pero sobre todo para España.

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