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La ley no cabe en la pantalla feliz

Logotipo de El Mundo El Mundo 30/09/2017 LUCÍA MÉNDEZ

En una de sus últimas ruedas de prensa, el ministro portavoz del Gobierno presumió de que España es el país más descentralizado desde el Imperio austro-húngaro. La sorprendente comparación histórica con la que Méndez de Vigo quiso contrarrestar las tesis del independentismo ha acabado por tomar cuerpo. En la recta final hacia el 1-O, los espectadores del Gran Teatro del Liceo se levantaron de las butacas para entonar Els Segadors antes de que empezara la representación de Un ballo in maschera, la ópera que Verdi tuvo que adaptar a la censura en la Italia que luchaba por su independencia bajo el dominio austriaco. El Imperio austro-húngaro forma parte de la memoria sentimental de los españoles por dos razones cinematográficas. Las películas de Berlanga -en las que siempre había un personaje que se refería al citado imperio- y las de Sissi, protagonizadas por Romy Schneider. Un hito del cine cupcake sobre la desgraciada emperatriz que se han tragado varias generaciones y que aún hoy se vende bastante bien. Precisamente en El destino de Sissi hay una linda escena clavada a la del Liceo. Sucede durante un viaje imperial a la Venecia ocupada. Los espectadores de La Fenice se rebelan contra la potencia ocupante entonando el coro de los esclavos de Nabucco en las propias barbas del emperador Francisco José.

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El movimiento independentista catalán es una fábrica incansable de producir imágenes de alto contenido emocional que descargan de golpe sobre el cerebro todas las hormonas de la felicidad. Endorfina, serotonina, dopamina. Precisamente en un momento histórico en el que las pantallas dirigen la vida y las costumbres de los ciudadanos, el independentismo ha sido capaz de producir imágenes que borran las amarguras personales, políticas y sociales. Sean las del héroe Trapero con su pistola al cinto, las de los mares de esteladas o las de los niños coloreando el País de Nunca Jamás.

Frente a ese éxtasis permanente, la ley, la Constitución, el derecho internacional, la democracia representativa y el respeto a las normas son conceptos abstractos que no caben en una pantalla. El esfuerzo de demostrar a través de la razón que el resorte que mueve esas imágenes está lleno de falsedades y utopías inviables en la Europa de hoy es inútil. Los catalanes independentistas ya lo saben. Y no les importa.

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