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La Independencia del Balconet

Logotipo de EL PAÍS EL PAÍS 02/10/2017 Amelia Valcárcel
Ceremonia inaugural de los JJ OO de Barcelona, en 1992. © Rafa Segui Ceremonia inaugural de los JJ OO de Barcelona, en 1992.

La primera vez la Historia actúa en tragedia; la segunda, en comedia. Cataluña, en el punto de mira, hace correr a los manifiestos como la pólvora. Los manifiestos suelen comenzar por una invocación que señala culpables. Y el nacionalismo se lleva la palma. Pero lo cierto es que yo no me atrevo a decir que el patriotismo es la madre de todos los males. Más bien me suele parecer una virtud y en esto acuerdo con tradiciones muy solventes. De modo que esa soflama no se me alcanza. Por lo mismo, guardo con Cataluña una relación peculiar. Siempre me ha parecido una nación. No voy a decir que adorable... tiene sus cosas, como todas. Es, por ejemplo, conservadora en exceso según mi idea, porque tantos años de gobierno de la derecha, aunque sea catalana, no pasan en balde. Pero posee muchas virtudes también.

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Tengo amigas y amigos de allí en cantidades abundantes. Los disfruto. Procuro ir poco. El que sus gobernantes se hayan dedicado al expolio sistemático, el atraco y la edificación rápida de una fortuna familiar pues... no me parece bien. Es como si hubieran tenido mucha prisa. Venga de robar a pleno pulmón jadeante mientras también se daban al adoctrinamiento patriótico. O sea, como si no confiaran en el adoctrinamiento. Tengo yo la idea antigua de que los patrimonios se hacen durante generaciones, con pulso sostenido que los conserva; no por viajes sistemáticos a paraísos fiscales cercanos corriendo locamente por las carreteras. Apurando el tiempo como si quedara poco. Quienes hacen esto no son gente correcta. Ningún buen burgués noucentista lo habría aprobado. Pero es que van no quedando casi de esos. Bajo el mismo manto hay otras caras. En realidad, en Cataluña es como si hubiera habido una defección de las clases dirigentes. Yo ya no sé dónde se esconden los descendientes de los que encargaron las mansiones modernistas. Ni tampoco a dónde fueron todos aquellos clérigos tan galicanos que inventaron las formas de devoción a la moda a la sombra de la Sagrada Familia. Incluso el patriotismo noucentista se ha ido. Todo se ha desvanecido y queda solamente el decorado. Como si las gentes del común se hubieran quedado solas y a solas. En un decorado.

En Cataluña es como si hubiera habido una defección de las clases dirigentes

Barcelona, cabeza del país, aunque las Ramblas rebosen, me parece una ciudad solitaria. Las Olimpiadas la sacaron de su mormera quizá solo un corto tiempo. La ciudad era la bella durmiente desde la Guerra Civil. Y cuando la Transición terminó se dijo que más bien parecía el Titanic. Estas visiones dependen de los relatos de cada quien. Ya sé que el mío es personal. Son mis percepciones, subjetivas, porque así perciben los sujetos. Creo que la ciudad mastica una orfandad que viene de antiguo. Lo menos desde la Semana Trágica. O desde Cambó. Cuando su vocación de gobierno fue frustrada. Durante la República tampoco corrieron buenos vientos. Ni cuajó el “principio dispositivo”, ni lo hicieron las proclamas desde sucesivos balcones. Ni Maciá ni Compayns. Bien al contrario, la lucha obrera dispuso del escenario para organizar sus propios combates civiles dentro de la locura general del 36. Y de todo ello tan solo quedó un relato, el que el exilio retomó en 1961. Ese, hidratado y engordado, es el que se sirve desde hace dos décadas a los viciosos del esquilme. Un relato un tantico llorón y victimista que entretiene a las criaturas mientras los nuevos líderes corren con los sacos de billetes.

No es aixó. No es digno, ni serio, ni presentable en sociedad. A una gente que se levanta para trabajar todos los días, o para buscarse las sopas, no se les puede engañar con la Independencia del Balconet. Un balconet más. Otro que sumar a los ya habidos. A més de los habidos. No es digno montar un referéndum que no lo es para poder salir de nuevo al Balconet a lanzar proclamas. De esas gentes, unas cuantas, se visten con esteladas a modo de capichuela. Pero no es eso lo que está en el contrato. Quienes gobiernan tienen ciertos deberes de cuidado. Sabe cualquiera que a los niños no hay que dejarles solos. Aunque griten muy fuerte y digan que no tienen miedo. Esta fuga adolescente nos muestra la difícil y fina línea entre lo heroico y lo ridículo. Y pocas cosas hay menos patrióticas que dejar en ridículo al propio solar. Los que aprendimos a cantar en catalán a la libertad nos sentimos dolidos con toda esta comedia que, en vez de ser heroica, tira a bufa. Otra independencia del balconet no le conviene a nadie. Si no tienes plan b, ni se te ocurra comenzar. No es aixó.

Amelia Valcárcel es catedrática de Filosofía Moral y Política de la UNED y miembro del Consejo de Estado.

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