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"La irrupción de los artistas en subastas ha traído especulación"

Logotipo de EL PAÍS EL PAÍS 01/10/2017 Paz Álvarez
© Juan Lázaro

La vida profesional de la galerista Magda Bellotti (Algeciras, 1957), que este año cumple 35 años en el mundo del arte, está plagada de anécdotas, de renuncias, pero sobre todo de decisiones armadas con coherencia. No en vano, antes de dedicarse a la promoción y venta de arte, estudió Filosofía en Sevilla, ciudad en la que vivía al lado de la galería de Juana de Aizpuru. “Eso me gustaba, como también venir con mi padre a Madrid a ver a los galeristas, porque vi que si tenías sensibilidad podías anticiparte y ver lo que ocurría en la sociedad a través de los artistas”, explica desde la galería, que ha instalado en su domicilio en el madrileño Barrio de las Letras, que hasta el 21 de octubre acoge una exposición del artista gallego Xoán Anleo.

Fue en 2011 cuando Bellotti abrió espacio en la capital. Ya no podía crecer más en su tierra y decidió probar suerte. “Allí compartía artistas con galerías de Madrid, y había que dar ese salto cualitativo, pero también fue complicado porque ahora pasaba a ser competencia”, explica. Previamente se había replanteado su estrategia profesional, debido a la especulación que había entrado en escena en el mundo del arte. “Hasta entonces, el artista hacía la obra, el galerista la promocionaba y vendía, el coleccionista la compraba y el critico escribía. Con la llegada del siglo XXI todo esto cambia y llegan las ferias de arte, que han sido un lastre para las galerías, y el artista se ha convertido en un objeto de consumo”. Y añade que la “irrupción de los artistas en las subastas aumentó su cotización pero ha producido desajuste y especulación”. En su opinión, “las ferias deben ser para promocionar el arte a los profesionales, porque la cultura se debe hacer en otro lado. Los coleccionistas deben comprar en las galerías”. A esto se suma la presión que se ejerce sobre los intermediarios del arte para que acudan a las ferias, “si no vas, no existes”.

A Magda Bellotti, como tantos empresarios, ha tenido que adaptarse a los nuevos tiempos, “porque los anteriores no van a volver”. Para ahorrar costes tuvo que alquilar el amplio espacio que ocupaba su galería a unos fabricantes de violines e instalarse en la planta superior. Ahora su lugar de trabajo se reduce a una pequeña estancia, decorada con gusto y donde resalta una mesa de color rojo. “Me escondí para que me buscaran. Ahora tengo un proyecto sostenible, mido lo que hago, sé quién viene porque tiene que llamar al timbre. Antes no sabía quién venía a la galería, el visitante entraba, veía y ni te daba las gracias, y lo que busco es interactuar con la gente, que haya comunicación”. En cuanto al perfil del coleccionista, señala que este es heterogéneo, pero se alegra –ella que es militante de Mujeres en Artes Visuales– de que “cada vez haya más mujeres que compran arte, y solas”.

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