Estás usando una versión más antigua del explorador. Usa una versión compatible para obtener la mejor experiencia en MSN.

La importancia de gestionar las emociones

Logotipo de EL PAÍS EL PAÍS 05/10/2017 Milagros Pérez Oliva
Concentración de estudiantes en el centro de Barcelona. © Juan Carlos Cardenas Concentración de estudiantes en el centro de Barcelona.

Cuando a Piqué se le quebró la voz y se le empañaron los ojos al explicar la noche del 1-O lo orgulloso que se sentía de ser catalán y lo que le dolía el trato que tanta gente pacífica había recibido de la policía, mucha gente debió llorar ante el televisor. El sentimiento es muy contagioso, y más en un día de alto voltaje emocional como fue el 1-O. La imagen del jugador del Barça llorando refleja uno de los aspectos que explican la fuerza que el movimiento independentista ha alcanzado en Cataluña: su fuerte componente emocional. Autores como Daniel Innerarity o Manuel Arias Maldonado han abordado en sus obras la creciente sentimentalización de la política. En una sociedad tan reactiva como la nuestra, en la que información e imágenes corren a la velocidad de la luz, las emociones cuentan mucho y no contar con ellas es causa de muchos errores de diagnóstico que después se pagan caros.

Los soberanistas lo han sostenido muchas veces: en el conflicto catalán subyace un sentimiento de humillación, de falta de reconocimiento. Muchos de los que se movilizan viven como un menosprecio que no se atiendan unas reclamaciones sobre el encaje de Cataluña en España que consideran justas. Se sienten heridos en su dignidad y ese sentimiento compartido refuerza el vínculo identitario. La movilización en favor de una causa compartida satisface el sentimiento de “comunión” del que habla el filósofo francés André Comte-Sponville como una necesidad básica del ser humano, y que en términos evolutivos es la necesidad de reforzar los vínculos de grupo para asegurar la pervivencia.

El problema es que las emociones que sustentan la revuelta en Cataluña están generando sentimientos y emociones igualmente intensas en aquellos que se sienten interpelados. Quienes creen que España es un país acogedor, una democracia que ni oprime ni persigue, y que la unidad que consagra la Constitución es un valor a defender, se sienten heridos por quienes quieren romperla. Están dolidos porque muchos catalanes no lo sientan así. Y ahora, la materialización del desafío en forma de ruptura genera además sentimientos de impotencia y rabia. No es difícil imaginar qué emociones embargan a los policías que, de vuelta al hotel tras una jornada para olvidar, se ven increpados por los ciudadanos que creen estar defendiendo. También ellos se sienten rechazados y con ellos mucha otra gente que ve esas imágenes en la televisión. El sentimiento de rechazo es uno de los más corrosivos y está demasiado presente en la política española. Todo eso está ahí, a flor de piel. Y mientras unos se aprestan a explotar políticamente esos sentimientos, otros los ignoran y haciéndolo, los alimentan.

Muchos apelan a la necesidad de recuperar la racionalidad. Cierto. Pero no hay que olvidar que racionalidad y emociones no son entes separados e inconexos. Desde que el neurocientífico Antonio Damasio se fue en busca de Spinoza y reivindicó, a la luz de la evidencia científica, el papel clave de las emociones, todo está más claro: la mejor racionalidad no es aquella que niega las emociones, sino aquella que las incorpora y las encauza.

Gestión anuncios
Gestión anuncios

Más de EL PAÍS

image beaconimage beaconimage beacon